Veranos de ficción

Por José Antequera

El verano es un género literario. Grandes novelas de la historia tienen como coordenada temporal el tiempo estival y no hay más que revolver un minuto entre los clásicos de nuestras estanterías para descubrir con sorpresa cuántas historias se cocieron al calor de los meses veraniegos. El verano tiene ese componente térmico que agita las pasiones de los personajes, confiere atmósfera densa a las tramas y deja una profunda huella de nostalgia y placer en el lector, hasta el punto de que nuestras vivencias veraniegas acaban confundiéndose, muchas veces, con los libros que nos acompañaron aquellos días plácidos de playa o montaña. Ya desde la prehistoria de la literatura nos encontramos con relatos típicamente estivales, como La Odisea de Homero, la peripecia que narra la vuelta a casa del héroe griego Ulises tras la Guerra de Troya, y que no deja de ser un crucero más bien accidentado por las islas del mediterráneo, una especie de ruta del bacalao por mar y a la griega. Marinos curtidos bajo un sol de salitre, monstruos mitológicos y playas ardientes jalonan la que para muchos es la mejor novela de aventuras de todos los tiempos, todavía hoy no superada.

La Odisea, de Homero.

La Odisea, de Homero.

Siglos más tarde, Daniel Defoe se inspiró a buen seguro en la Odisea para narrar la historia de Robinson Crusoe, un náufrago deshidratado por el sol y corroído de soledad en una isla perdida del Pacífico. El verano ha sido escenario ideal para la ficción a lo largo de la Historia y ni siquiera Shakespeare pudo sustraerse a la magia de El sueño de una noche de verano, donde narra la boda de Teseo e Hipólita, las relaciones de unos cómicos despreocupados metidos en un mundo onírico de amoríos y de hadas. Thomas Mann descubrió el poder sensual que el verano ejerce en los seres humanos y lo plasmó en su maravillosa y perturbadora Muerte en Venecia. Hay una parte autobiográfica en esta novela, inspirada en el viaje que el autor alemán realizó a la bella ciudad italiana entre el 26 de mayo y el 11 de julio de 1911. La trama transcurre en un hotel veneciano tan decadente como exclusivo, así como en los alrededores de una playa cercana en la que Gustav von Aschenbach, escritor maduro en crisis que busca ansiosamente la inspiración perdida, termina cayendo en las redes del joven Tadzio, el efebo que lo arrastra a los infiernos del deseo.
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Mann reincidirá en el tema del verano en La Montaña Mágica, relato que cuenta las vivencias de Hans Castorp en el Sanatorio Internacional Berghof, en los Alpes suizos, adonde llega para visitar a uno de sus primos. Castorp, transunto de muchos turistas aburridos que hoy siguen invirtiendo sus veranos y sus ahorros en hoteles resort (con spa, por supuesto), llega al sanatorio al anochecer de un martes de principios de agosto (aunque no se indica en la novela la fecha exacta). No deje el lector de leer ese párrafo grandioso en el que el protagonista, afectado por una especie de fiebre delirante de amor, se enamora de una mujer enferma que como él depura su mala salud en el balneario. En Verano del 42, de Herman Raucher, tres amigos pasan las vacaciones en una isla frente a la costa Este de los Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial está desangrando al mundo, pero ese pueblecito se ha convertido en un pequeño oasis de paz en medio de la tormenta. Mientras sus dos compañeros se interesan por chicas de su edad, Hernie se enamora de una mujer casada, Dorothy, que tiene a su esposo en el frente. Pocas veces se ha descrito con mayor acierto el amor de verano y el despertar a la sensualidad de la carne inocente. Más allá del deseo amoroso, el estío también ha sido una excusa perfecta para el retrato y la denuncia social. Es lo que sucede en El Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, cumbre de la novela en la era del jazz y antesala de la gran depresión norteamericana. Es el verano de 1922. En Long Island (Nueva York), la mansión de Jay Gatsby se convierte en punto de encuentro de la élite financiera estadounidense. Cada noche es una fiesta, hay cócteles, elegantes trajes y vestidos y orquestas por doquier. Dandis con esmoquin y chicas peinadas al estilo Cleopatra beben champán y bailan foxtrot alegremente mientras el país, y con él el resto del mundo, está a punto de irse al garete.
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Son los últimos veranos de vino y rosas antes de que estalle el crack del 29, antes de que los magnates de almas arruinadas se arrojen desde rascacielos olímpicos y la gente quede sumida en una edad de oscurantismo, depresión y miseria. Una novela que habla de aquellos veranos de ayer que lamentablemente son los veranos de hoy, veranos de miedo y de crisis, veranos oscuros sin futuro. La historia está condenada a repetirse y si en los años 50 del pasado siglo ya se hundían grandes clanes familiares hoy el panorama se parece mucho (véanse los Pujol). Nos referimos a una historia legendaria: calurosa noche de verano; residencia de un riquísimo propietario de algodón del Mississippi; una familia presa del pasado se desintegra entre acusaciones de lujuria, codicia y envidia. Es La gata sobre el tejado de zinc caliente, la obra de Tennessee Williams que elevó a la categoría de mitos inmortales, aún más si cabe, a Paul Newman y a Elizabeth Taylor. Brick y Maggie forman un matrimonio que no pasa por sus mejores momentos. Brick ha caído en el alcohol y no quiere tener hijos con su pareja, aunque ella lo desea más que nada en el mundo. La tensión gira en torno a la gran mansión familiar, donde van a celebrar el cumpleaños del padre de Brick, que está al borde de la muerte por una grave enfermedad.

Newman y Taylor en La gata sobre el tejado de zinc.

Newman y Taylor en La gata sobre el tejado de zinc.

Las recurrentes crisis de pareja, el alcoholismo, los recuerdos del pasado y la sombra aplastante y omnímoda del padre pueden sobrevolar las noches asfixiantes del verano, de cualquier verano, esas noches en que parece que todo puede irse al traste en apenas un momento. Es lo que sucede en De repente el último verano, guión para el cine del genial Williams a la limón con Gore Vidal, donde la rica viuda señora Venable (Katharine Hepburn) sufre los remordimientos de una madre absorbente y los sentimientos de culpabilidad por la reciente muerte de su hijo homosexual Sebastian, con quien solía viajar todos los veranos a Europa. El fantasma del vástago muerto la persigue y la atormenta y está a punto de llevarla a la locura, hasta el punto de ordenar que lobotomicen a su sobrina (la bella Elizabeth Taylor, una vez más) para que no cuente la verdad sobre Sebastian y preservar así el buen nombre del primogénito. Los meses de calor son propicios para la locura y el erotismo, como ocurre en El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence. Es el verano turbulento de todas las Connie del mundo, de todas las Lady Chatterley más o menos millonarias que andan de acá para allá, por las playas de Magaluf o por Ibiza o por Marbella, qué más da dónde, buscando a su guardabosques particular, gran metáfora del toro bravo, del latin lover españolazo. Ella, lady Chatterley, esposa de un tullido de guerra, adúltera pero libre, encontró a su semental aquel verano de verdes bosques y mansiones góticas, cuando una mañana gris acude a la casa del leñador para dejarle un recado y lo descubre bañándose, desnudo, dentro de una palangana, en medio del jardín. Una escena perturbadora que supone el comienzo de su descubrimiento personal como mujer, la salvación de su identidad más íntima.
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Censurada por “obscena”, la novela reivindica el derecho de las mujeres a la igualdad en el placer, al deseo y a la pasión sexual y amorosa. Lawrence despliega un duelo entre dos formas antagónicas del ver el mundo: vitalismo e intelectualismo. Sí, el verano ha sido territorio fértil e infinito para la literatura, hay tantos veranos como personajes habitando en él, desde El bello verano, de Cesare Pavese, hasta El verano peligroso, un encargo de la revista Life para Ernest Hemingway. Publicado póstumamente en 1985 y escrito a finales de los cincuenta, el libro describe la rivalidad entre dos toreros españoles, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, durante el “verano peligroso” de 1959. Y siguiendo con el gran Hemingway no podemos olvidarnos de Fiesta. Pamplona, julio de 1923, el escritor aterriza por primera vez en la ciudad navarra acompañado de su mujer y de un grupo de amigos. Estos serían para él los primeros sanfermines de una saga larga e intensa y el punto de partida del idilio apasionado, entre bestial y romántico, que el novelista americano mantuvo con la España de esos años. Los encuentros amorosos, los toros, el vino y la juerga engancharon a Hemingway como una droga y desde ese mismo momento tomó la firme determinación de regresar a Pamplona cada año. Así lo hizo entre 1923 y 1931, para retomar su costumbre en 1953.
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La última visita tuvo lugar en 1959, y algunas cartas a sus amigos confirman que pensaba volver en el 61, pero la muerte en forma de escopeta de caza se cruzó en su camino un fatídico 2 de julio, sentenciando que hay veranos que están malditos, porque el verano es, antes que nada, una época de convulsiones y cambios, una estación del año llena de tránsitos, zozobras y renacimientos, pero también una región geográfica inmutable, eterna, como sucede en Egipto, con sus soles faraónicos, sus zocos hipnóticos y sus pirámides embrujadas. En Egipto parece que siempre es verano. En Muerte en el Nilo, Agatha Christie relata el asesinato de una joven rica durante un viaje de crucero por el caudaloso río africano. Un caso claro para el detective Hércules Poirot, una atmósfera asfixiante, calor, sangre, evasión, misterio, la típica narración trepidante de verano por la que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos navegado entregados y con pasión. Y sin salir de África, qué decir de Los siete pilares de la sabiduría, el grandioso libro de T. E. Lawrence, donde el escritor, militar y aventurero relata su experiencia humana durante la Primera Guerra Mundial. El desierto arenoso, las tribus en camello, Áqaba, Damasco, nada está escrito, nada está escrito, paisajes de un misticismo rocoso, seco, ígneo, exótico, Lawrence y sus Arabias. Algo más aristócrata y fresca es Una habitación con vistas.

Fotograma de Muerte en en el Nilo.

Fotograma de Muerte en en el Nilo.

Lucy Honey Church y su prima Charlotte Bartlett pasan unas vacaciones en Florencia, donde la primera se enamora de George. Como buena prima cortarrollos, Charlotte impide que el romance prospere y ya de regreso a Inglaterra, Lucy se promete a un hombre llamado Cecil Vyse, pero la llegada de George a la campiña provoca una catarsis en ella. De nuevo el romance estival, de nuevo el verano que es la pira de fuego en la que arden todas las pasiones del amor, el amor que es como una peste… La peste… Camus. La historia transcurre en la década de los 40, en Orán (Argelia, país de origen del escritor), una ciudad costera que mira altiva y orgullosa hacia el mar Mediterráneo. Camus la describe así al inicio de la novela: “Durante el verano el sol abraza las casas resecas y cubre los muros con una ceniza gris; se llega a no poder vivir más que a la sombra de las persianas cerradas”. Eros y tánatos, amor y muerte, el camino que lleva inexorablemente y sin remedio al verano voluptuoso de Lolita, de Nabokov. El hechizo destructivo de una ninfa que es como un pétalo venenoso con pamela, una matahari infantil con bikini florido que desliza pícaramente sus gafas de sol mientras roza con sus labios un helado lascivo al borde de la piscina.

Lolita

Lolita

En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra…”, dice Humbert Humbert, el hombre enfermo de fantasías, el cuarentón atrapado por la adolescente. Todos los caminos del verano conducen a Lolita, como todos los caminos de la literatura llevan al Ulises de Joyce. Leopold Bloom/Stephen Dedalus, la madurez y la juventud y cientos y cientos de personajes y una verborrea de literatura sin fin que sucede un día cualquiera en el cuasiverano lluvioso dublinés, allá por el 16 de junio de 1904, Bloomsday. Y no podemos terminar este reportaje siempre incompleto, cierto es, sin hablar de una pequeña joya, La autopista del sur, de Julio Cortázar. Un gigantesco embotellamiento entre Fontainebleau y París, el típico macroatasco de carretera que podría haber sucedido en una operación retorno al final de la aventura agosteña en cualquier playa española.

La autopista del Sur
Ha ocurrido un accidente y con el transcurso de las horas los viajeros se van conociendo. El ingeniero del Peugeot 404, dos monjas en un 2HP, una muchacha en un Dauphine, el pálido conductor del Caravelle, un matrimonio de granjeros con su hijita en otro utilitario, dos jóvenes en un Simca… Todos arrastrados por el drama y paralizados por un tórrido calor de verano. Todos petrificados como bichos humanos, atrapados en un ámbar de humo y asfalto. Así que ya saben: disfruten de las cenizas de este verano que se apaga. Y si vuelven por carretera, cuidado con el coche.

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