Españoles en Rusia, rusos en España

Por Lluïsa Ramírez y Cristina García

Más de 20 años. Archivos nacionales e internacionales. Y cartas, muchas cartas. A partir de algunas de ellas, localizadas en el archivo de Salamanca y todavía dentro de las sacas de correo surge la idea de Nos jodieron la vida (Ediciones Camelot), el libro que Julián Fernández Cruz presenta a partir del 19 de septiembre en distintas ciudades de España. Los niños de la guerra relataron, con sus propias palabras, “la verdadera historia de su exilio y de su vida en la antigua URSS, e incluso aportaron documentos y fotografías”, dice Fernández. “Me comentaron que estas cartas eran una sentencia de muerte para sus destinatarios”, recuerda el autor, que tuvo la oportunidad de pasar un tiempo con los protagonistas de su historia tras su retorno a España, en la Residencia El Retorno en Alalpardo (Madrid). Y así empezó todo.

Fernández minimiza el esfuerzo que ha supuesto la preparación del libro. El autor comenta que no ha tenido que superar demasiadas dificultades, más allá del trabajo y las múltiples visitas a archivos, nacionales y extranjeros, “para recabar información e investigar, que, al fin y al cabo, es mi profesión”. El autor, licenciado en Historia Moderna y Contemporánea, ha dedicado gran parte de su vida a ayudar a los conocidos con el nombre de niños de la guerra. Con ellos coincidió en El Retorno. En estos años de investigación, Fernández Cruz se encontró con “la historia intencionadamente mal escrita”. “Tuve la gran suerte de que los propios protagonistas me contaran la verdadera historia de su exilio y de su vida en la antigua URSS”. Los niños de la guerra facilitaron al autor documentos y fotografías para ilustrar Nos jodieron la vida.

Además de la verdadera historia del exilio de aquellos niños que fueron enviados a lo que entonces se conocía como la URSS, Fernández ofrece su visión sobre el trato de los dirigentes del PCE a los niños en el exilio, los interrogatorios a los que la CIA sometió a los que volvieron, el abandono de todos los estamentos del Estado e, incluso, sobre el oro de Moscú.

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Julián Fernández Cruz

Julián Fernández Cruz

Los niños de Rusia son, como recoge el prólogo del libro, “los miles de menores de edad enviados al exilio durante la Guerra Civil española, desde la zona republicana a la Unión Soviética, entre los años 1937 y 1938. En principio, los niños fueron evacuados “para evitarles los rigores de la guerra”. Fernández constata que el trato por parte de las autoridades soviéticas fue bueno, hasta el punto de que “el recibimiento dispensado en Leningrado a algunas de las expediciones fue una fiesta”. Los niños fueron distribuidos en los centros de acogida conocidos como las casas de los niños o las casas infantiles para menores españoles, desde casas de descanso de los sindicatos e incluso pequeños palacios que habían sido expropiados durante la Revolución de Octubre. Los niños recibían educación, en español, a cargo de profesores españoles, pero siguiendo el modelo educativo y los ideales soviéticos. El bloque comunista creía que esos niños iban a ser la futura élite política en una república socialista española ganadora de la Guerra Civil española. No es de extrañar, pues, que entre los niños y sus familiares se pensara que la estancia en Rusia sería corta y que para ellos fuera motivo de ilusión y alegría emprender un viaje al extranjero.

Fernández Cruz relata el cambio que experimentó la situación de los exiliados, coincidiendo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Muchos de ellos fallecieron o enfermaron: tuberculosis, tifus, mala alimentación, temperaturas extremas… Los que eran más mayores se alistaron en el Ejército Rojo; además de demostrar su agradecimiento al país que tan bien les había recibido y tratado hasta la llegada de la guerra, querían luchar contra el fascismo como hacían sus padres en España.

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En Nos jodieron la vida se recoge, en primera persona, el testimonio de Luis Fonturbe, María Luisa Gorbea, María Dolores Bilbao y Manuel Arce Porres. Uno de los nombres propios con mayor protagonismo es el de Luis Lavín, un bilbaíno que recuerda que viajó a Rusia en barco, siendo niño, acompañado por su hermana. “Mi padre trabajaba en la embajada soviética y pudo arreglar los papeles”. A Luis le costó más de 20 años volver de nuevo a España. Antes de eso se alistó en el ejército soviético, en aviación, mintiendo sobre su edad porque no aceptaban a menores de 17 años. De esa época recuerda el dolor y la dureza de perder a sus compañeros en combate: “Nunca volvíamos todos, cada vez que nos enfrentábamos a los alemanes en el cielo”.

En lo que todas las voces coinciden es en el olvido en que les sumieron las autoridades españolas a su regreso. El caso de Luis Lavín, fallecido en 2013 en Nules (Castellón), es paradigmático. Testigo presencial de la historia, Lavín pasó sus últimos días con una pensión de 359 euros, víctima de la actuación de los servicios sociales y del ninguneo político. El suyo fue el destino de tantos miles de compañeros de travesía por la Historia de una España que en el primer tercio del siglo XX se convirtió en epicentro de una lucha de ideologías antagónicas. Siempre fueron españoles en la tierra de acogida rusa y, cuando volvieron, los españoles pensaban que ya no lo eran tanto, que ya se habían convertido en rusos.

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