Número 98
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B. Spinoza, el hombre libre

Por José Romero. Domingo, 3 de octubre de 2021

Escribía Bernard Malamud en El Hombre de Kiev que “Spinoza quiso hacer de sí mismo un hombre libre- tan libre como era posible, teniendo en cuenta su filosofía”. Y es esta  la aporía spinoziana, hacer libre al hombre determinado por el orden de las causas del mundo, contradicción a ojos del no entendedor de la filosofía de este judío sefardita. Es en la Carta de Spinoza a Schuller donde mejor están condensadas las ideas respecto de la libertad. El hombre puede llegar a ser libre, pero no nace libre. Y es que la libertad, a juicio de Spinoza, ha sido malentendida por los estudiosos al confundirla con libre albedrío. La creencia en que el hombre decide hacer o no hacer, y que estas acciones son efectos de una voluntad propia y libre, no es sino un asilo de la ignorancia en el que creemos a causa de ignorar lo que nos determina a obrar. Hay quienes se creen libres por obedecer la libídine, los hay quienes ignoran que el hombre y el mundo pertenecen al mismo género o que son solamente dos atributos de la infinitud de la substancia divina, autodeterminada por unas universales leyes de la naturaleza.

Ante todo, la intención de esta carta es la misma que la de la gran obra de este pobre judío asentado en Holanda, la Ética, y es hacer al hombre libre, liberándolo de la confusión de las ideas inadecuadas, como el vínculo tradicional entre la libertad y la voluntad. La voluntad, a diferencia de cómo es entendida en la religión judeocristiana, no es sino el modo por el que estamos determinados como la roca por una causa interna, “esta es la libertad en el hombre”. A fin de cuentas, determinados por Dios, como productor causal. Esto significa reconocer al hombre como un ser dentro de la naturaleza, así como natural, determinado por las mismas leyes que determinan a un simple árbol a vivir. “La voluntad no puede llamarse causa libre”, dice Spinoza. No existe por tanto el libre albedrío en sentido escolástico, la libertad no es sino la concordancia de un ser con su propia necesidad esencial, esto es, “que existe por la sola necesidad de su naturaleza y por sí sola se determina a obrar”. Esta descripción solo concuerda con Dios, la natura que se determina a sí misma y lleva en su propia esencia su libertad, que es causa sui o que la esencia implica la existencia, como el Dios del argumento ontológico. La libertad, tal y como la imaginamos, es solamente un soñar despiertos, una ilusión de la conciencia debido a ignorar las causas que nos determinan.

Sin embargo, el entendimiento nos tiene reservado una libertad que no consiste en obrar sino en la misma libertad del pensamiento. El entendimiento puede hacer libre a un hombre cuando su conatus, su deseo, está determinado por ideas adecuadas, aquellas que pertenecen al orden del mundo, y no por ideas inadecuadas, en numerosas ocasiones, pastoras de ilusiones de la conciencia. Como en el famoso ejemplo que Spinoza expone en su Ética, sobre un hombre que tras subir a lo alto de un árbol cree tener el Sol a unos pocos doscientos metros, cuando el entendimiento nos desvela que está mucho más lejos de lo que pensábamos. Esto retrata la diferencia que hay de la conciencia con respecto del entendimiento.

La conciencia se cree libre, el entendimiento conoce las causas que nos determinan a obrar. La conciencia puede afirmar la multiplicidad de substancias, el entendimiento sabe que sólo existe una.

Para comprender esto mejor, a fin de desvelar qué comprende Spinoza por libertad, hemos de conocer la concepción spinoziana sobre el atributo y la substancia, pues sin entender el entramado sistema de este autor, no se comprende nada. La substancia, aunque bien podría llamársele el Ser, es aquello que necesariamente es, y como todo lo que es, persevera en su ser sin fecha de vencimiento, es pues eterno sin causa externa alguna que frene su potencia. Dios es la substancia: infinito, absoluto, e inabarcable a ojos del hombre. Dios es el Mundo tal y como es, infinito. Los atributos que posee la substancia son también infinitos, no son solamente los cartesianos: alma, cuerpo, Dios; sino tantos como la posibilidad los permita. Sin embargo no son partes de un todo estos atributos, ni emanaciones de la substancia, sino simplemente el mismo todo visto con diferentes lentes, y de esto sabía mucho Spinoza.

La conciencia no es sino la propiedad de las ideas de dividirse en ideas de la idea, es decir, “conciencia de las ideas inadecuadas que tenemos”-Deleuze. La conciencia es a su vez la morada de nuestras ilusiones, como la ilusión de la libertad y la ilusión de la causa final. Las dos remiten a lo mismo, y es verter en el orden del mundo nuestras visiones, apetitos, pasiones, o confundir los efectos por las causas, error del que surge la teología aristotélica medieval. Confundiendo privados estados de ánimo con estados del orden del mundo es como surge el concepto de libre albedrío y de “libre voluntad”.

El Dios de Spinoza no obra por libre elección, no desea, ni nos ama, ni tiene un plan teleológico para con nosotros, actúa estando quieto, actúa existiendo, como la misma naturaleza. Dios es la Ley del mundo y al mismo tiempo es el mundo. La natura naturans se confunde con la natura naturata.

Según la religión judeocristiana, Dios crea el mundo ex nihilo por su propia voluntad, por amor a la existencia. Esta perspectiva deja el mundo a merced de la nada y la destrucción a una simple palabra del Colérico. No se da cuenta de que Dios no puede actuar por el libre albedrío, pues el mundo existe por la misma necesidad que tiene de existir, tampoco podría ser de otra manera la ley del mundo, pues es una ley necesaria, los milagros no son sino la ignorancia de la totalidad de las leyes que gobiernan el mundo. Si Dios, que es la Necesidad, está en acto, cómo podría reservar parte de su potencia a un fin que todavía no se ha actualizado. El mundo no es pues contingente, todo lo posible es necesario. Queda suficientemente demostrado que “lo posible”, el objeto del libre albedrío, es una ilusión de la conciencia. Luego, hacer al hombre libre debe significar otra cosa. Debe consistir principalmente en librarlo de la superstición de la religión, del miedo a Dios y a fin de cuentas, de la ignorancia de la conciencia. La reforma spinoziana viene a significar lo mismo que la reforma que Giordano Bruno quiso presentar al Papado en Roma. Que el Dios judeocristiano era un Dios demasiado pequeño, que no se contemplaba en teología la inmensidad del Universo, que Dios no es un ente al que haya que venerar, sino el mismo Universo que hay que investigar a través de las ciencias, y que la religión no es más que el producto del miedo que los gobernantes usan para mantenernos en un estado de servidumbre voluntaria como decía de la Boétie. La reforma de Spinoza pasa por demoler el Sistema del Juicio gobernado por la ignorante conciencia y la díada de valores (Bien-Mal) y sustituirlo por la Ética, que reemplaza a la moral. La Ética es hija del entendimiento, conoce las causas con el fin de hacernos libres y felices, el sistema del Juicio no es más que el juicio de Dios, el asilo de la ignorancia. La Ley moral tiene como único fin la obediencia disciplinada, la Ética tiene un fin mucho más elevado, el de hacernos libres. Y es libre el hombre que conoce y estudia en vez de rezar y suplicar, el hombre valiente y no el abyecto o pusilánime, quien piensa en la vida y no en la muerte, el hombre que vive en el Estado frente al hombre que solamente se obedece a sí mismo y a su gula. “La verdadera felicidad y la beatitud del hombre consiste únicamente en la sabiduría y en el conocimiento de la verdad” T.Teológico Político, cap III.

Estas ideas tienen ya una base muy lejana. Los propios filósofos panteístas medievales como Amalrico de Bena y David de Dinant, influidos por el necesitarismo griego de Avicena, como Spinoza sería también influido, exhortaban ya a dejar de orar y abandonar los lúgubres templos llamados casas de Dios. Estudiar y no orar sería la base de la Fraternidad de Libre Espíritu fundada por los amalricianos. La salvación no está del lado de una fe en un credo como de acumular conocimiento sobre el mundo. El hombre sabio, además de feliz, obra bien.

Ya que no podemos librar al hombre de las leyes que lo determinan a actuar, sí podemos liberarlo de las coacciones que sufre, por religión o por injusticias legales. Sus deseos democráticos eran claros, construir un Estado tolerante con las religiones, que favoreciera la ciencia y mantuviera la libertad y la seguridad de sus ciudadanos. No dista mucho del proyecto de Estado Renacentista propuesto por Maquiavelo. Un Estado republicano (separación de poderes), que consiguiese un clima óptimo para que el hombre que no nace libre consiga serlo. Y aunque esto sea un proyecto arduo complicado, ya que “lo virtuoso es tan sublime como raro”, está en el deseo del conatus del hombre singular perpetuarse en su ser y vivir la vida dignamente, en libertad y plena en alegría.

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