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Codicia y podredumbre

Por Luis Sánchez. Domingo, 30 de enero de 2022

Luis Sánchez

Aprovechan la pandemia de la covid-19 para cerrar sucursales, despedir empleados, automatizar servicios, cobrar comisiones abusivas… Y de los 60.000 millones de euros del rescate bancario, ¿qué milonga nos cuentan? Encima, el Gobierno ha tomado el control de la SAREB (Sociedad de Gestión de Activos procedentes de la Reestructuración Bancaria, o sea: el banco malo), tras asumir su deuda, que asciende a 52.000 millones de euros. La Banca lleva mucha prisa: “tiene mucho hot, tiene mucho tempo y tiene mucho down”. Y un señor mayor (de 78 años), que no, un idiota, propone: cambio cajero automático por empleado atento. ¡Atención, atención!, porque no se trata de ser mayor o idiota, sino de que cualquiera pueda disponer de la opción para mantener el trato personal y evitar la tiranía tecnológica.

“Pregunta. ¿Recuerda el momento en el que empezó a interesarse por el lujo?

“Respuesta. Mi hermana estaba preparando la Selectividad y nos fuimos las dos a Madrid. Empecé en Massimo Dutti, pero paseaba por la Milla de Oro y me encantaba. Cuando entraba a una boutique de lujo, era como entrar en un museo. Luego me fui de niñera a Inglaterra y cuando regresé me cogieron en Gucci. Ahí ya fui viendo por dentro el mundo de la moda, porque es la moda lo que me interesa, no el lujo. Para mí, lujo también es irme al campo con una sábana a comerme un bocadillo de chorizo”. Diario El País, jueves, 20 de enero de 2022. Entrevista de Raquel Peláez a Georgina Rodríguez (Buenos Aires, 27 años), modelo, influente (con más de 28 millones de seguidores en Instagram), empresaria y pareja del futbolista Cristiano Ronaldo. Como contrapunto, Hamamat Montia (de 34 años), Miss Ghana 2006, que tras conocer el éxito internacional como modelo, se hartó de la frivolidad y el lujo y decidió regresar a su país de origen para llevar una vida sencilla y auténtica en la aldea que la vio nacer. Desde allí, y empleando la manteca de karité, ha creado su propia marca de cosméticos.

La fealdad, el mal olor, la suciedad, los remiendos, la baja calidad de los materiales, la escasez de conocimiento… No, todo eso no son componentes de la maldad, sino de la pobreza, porque la riqueza se depila, se acicala, se perfuma, se disfraza…, y disimula su humana miseria. La necesidad es cosa de pobres; en cambio, el capricho…

Concepto y valor: libertad, justicia, verdad, educación, salud… Grandes palabras que enamoran aun sin conocer el destino. Palabras abstractas que solo al tomar tierra desnudan su intención, palabras que no precisan mirarse al espejo porque arrastran una sombra milenaria… Palabras y más palabras, palabras con las que alimentamos el alma y engañamos el estómago.

Seamos prosaicos: la palabra ‘verdad’, por ejemplo, no significa lo mismo en boca de Alberto Garzón que en boca de Santiago Abascal, pese a que los dos llevan barba bien recortada. Y eso, por no hablar de ganadería extensiva y de rebelión en la granja.

“El informe Las desigualdades matan, publicado por Oxfam al calor de la cumbre de Davos [Suiza], constata que los 10 hombres más ricos del mundo han duplicado su fortuna, que ha pasado de 700.000 millones a 1,5 billones de dólares en estos dos años de pandemia. Mientras, el 99% de la humanidad ha visto reducirse sus ingresos, y más de 160 millones de personas han caído en la pobreza”. En el mismo número citado del diario El País, brillante y certero artículo de la socióloga Cristina Monge: La corrosión del contrato social. 

Al mal tiempo, buena cara, dice el refrán, y también: no hay mal que por bien no venga. Conque si la pandemia ha resultado beneficiosa en términos económicos, pues sigamos por ahí, porque hay un buen filón. ¡La salud!, otra de las grandes palabras. Pero para hablar de salud, hemos de tocar tierra (nada de abstracciones), es decir, hemos de hablar también de la industria farmacéutica, de economía y de política, porque forma todo un turbio entramado donde se mezclan intereses sanitarios, jugosos beneficios y caza de votos. No es que falle esto o aquello, porque lo que, de verdad, falla es el sistema mismo, su estructura, que está podrida, ¡falla la codicia, que lo invade todo! Y al hablar de salud, hemos de hablar de lo que siempre se olvida, de ecología: de la deforestación, de la pérdida de diversidad biológica…

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