Artsenal, Humor Gráfico, Número 98
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El búnker de Putin

Por José Antequera / Viñeta: Artsenal. Sábado, 26 de febrero de 2022

José Antequera

El destino de todo dictador es acabar encerrado en un búnker, asustado como una rata, y colocarse una pistola en la sien. Cuenta la historia que, en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, Hitler rara vez salía del Führerbunker, salvo para dar cortos paseos por el jardín de la cancillería con su perra Blondi. Allí enterrado, rodeado de los suyos y del personal de su máxima confianza, vivió la agónica pesadilla de las bombas enemigas silbando a todas horas sobre su cabeza, una tortura que él había aplicado antes a millones de inocentes europeos. Finalmente, cuando los soviéticos ya merodeaban cerca de su último refugio, se pegó un tiro letal mientras su pareja, Eva Braun, tragaba una ampolla de cianuro.

Al igual que el dictador nazi vivió la ficción de que podía escapar del avance imparable de los aliados, de los tribunales de Núremberg y de sí mismo en su propia locura, también Putin ha decidido cobijarse en un complejo a prueba de bomba nuclear en algún lugar secreto de la deshabitada Siberia. Su paranoia de agente del KGB que no puede dormir tranquilo por las noches al verse constantemente amenazado por los tipos de la CIA ha ido a peor en los últimos tiempos y el miedo le ha llevado a atrincherarse junto a su familia en un lujoso búnker de alta seguridad similar a una ciudad subterránea. El pobre diablo cree que así, recluido en una jaula de oro dotada de un moderno centro de operaciones militares, de piscina y de nevera último modelo, podrá salvar el pellejo después de apretar el botón que dará paso a un invierno nuclear radiactivo capaz de terminar con todo vestigio de vida animal y vegetal.

Tras estallar la bomba del Zar, las gélidas temperaturas globales serán similares a las registradas en las peores glaciaciones ocurridas en tiempos remotos y una sola gota de lluvia ácida dejará la piel como un pimiento morrón asado a la máxima potencia del horno. Sin embargo Putin, en su delirio, está convencido de que cuando el ataque preventivo haya acabado, cuando solo queden él y unos cuantos oligarcas como él dispersos por el planeta y aislados unos de otros en sus madrigueras metálicas, podrá salir al fin a pasear por el jardín para lanzarle el palo a su perrito, como hacía Hitler. Que abandone toda esperanza de llevar una vida normal. Seguramente sus generalotes y científicos de cabecera ya le habrán advertido de que nunca más podrá escapar de su asfixiante ratonera (más bien ataúd para vivos). Una vez consumado el apocalipsis atómico, cualquier ser humano que asome el bigote al exterior quedará achicharrado por una atmósfera hostil como de otro planeta, una nube contaminante formada por cenizas, humo y partículas mortales que permanecerá en suspensión durante cientos de años, probablemente miles. Al mismo tiempo, el cielo se oscurecerá sumiéndolo todo en una noche perpetua. La capa de ozono se habrá evaporado por completo, de modo que la radiación ultravioleta del Sol freirá cualquier organismo vivo y vientos huracanados y polvorientos jamás vistos barrerán montañas, valles y océanos con la ira de un Dios justiciero.

Putin y su cohorte de idiotas podrán aguantar un tiempo a base de latas de caviar del Mar Negro, vodka y agua embotellada, pero en algún momento las existencias se acabarán y tendrán que salir a buscar provisiones. Ese será el momento en que, aunque los desgraciados supervivientes porten sofisticados trajes NBQ, caerán en la cuenta de que cualquier diminuta filtración en sus uniformes de guerra supondrá una dolorosa muerte por cáncer a las pocas semanas. La radiactividad provoca que la piel se caiga a tiras en medio de estertores invivibles. Más tarde, los pocos rusos que se crean predestinados a gobernar como la raza elegida sobre lo que quede del mundo comprobarán con estupor que ya no hay nada que conquistar ni nada que comer salvo ellos mismos. Cuando cunda la escasez en esa última tribu cada vez más mermada y reducida, nadie estará a salvo: el canibalismo se instalará en el grupo y eso será el final de cualquier simulacro de civilización, el caos total, la guerra de todos contra todos. Y puede creernos el señor Putin cuando decimos que no debe ser nada agradable dormir al lado de un barbudo mercenario de la Legión Wagner hambriento y enojado tras constatar que su líder es en realidad un cobarde o un pirado que ha abierto las puertas del infierno. Para entonces no habrá estancia segura en el búnker donde meterse, ni siquiera la cámara acorazada donde el sátrapa guarda avariciosamente su inútil tesoro de rublos y lingotes de oro que de nada le servirán tras el Armagedón.

La vida después del apocalipsis sería inviable, suponemos que eso ya se lo habrán dicho al tirano sus asesores de guardia. La mitad de la población mundial morirá en los primeros días tras el ataque. En pocas semanas no quedará ni una sola persona sobre la faz de la Tierra. El botín de la victoria se limitará a unos cuantos millones de kilómetros cuadrados carbonizados para siempre, una tierra humeante y quemada donde ya no brotará nada, unos mares tan hirvientes como sulfurosos y un silencio aterrador. Solo un loco querría vivir en un mundo así.

Estos días asistimos al resurgir de supuestos expertos tertulianos que saben de todo, de geoestrategia militar, de política, de economía y hasta de psicología humana. Es la cháchara televisiva torturante de siempre donde unos y otros debaten sesuda pero estérilmente tratando de desentrañar la psique del monstruo. Unos niegan que estemos ante un trastornado o un megalómano con ansias de poder y lo diagnostican más bien como un frío psicópata. Los hay que lo ven como un peligroso paranoico y hasta quienes lo definen como un hombre perfectamente cuerdo y pleno de lucidez política y militar. Qué más da la etiqueta clínica que le quieran colocar al perturbado. El caso es que allá abajo, en una fortaleza de hierro a varios cientos de metros de profundidad, un hombre coquetea traviesamente con el maletín nuclear. O como dijo Marsé, un tipo encerrado con su propio juguete, con su odio a la humanidad y a sí mismo. Alguien que produce auténtico espanto hasta a su amigo más fiel, su propio perro, ese pobre animal que lo mira con ojos tiernos y tristes pensando que ya nunca más podrá salir a pasear al jardín.

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