Martínez Gallo: “Entre la ley y la justicia, mis personajes optan siempre por la justicia”

Alejandro Martínez Gallo (Entrevista en Gurb)

Por J. Antequera / Dibujo: J. Dan. Foto: David B. Méndez. Jueves, 9 de octubre de 2014

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 Entrevista

Oración sangrienta en Vallekas es la última novela de Alejandro M. Gallo (León, 1962). En ella, el inspector Ramalho Da Costa regresa para investigar varios crímenes, entre ellos el misterioso asesinato de un cura seguidor de la Teología de la Liberación en el que parece estar implicado el Vaticano. La trama le sirve a Martínez Gallo para elaborar un atinado collage de la España de hoy, una España fracturada entre ricos y pobres donde el estado de bienestar ha colapsado, la corrupción campa a sus anchas y todos los códigos morales han saltado por los aires, haciendo cada vez más inminente la amenaza de la ley de la jungla. “Todavía hay crímenes sin esclarecer en la Iglesia católica”, asegura el novelista, quien está convencido de que es un error afirmar que fue la izquierda quien acabó con Dios, ya que a “Dios lo mataron entre la burguesía y el capitalismo durante la Revolución Francesa y el proceso de secularización posterior”. Luchador infatigable por la recuperación de la memoria histórica, Gallo se siente un “hombre de orden” que sufre y padece con el dolor de las víctimas de los delitos y que aún confía en la grandeza del ser humano: “Ningún médico le dice a una embarazada que acaba de dar a luz: Oiga, ha tenido usted un delincuente”, ironiza. Ramalho Da Costa, inspector que para resolver los casos actúa ya por libre, al margen del sistema policial, casi como un lobo solitario, alcanza en esta novela trepidante llena de humor cervantino y de personajes fascinantes la categoría de mito literario a la altura del mismísimo Pepe Caravalho, el detective de Vázquez Montalbán. “Mis personajes se mueven en la disyuntiva entre la ley y la justicia y al final han optado por la justicia”, asegura el escritor. Martínez Gallo, XIV premio García Pavón de Novela Policiaca 2011, es además de licenciado en Filosofía, Ciencias Políticas y de la Educación, comisario jefe de la Policía Local de Gijón. También es colaborador de la Semana Negra que se celebra en la ciudad asturiana.

Oración sangrienta está ambientada en Vallecas, donde ya viviste hace algún tiempo, si no me equivoco. ¿Vuelves allí por nostalgia de los tiempos pasados, porque es un escenario perfecto para el crimen y el género negro o por ambas cosas a la vez?

En realidad es porque reúne las características adecuadas. Es decir, Vallecas se puede convertir (y es lo que pretendo en la novela) en una especie de subciudad que lo tenga todo. Cualquier escritor de novela negra trabaja con una urbe como escenario. Trabajar con Madrid me parecía excesivo, de ahí que convierta a Vallecas en una pequeña ciudad que tiene todos los ingredientes para desarrollarse en esa ambientación negra, urbana. De hecho, Gijón y Vallecas guardan similitudes: 300.000 habitantes, equipos de fútbol como el Rayo Vallecano y el Sporting, una base obrera… Entonces, todo esto me permite jugar perfectamente con esos ingredientes en un escenario perfecto para la novela negra.

Por el barrio se mueven personajes de todo pelaje y condición que sobreviven en la España de Rajoy, la España convulsa fracturada entre ricos y pobres: el inspector Ramalho Da Costa, su inseparable amigo El Coronel, la Cotillóloga francesa, el Flecha, el Poeta… Por momentos da la sensación de que has pretendido construir un collage de la España actual.

Todos los personajes que yo pinto tienen una referencia en la realidad, es decir, cuando yo pinto en la novela a los poderosos, a los que controlan los medios de comunicación, reunidos en unos ejercicios espirituales para planificar cómo se difunde una idea determinada o un mensaje o cómo se oculta ese mensaje, eso está ocurriendo en la actualidad. Yo creo que lo has captado, me encanta dibujar a la gente del común que todos los días intenta sobrevivir y llegar a fin de mes, salir adelante con sus problemas familiares, ese tipo de gente me encanta y es el que me gusta retratar. Son los que no tienen voz en las novelas ni en la sociedad. En las novelas siempre han tenido voz los príncipes, las princesas, los reyes, los grandes prohombres. La gente del común nunca ha tenido voz y yo creo que ésa es la grandeza de la novela negra, dar la voz a los que nunca la han tenido.

Es decir, que lo social supere a lo que es la simple intriga, la trama…

Sí, sí, es decir, yo siempre he pensado que la intriga en la novela negra tiene que estar ahí, porque si no hay intriga no tiene sentido la novela negra, pero en este momento debe ser subordinada. Lo importante es reflejar esa sociedad de hoy en día con todas sus contradicciones y me gusta siempre dejar ese rayo de esperanza de que a lo mejor es posible transformarla. El Principio Esperanza, de Ernest Bloch.

En la trama de Oración sangrienta en Vallecas se entremezclan varios casos: un francotirador, un asesino de escritores, un pederasta, pero el tema principal es el asesinato de un sacerdote de la Teología de la Liberación en el que está implicado el Vaticano. ¿La Iglesia sigue matando por poder, como ha hecho siempre, o esas cosas ya no pasan?

Vamos a ver, todavía hay muchos crímenes sin esclarecer, en los que la Iglesia, de una forma u otra, estuvo relacionada. Todavía se está investigando el asesinato de Monseñor Romero, por ejemplo. Siempre ha habido luchas intestinas dentro de la Iglesia católica; e incluso hemos visto cómo a lo largo de los años la Iglesia se ha puesto al lado de muchas dictaduras. No vamos a hablar aquí de España, pero recordemos que en la Pastoral de 1937 los obispos de este país declararon la Guerra Civil como una santa cruzada. Es decir, estamos viendo cómo dentro de la Iglesia católica conviven una serie de facciones ultraconservadoras que no tienen ningún tipo de problema en apoyar dictaduras y vemos también cómo conviven otro tipo de tendencias, como de la que hablo en la novela, que es la Teología de la Liberación, con comunidades de base que están en el polo opuesto. Nosotros aquí, en Asturias, en la Cuenca Minera, tuvimos el caso del guerrillero Gaspar García Laviana, que fue un sacerdote que murió empuñando un fusil en Centroamérica en contra de los poderosos y los ricos. Entonces, una religión donde conviven esos espectros ideológicos tan amplios, decía un amigo mío, nunca podrá morir. Pero tu pregunta venía por el apoyo de la Iglesia a las dictaduras y pongo de nuevo el ejemplo de la Pastoral del 37 donde los obispos declararon como una cruzada lo que era una guerra civil.

De la novela se desprende un fuerte tufillo anticlerical. ¿Qué opinión te merecen los curas?

Bueno, yo creo que hay una equivocación cuando se dice que fue la izquierda quien acabó con Dios. Eso es mentira. Quien verdaderamente acabó con Dios fue el proceso de secularización que se llevó a cabo a partir de la Revolución Francesa, es decir, es la propia burguesía culta y racionalista y el avance del capitalismo a partir de finales del siglo dieciocho quien acaba con las creencias religiosas. Esa frase famosa de Nietzsche de “Dios ha muerto” no viene a reflejar más que el proceso de secularización que se da en la sociedad. Luego han pasado los años y parece que es la izquierda social la que ha atacado a la Iglesia, cuando no es cierto, es decir, ya desde finales del siglo diecinueve ha sido la propia burguesía culta y el propio capitalismo y su desarrollo quienes, aplicando la razón, que era uno de los estandartes de la Revolución Francesa, no quieren saber absolutamente nada de entes suprahumanos, por llamarlo de alguna manera.

Alejandro Martínez Gallo. (Entrevista en Gurb)

¿Crees que es posible la revolución silenciosa que el Papa Francisco está llevando a cabo tras los muros de San Pedro?

Hay que decir que primero con Juan Pablo II y después con Benedicto XVI el movimiento ultraconservador de la Iglesia ha sido muy grande, hasta tal punto que todas las creencias un poco progresistas a nivel interno y todas las secuelas del Concilio Vaticano II fueron barridas absolutamente. Y esas corrientes todavía persisten ahí dentro, están como resistentes. Yo creo que las tendencias progresistas han visto un poco la luz con la llegada del nuevo Papa, pero era normal que la Iglesia diera ese giro, porque en Latinoamérica, por ejemplo, que era un nido de creyentes católicos, debido a esas purgas y a esa política ultraconservadora, se les han ido escapando. Es decir, hoy esa militancia católica que tenían en Latinoamérica se les ha escapado hacia el protestantismo de una tendencia o de otra. Así que no les quedaba más remedio que dar ese giro.

Al inspector Ramalho Da Costa se le amontona la faena con tanto crimen por resolver, pero parece que actúa ya por libre, al margen de los aparatos del Estado y de la Policía, quizá por desconfianza hacia el sistema, que está totalmente enfangado. ¿Crees que en la España de hoy todo está ya podrido?

No, no, yo no lo creo. Lo que pasa es que todos los días vemos que lo que falla son los sistemas de control y cuando fallan los sistemas de control pues estalla el avispero de todos los listos, los aprovechados y de todo aquel que quiere beneficiarse del sistema sin que le importe la gente que sufre, los que no llegan a fin de mes, los que están en el paro, si hay trabajo, etcétera. Yo pienso que lo que está ocurriendo en realidad es que fallan los sistemas de control.

A mí el inspector Ramalho, El Trini, salvando las distancias geográficas y literarias, me recuerda un tanto a Harry El Sucio, que también va a lo suyo, aunque quizá me esté equivocando. ¿Tiene tu personaje otros padres literarios, en qué otros detectives célebres se inspira?

Ramalho Da Costa nace como el primer investigador asturiano. Hasta ese momento la novela negra de Asturias no tenía ninguno de la Cuenca Minera, eso en primer lugar. En segundo lugar, nace como reacción a lo que está pasando en el género negro. Y vamos a ver si soy capaz de sintetizar: cuando nace la novela detectivesca con Edgar Allan Poe y Sir Arthur Conan Doyle, sus personajes nos muestran el poder de la razón, de la deducción, frente al oscurantismo y la religión que nos ofrecían en el siglo dieciocho y diecinueve. A partir de ahí, evoluciona y surge una novela negra nueva, sobre todo norteamericana, después del crack del 29, donde autores como Chandler, Hammett o Jim Thompson nos muestran a un detective que no solo usa la razón (como sus predecesores) sino que necesita el asfalto, la calle, porque no todo es deducir, necesitas todos los sentidos para llegar a la verdad, si es que llegas, o puedes llegar, o te dejan. A partir de ahí, llegamos a ese personaje duro y cínico que comprende que hay mucha corrupción en la sociedad y que lo ha visto con el crack del 29. Muchos de esos autores sufrieron las purgas del macarthismo. Llegamos al año 68 y la novela negra da un giro y aprovecha todos los recursos para crear unos héroes que incluso por la vía del exceso, creo, luchan contra el sistema. Y así nace el neopolar francés. Con Jean-Patrick Manchette, Fréderic Fajardi, Jean Bernard Pouy, y una serie de escritores en Suecia, como Maj Shöwall y Per Wahloö, que se atreven a decir que esta novela negra nace como reacción a lo que consideran una traición de la socialdemocracia a la clase obrera. Es una novela negra militante y aparece ese tipo de héroe. En el cine tiene su remake con Serpico y Al Pacino en el 73. Es el héroe que denuncia el sistema corrupto y no le importa arriesgarse, como el mito de Sísifo que sube la piedra y que cuando llega arriba se le vuelve a caer, pero no importa, la vuelve a subir otra vez. A partir de ahí llegamos al año 79, y perdona todo este rollo pero era necesario por tu pregunta. Es en este año cuando Juan Pablo II, Margaret Thatcher y Ronald Reagan emprenden una cruzada contra el demonio rojo, y como toda ideología necesita héroes entonces arrebatan el héroe a la novela negra y crean una caricatura de héroe…

Entiendo que es ahí donde nace Harry El Sucio…

Es cuando nacen todos los Rambos, los Chuck Norris, todos esos personajes de finales de los 70-80 que hoy ya los han relegado al baúl de los recuerdos o al trastero de los juguetes rotos. Se apoderaron de la figura del héroe porque lo necesitaban, y ese héroe estaba luchando todo el rato contra el demonio rojo, que era el enemigo. Se tiraron diez años de batallas ideológicas en el cine, en la novela, en todas partes. A partir de ahí, cae el muro de Berlín en el 89 y aparece el posmodernismo como lógica cultural de este mundo en el que vivimos, globalizado, y entonces al posmodernismo no le interesa ningún tipo de héroe clásico. Y surgen unos héroes posmodernos, canallas, con mil capas, como las cebollas, descreídos, donde impera la filosofía posmodernista del fin de las ideologías, del fin de la historia, del fin del sujeto. Lo que lleva a otro fenómeno, que es la plebeyización absoluta del héroe, donde ya aparecen investigando crímenes y resolviendo misterios taxistas, peluqueros, vecinos, etcétera. Es decir, ya la irrealidad absoluta. La figura del héroe se trasmuta, se la ha apropiado el sistema, y es entonces cuando yo creo a Ramalho Da Costa, y es cuando quiero volver a esa historia del neopolar, es decir, al sujeto que se preocupa y mira por las víctimas, que lucha por las víctimas, y que luego al final simplemente consigue muy poco, como en el mito de Sísifo, donde la piedra cae una y otra vez por la ladera, pero no importa, el héroe lo vuelve a intentar de nuevo…

Me da la sensación de que tu personaje es una especie de Quijote que pelea al margen del sistema, que está en su mundo con la obsesión de salvar al pobre menesteroso pero que actúa por libre como un lobo solitario…

Sí, es así, de hecho si te fijas no lo meto dentro de la rueda de la Policía, lo mantengo al margen porque sigue de baja, y eso le permite mucha libertad, porque si estuviera de alta tendría que seguir las directrices de la jerarquía, eso sería obligatorio. Y he aquí la cuestión. Y así nace Ramalho, y nace su compañero el Coronel, no nos engañemos, son héroes trágicos en el mundo de hoy.

Alejandro Martínez Gallo. (Entrevista en Gurb)

El personaje de El Coronel encarna al amigo fiel del protagonista. Viejo republicano, luchador contra el fascismo, rojo hasta las cachas, intelectual irredento. He oído decir que se inspira en un personaje real…

Así es. Stephen Mesarosh, más conocido como Steve Nelson, un luchador de las brigadas internacionales, fue comandante del Batallón Abraham Lincoln durante la guerra civil española. Un gran tipo que me ha servido para darle vida literaria a El Coronel.

Ya quedan pocos como El Coronel, por no decir ninguno…

No, yo creo que sí los hay, la cuestión es que no venden, hoy vivimos en la sociedad del simulacro. La gente sencilla, la gente del común no vende. Vende el esperpento, el simulacro, lo vemos en los programas de televisión, la gente que de verdad tiene valores, que es ética, que sabe a dónde quiere ir, que tiene responsabilidad en la vida, eso no vende y no se les da la voz, con lo cual los ocultamos como si no existieran pero todos los días nos encontramos gente así, gente que sin pensarlo dos veces se lanza al mar a salvar a alguien que está ahogándose, alguien que se lanza a las vías del metro a salvar a otro, al interior de un incendio, y lo vemos diariamente. Pero ¿qué ocurre? Que no sabemos cómo se llaman, son héroes anónimos, porque no interesan a los medios de comunicación, porque eso no es comercial. Pero existen, están ahí.

¿Qué opinaría El Coronel de Pablo Iglesias, por ejemplo?

No lo sé, no lo sé… (risas)

¿Es un indignado El Coronel? ¿Y el inspector Ramalho? ¿Son tus personajes hijos de la indignación que recorre el mundo?

Creo que no. ¿No te diste cuenta que hay un momento en la novela en que el Coronel dice que él es un entusiasmado, no un indignado? Y luego utiliza otra frase. Dice: “Yo no estoy indignado, estoy hasta los cojones”. Es decir, da un paso más, sin duda (risas).

¿El delincuente nace o se hace?

No, ningún médico le dice a una embarazada que acaba de dar a luz: Oiga, ha tenido usted un delincuente. Es decir el delincuente es como los virus y las bacterias, si encuentran el medio adecuado se desarrollan y si no es el adecuado no se pueden reproducir. Cualquier teoría que nos diga que el delincuente nace, eso por definición es falso y ya hubo muchas a lo largo de la historia y alguna en los siglos dieciocho y diecinueve, donde se partía de la base de que el criminal nacía y que tenía unas características físicas determinadas. Hoy estamos viendo que los criminales de cuello blanco no se parecen en nada a aquella caracterología de la que hablaban los tratados de la época.

¿Quién ha sido el criminal de todos los que has conocido que más te ha impresionado a lo largo de tu carrera policial?

No, no, no quiero que la experiencia que tengo en mi trabajo vaya a la ficción, a las novelas, porque pienso que sería éticamente reprobable que utilice yo mi profesión para trasladar esos personajes. Y además, cualquier policía, cualquiera, de cualquier cuerpo policial, la relación que tiene con el delincuente es muy corta, se limita a la detención y lectura de derechos. Y a partir de ahí solo es un proceso, no hay una simbiosis entre ambos.

¿Dónde hay más delincuencia, en la periferia o en los despachos de los grandes bancos?

Es distinto el delito. Es decir, el delito de las zonas subdesarrolladas llama más la atención de la opinión pública, como los tirones, hurtos, robos, delitos menores. Pero evidentemente si nosotros sumáramos la cuantía de estos pequeños hurtos en toda la geografía española no alcanzaría ni la décima parte de lo que se lleva un solo señor de esas grandes corporaciones o entidades bancarias en una mañana.

Se me ocurren un par de nombres…

Vamos a dejarlo…

Vivimos tiempos en que todos los códigos morales han saltado ya por los aires. Justicia, democracia, igualdad son términos en desuso y parece que nos dirigimos sin remedio hacia la ley de la jungla. Ahora le pregunto al escritor, no al policía: ¿Crees que es lícito que un paria que nada tiene, un desahuciado por ejemplo, robe al poderoso, al Blesa de turno, al banquero que se lo lleva crudo con las “tarjetas black”?

Eso se ve en mi novela, hay un momento en que El Coronel roba el cepillo de la iglesia con todas las donaciones de los poderosos que han acudido a misa. La propia novela, en ese párrafo, te responde a la pregunta.

Pero tus personajes son unos subversivos…

No, es que mis personajes se mueven en la disyuntiva entre la ley y la justicia y al final han optado por la justicia. La ley está ahí, no la subvierten o intentan subvertirla lo menos posible, pero a ellos les importa sobre todo la justicia. Entonces qué ocurre, que parece que si tú defiendes la justicia eres un subversivo. Eso es lo curioso, pero no son subversivos, lo que pasa es que su concepto de justicia les hace trabajar sobre esos parámetros.

¿Cuando escribes te olvidas de tu faceta de policía?

Tengo que romper, romper… es una catarsis.

¿No te inspiras ni siquiera en anécdotas policiales, en recuerdos de tu trabajo?

No quiero, no quiero. Y también me ocurre al revés, cuando me pongo la placa y cojo la pistola no quiero que la ficción entre en mí, por eso te digo que es una catarsis.

En todas tus novelas muestras una gran sensibilidad hacia la memoria histórica. ¿Crees que España ha superado ya las heridas de la guerra civil o seguimos viviendo en conflicto permanente?

La cuestión es muy fácil, con tanto debate sobre la memoria histórica y tanta ley yo siempre pongo el ejemplo de Estados Unidos durante la Guerra de Secesión, es decir, fue una guerra tan cruel o más que la Guerra Civil española y se siguen haciendo películas, novelas, incluso los yanquis levantaron un monumento al General Lee, que era su enemigo, reconociendo su valor. Es decir, si un país como Estados Unidos hace eso, ¿por qué este país no puede hacerlo?

¿Y por qué no? ¿Por qué no lo conseguimos? ¿Hay algo en el alma del español que lo impide?

No, no… Vamos a olvidarnos ya de las almas y de las naturalezas. Sabemos que es el poder, fáctico o no, el que en este momento no deja aplicar una serie de leyes.

Alejandro Martínez Gallo (Entrevista en Gurb)

Hay una escena en que El Coronel entra en un bar y pide una cerveza. “¿Nacional o de importación?”, le propone el camarero. “Me da igual, no pienso hablar con ella”, responde el viejo camarada. Se respira en toda la novela un sentido del humor socarrón, casi cervantino, que a ti se te da ciertamente muy bien. ¿Cómo lo haces, tomas notas de los gags y chistes que te encuentras en la vida cotidiana o todo nace de la imaginación?

Vamos a ver, el pueblo español es un pueblo muy sabio, refranero, con chispa. No hay más que escuchar y tomar nota para que no se te olvide nada. Estoy en un bar tomando un café, oigo alguna anécdota, la anoto en una servilleta y la guardo. Luego la paso a limpio.

¿Aunque te pille en medio de un servicio policial?

Bueno no, en ese momento ya confías en la memoria. Pero al final te aseguro que tengo páginas y páginas llenas de estas anécdotas. Somos un pueblo muy ocurrente para todas estas cosas.

Otro aspecto que me llama mucho la atención de tu literatura es lo bien que te manejas con el argot, con el lenguaje de la calle. Supongo que ahí tienes rodaje por haber tratado con tanto maleante…

Sí, pero volvemos a lo mismo, en la novela negra tenemos que hablar con un tipo de lenguaje. Un personaje de novela negra dice tacos, no dice cáspita. Los personajes de la noche, de los barrios bajos, no hablan como en las urbanizaciones de La Moraleja. Otra cosa es que escribamos novela negra ambientada en altas esferas que también tienen su jerga. Pero si vas a hablar de las calles de una ciudad, de las noches de una ciudad, tienes que emplear la jerga. No son creíbles esas novelas en las que todos los personajes hablan igual.

Me ha dado la impresión de que la novela por momentos también se convierte en una especie de rechifla, de parodia contra los best sellers de hoy día tipo Código Da Vinci. ¿O es solo una sensación mía?

Yo te contestaría con la respuesta que te di antes sobre el héroe. En realidad no es contra el best seller sino contra ese tipo de novela que nos han estado vendiendo como novela negra pero que es posmodernista, que no refleja en absoluto la realidad diaria, al contrario, la enmascara. Entonces mi rechifla no va contra el best seller sino contra ese tipo de novela que enmascara la realidad.

¿Cuándo escribes, por la mañana, por la noche, sigues algún patrón, cómo es tu método de escritura?

La verdad es que soy muy disciplinado, autodisciplinado diría yo. No puedo irme a la cama por las noches si no tengo un folio escrito. Y un folio al día son 365 folios al año, es decir, una novela.

Cada vez hay más series y películas que tienen a policías como protagonistas, ¿crees que aciertan con la imagen que se transmite de vosotros?

Ahí habría mucho que hablar, pero ya que lo has mencionado, hablemos de CSI. EEUU llega un momento en que se encuentra con un gran problema: todos los estudiantes de medicina quieren dedicarse a la cirugía plástica y nadie a la forense, porque aquella es la que da dinero. EEUU crea esta serie para captar jóvenes en sus facultades de antropología y medicina forense y lo consigue porque a partir de esas series hace más llamativo un sector que estaba metido en una grave crisis. Luego, más adelante, se crea una serie de turno de oficio porque ningún abogado quería colaborar con la justicia gratuita. Crean sus películas según las necesidades sociales que tengan. Hoy, gracias a esas series, las facultades forenses están llenas. Hay que distinguir las series que están dirigidas por una necesidad social como éstas que te estoy contando y luego otras que tienen su sentido ideológico. Por ejemplo, si ponemos de protagonistas a los policías nos olvidamos del albañil o del fontanero que está en el paro. Les estamos hablando a nuestros chavales de unos personajes que no son la mayoría de la población. Yo te devolvería la pregunta a ti: ¿te ves reflejado en las películas de periodistas?

Casi nunca encuentro una que acierte.

Pues lo mismo nos pasa a nosotros.

Creo que la última fue Todos los hombres del presidente y mira que hace años ya… En cualquier caso, parece que estamos viviendo un boom de la novela negra ¿a qué crees que es debido? ¿a la crisis?

Exactamente, siempre que hay una crisis son malos tiempos para la lírica pero muy buenos para la novela negra. Toda novela negra refleja los problemas sociales. Ten en cuenta que el género surge en el crack del 29 y entreguerras y con otro fenómeno social que se estaba dando en aquellos momentos, que es el éxodo rural. Llegábamos a la ciudad desde el campo, donde teníamos una serie de lazos, de tradiciones, donde todos nos conocíamos, donde la tierra nos unía y llegabas a una ciudad donde ya no conocías a nadie, no sabías ni qué iba a pasar allí. Y de repente la novela negra, sea con asesinatos o con lo que sea, te empieza a mostrar lo que es una ciudad. Ahora también estamos en una situación de crisis económica, social, de creencias, y la novela negra siempre ha estado ahí para responder porque es capaz de dar un pasito más allá que la crónica negra. En la crónica negra solo se escribe con datos, testimonios y documentos, pero la novela no los necesita, se puede crear una conjetura que a lo mejor es cierta o no, el caso es que sea verosímil.

¿Se puede equiparar ya la novela negra española a la americana o nos siguen llevando una importante ventaja como ocurría hace unas décadas?

No es cierto, qué va, pero vamos a decirlo claro: ellos tienen un mercado mucho más grande. ¿El francés qué mercado puede tener? ¿80 millones? ¿Y el alemán, otros 80 millones? El español tiene 50 millones.

Están los latinoamericanos…

Sí, pero hay que quitarlos porque no pueden competir en pagar los precios por los libros que tenemos nosotros. Y sin embargo el inglés tiene un mercado inmenso. No solo Inglaterra sino EEUU. No quiere decir que sean mejores novelas porque se vendan más. Yo siempre me he situado en esa novela negra que se llama mediterránea, junto a gente como Petros Márkaris en Grecia, como Carlo Lucarelli o Andrea Camilleri en Italia o en España Vázquez Montalbán o Juan Madrid, una novela donde se usan los resortes para esa denuncia social.

¿Y cuál es tu novela favorita, negra o no?

Para mí Germinal de Zola. Es una novela que contiene todos los elementos de los que estamos hablando, independientemente que yo haya sido un gran lector de Alejandro Dumas y me encante.

¿Y el mejor escritor negro español?

Date cuenta de que en este país tuvimos una dictadura de cuarenta años, se escribía novela policíaca y buena pero novela negra social se escribe a partir de los 80. Este país entra con 20 años de retraso, cuando los franceses ya habían renunciado al neopolar. Aquí no se podía, la dictadura lo prohibía. El problema es que la novela negra, como tal, en España no empieza hasta los 80, a partir de la Transición. Tienes grandes escritores como Juan Madrid, Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Mendoza, González Ledesma…

Conan Doyle terminó matando a Sherlock Holmes, ¿piensas hacer tú lo mismo con el pobre Trini?

Yo para evitar eso escribo una novela de Ramalho Da Costa cada cinco años y en ese periodo escribo de otras cosas. Si te subordinas a un personaje, el personaje te acaba comiendo. Hoy no conoceríamos a Donna Leon si no es por el comisario Brunetti. Al final el personaje te fagocita y esto fue lo que le ocurrió a Conan Doyle. El público te lo exige. Desde que publiqué la última novela de Ralmalho te puedo asegurar que me llegaron cantidad de correos electrónicos que me preguntaban cuándo volvía El Trini. Bueno, pues ya volvió El Trini, pero durante una temporada ya no volverá a aparecer porque tengo otras cosas de qué escribir.

¿Cuánto hay de Ramalho Da Costa en Gallo y de Gallo en Da Costa?

Yo creo que ese amor por los desfavorecidos, por los pobres, por las víctimas está en ambos. Y no está en mí esa forma de saltarse la ley para conseguir los objetivos que tiene él. Esos son los parecidos y las diferencias. Es un personaje que me permite jugar con muchas cosas.

Entonces si el sistema es Dios y sigues creyendo en el sistema, en la ley, eso es que aún crees en Dios…

Yo soy una persona de orden, eso ante todo, y de ahí que diga que la ley está antes. Pero para mi personaje es lo contrario. Tengo esa distancia con él que me permite escribir y ver qué pasa. Ah, y en la sociedad en que vivimos Dios es el mercado y hasta tiene estampitas con sus santos, véase las imagenes de los billetes.

Como ese personaje que aparece al final de la novela que es un…

¡Ni se te ocurra contar eso, que me jodes la novela! (risas).

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