Número 98, Xavier Latorre
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Carambola (un minicuento de pseudoficción)

Un relato de Xavier Latorre. Domingo, 3 de abril de 2022

Soy rico, muy rico, vaya. Lo he conseguido vendiendo mi empresa unicornio, una firma que sin cotizar en bolsa tiene un valor incalculable, a un fondo de las Islas Caimán. Parece sencillo forrarse en estos tiempos plagados de influencers desnortados, de espabilados vendedores de humo, de niñatos que juegan a los bitcoins, de advenedizos que creen poder ganar en un día lo que sus padres se labraron durante toda una vida laboral de sol a sol. Nada nada más lejos de la realidad. Hacerse rico es más complicado de lo que parece. La diferencia con la mayoría de colegas de mi pueblo es que yo sí tenía un proyecto audaz, novedoso y útil. Mi padre regentaba una ferretería de barrio y quería que yo le tomara el relevo en aquel modesto establecimiento. Sin embargo, yo quería algo más grande que pasarme el día en el mostrador vendiendo tuercas, sartenes o bombillas. Así que decidí arriesgar.

En las vacaciones, cuando realizaba algunos viajecitos, me fijaba en que los tortolitos amarraban su amor al pasamanos de una barandilla de un mirador que ofrecía un bello paisaje, a la reja de una catedral o a las pilastras de un puente medieval. Las parejas de turistas proclamaban así su amor eterno incondicional en un candado que fijaban en cualquier parte próxima al monumento que visitaban. Luego echaban la llave a un contenedor de la basura y así quedaban simbólicamente unidos para siempre, mientras el pobre candado soportaba la intemperie, las frías noches o el inclemente sol veraniego. Cuando vi aquel muestrario de cerrojos metálicos multicolores me invadió una pena infinita por aquellas parejas a las que el desamor les pudiera alcanzar de lleno, a aquellos novios a los que Cupido con el paso del tiempo les hacía la cobra y que, por lances de la vida, quedarían desahuciados del cariño que se profesaban. Entonces ideé una fórmula para reparar los estragos de la desdicha. Si querían empezar de nuevo y volver a enrollarse con otra persona debían de romper con los vestigios de pasado; urgía pasar página por completo de aquella aventura finiquitada para reiniciar una nueva historia de amor. Así que decidí subsanar esa frustración, y armado con una cizalla me dispuse a romper los candados que el cliente me demandara y mandarlos rotos a contrarrembolso a las personas -muchas de ellas supersticiosas- que deseaban superar sus desventuradas relaciones efímeras. Así que me puse manos a la obra y adquirí en la tienda de mi padre un cargamento de cizallas. Me convertí en todo un experto, en un eminente “cizallero”.

Para ello, aproveché mis conocimientos de mercadotecnia por correspondencia y monté mi propia aplicación. Le puse un pomposo nombre en inglés, “Brokenlove”, y comencé mi agitada andadura por el mundo de los negocios. Me agencié una cuadrilla de matemáticos, informáticos y engatusé, como socios, a un par de jetas a los que les sobraba el dinero y conseguí patentar aquella descabellada idea. Con una paciente gestión en las redes sociales nos dimos a conocer por medio mundo, ya que aquella app se la descargaron millones de personas. Como si fuéramos unos linces californianos tejimos una red de colaboradores malpagados por muchos rincones emblemáticos de todo el planeta. Desde Florencia a Estambul, pasando por París, El Cairo, Barcelona y Ámsterdam. Ningún monumento se nos resistía. El negocio comenzó a florecer: los pedidos nos llegaban a raudales. Muchas parejas rotas estaban dispuestas a pagar un pico por deshacerse de aquellos candados que les comprometían y que habían dejado de tener sentido alguno para ellos. Los colaboradores, enfundados en una cazadora con nuestro logo impreso y montados en motocicletas baratas, se acercaban hasta el pintoresco lugar, localizaban el candado y, clas, clas, lo rajaban y se lo enviaban a la persona lastimada en su amor propio, al desdichado desenamorado. Los ingresos los compartía con el agente local. La empresa comenzaba a ofrecer suculentos beneficios. Cada noche, desde la atalaya de mi móvil divisaba como crecía la facturación de mi franquicia y me cercioraba de que aquel boyante negocio era una carambola. Los ayuntamientos no ponían pega alguna; al contrario, todo lo que fuera deshacerse de aquella chatarra inservible ya les iba bien. Con los años entendí que tenía suficiente dinero para vivir de forma opulenta varias vidas por lo que puse en venta aquella floreciente y singular empresa por una millonada. Con el botín obtenido, y una vez repartido el dinero con los socios, lo primero que hice fue retirar a mi padre de la mala vida que llevaba y comprarle un chalet en la playa. El pobre alucinaba. Su felicidad recompensaba con creces mi veleidad emprendedora. Luego fui gastando las ganancias como haría cualquier otro en mi lugar: me compré un yate, me casé con una top model, me agencié un Maserati, adquirí una casa de ensueño, ordené que me fabricarán un candado bañado en oro como llavero y me afilié a un selecto club de golf.

Con los años he comprobado que las intrépidas iniciativas mercantiles con futuro pueden hacerte rico. Basta dar, y es lo más difícil del asunto, con el nicho de negocio adecuado. También me reconforta que muchas parejas unidas que se las prometían muy felices hayan podido rehacer sus vidas sin malos augurios y hayan podido volver al lugar del delito a colocar otro candado con su nuevo ligue. Saber que has posibilitado que un ser humano vuelva a ser dichoso, tras un desdichado episodio amoroso, que quieren que les diga, te llena de satisfacción. O sea, que mi padre vive a cuerpo de rey gracias a las cizallas y yo ahora invierto mis ahorros en otros incipientes proyectos lanzadera que prometen triunfar en la nueva economía extravagante en la que estamos instalados.

Les he contado todo esto para que vean que no es tan fácil forrarse. Yo soy la excepción, un afortunado entre mil. Ustedes lo que deben hacer es decirles a sus hijos que para sobrevivir hay que estudiar de lo lindo, ponerse el despertador temprano para ir al curro y dejar de jugar con el móvil y otras zarandajas. Lo mío fue pura potra. Todavía hoy cuando me asomo a la cumbre de un volcán dormido o me acercó a una catedral gótica acaricio con nostalgia todos los candados allí prendidos y me pregunto quién soy yo para inmiscuirme en esas infelices vidas, pero reflexiono y me digo que las rupturas sentimentales me han dado de comer muy bien todos estos años y se me disipa la congoja.

Créanme, ustedes sigan a lo suyo, prepárense un bocata de atún, cojan el metro y sean puntuales en sus miserables trabajos. ¡Háganme caso! Mientras tanto, yo, sumergido en mi jacuzzi, trataré de descifrar la guerra de Ucrania en cualquier informativo sesgado,… lo haré empuñando, eso sí, un exótico brebaje.

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Xavier Latorre

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