Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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Literatura o qué

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Miércoles, 29 de septiembre de 2021

@lidia_sanchis

La vida duele. Y huele (empiezo bien. Parezco uno de esos periodistas estrella de la televisión, cuyo único mérito consiste en hacer jueguecitos de palabras que consiguen que algunos telespectadores incautos –y no tanto– abran la boca y formen con sus labios grasientos por las patatas fritas de la cena una oh de admiración). Si no oliera, no tendría sentido. Olemos al nacer (a desinfectante, a sangre, a sudor limpio, a polietileno) y hedemos al morir. O eso dicen.

Hace muchos años, cuando la crisis del periodismo ya era una noticia vieja, escribí (si lo que hago es escribir) un artículo (si lo que escribo se puede denominar artículo) en el que mencionaba uno de los ERE que perpetró el diario El País y por el que despidieron a algunas de sus firmas más ilustres. Por error, en la infame lista de ese Expediente de Regulación de Empleo (vivimos instalados en los eufemismos) incluí el nombre de Maruja Torres. Como una idiota, le envié el escrito a la propia Maruja. Ni siquiera pensé que lo iba a leer. Pero lo hizo. Y me contestó para corregirme: ella no había sido despedida sino que había dimitido, precisamente como protesta por el despido de sus compañeros, o por la autocensura que se le exigía desde la dirección a sus columnas, o por cualquier otro motivo, o por todos ellos juntos. Y no, no es el mismo perfume el que exhala un despido que el de una dimisión. Ella quería dejar tras su marcha una fragancia de dignidad, que es lo que queda en el aire cuando alguien se va, de la vida o de la cabecera más importante del país. Cuando muramos tampoco nosotros seremos más que una pestilencia que se expande y se intenta camuflar con todas las flores que hayamos ido dejando en nuestro trayecto: las de la bondad o las de la mala baba; las de la dignidad o las de las vileza; las del valor o las de cobardía.

La vida duele. Y huele, sobre todo, a mierda. Ella sabe que la única excrecencia cuyo tufo es soportable es la de caballo. Y lo sabe porque lo ha leído en una novela, en una de esas noveluchas sobre las que ha ido construyendo su mundo; uno de papel en el que, para saber qué significa amar, por ejemplo, ha tenido que leerlo antes. Y comparar. En ese edificio tienen la misma consistencia Harold Robbins que León Tolstói, Juan Ramón Jiménez que Marcial Lafuente Estefanía. La literatura, ese gran misterio, que no consiste en disponer las palabras –sujeto, verbo, predicado –de manera más o menos armoniosa, ni siquiera en todo lo contrario. Es el arte de convertir lo vulgar –un accidente, una infidelidad, la muerte– en algo sublime y universal. Anna Karenina o Emma Bovary, Romeo o Julieta, hablan de nosotros, a pesar de los siglos y de las circunstancias que nos separan; el viaje que emprende Ulises para volver a Ítaca es el nuestro, aunque ni siquiera lo sepamos. Todos ellos no son personajes de ficción sino seres tan reales como usted y como yo.

Al fin y al cabo, la literatura no es más que eso. Saber que aquella tarde, en realidad, no existió nunca o, al menos, que no fue como la hemos interiorizado de tal manera que es esa (la que no existió) y no otra la que le da sentido a la vida. Penélope teje y desteje para contar los días. Esa necesidad de contar es la literatura. Lo más inútil del mundo y, por tanto, lo más importante.

Si somos elegidos, algunas de nuestras porquerías, hediondas o sublimes –las tuyas y las mías también, querido– acabarán convertidas en literatura. Y si tenemos aún más suerte, será de la buena, aunque no hay garantía de que así sea. Seremos restos, seremos heces, seremos despojos: la literatura son los huesos que quedan cuando el caballo ha muerto y ha dejado de oler.

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L'Avi

@AviNinotaire

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