Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Los años que vienen

Por Luis Sánchez. Domingo, 4 de julio de 2021

Luis Sánchez

Hay diferencias entre ambas escenas, ya lo creo; como del cielo a la tierra. Veamos:

–Mira qué bulto tengo.

–A ver.

–Toca, toca…

–¡Qué tonto eres! (Risitas cómplices.)

Y, ahora, esta otra:

–Me ha salido un bultito.

–¿Dónde?

–Por aquí. ¿Lo notas?

–A ver… Espera… Pues lo mejor será ir al médico.

Aquí lo tenemos, entre una y otra escena ha pasado un soplo de cuarenta años. Como que no hay nada mejor para medir el paso del tiempo que los fluidos biológicos. Cuando empiezan a meterte palitos (o gomitas) por los orificios del santo grial y a coleccionar muestras de orín, sangre, semen, saliva (o similares), es que ya has conseguido la plenitud, es decir, el alma que te corresponde; ya no necesitas buscar por allí o por allá tu identidad o el sentido de la vida; todo encaja como en un rompecabezas, y si algo se sale de su casilla, se puede explicar fácilmente por la ley de la gravedad: hasta la manzana de Newton está podrida por el gusano del algoritmo, o lo que es igual: si no tienes quien te pele la susodicha manzana, querido amigo, te la pelas tú solito.

Recuerda: un bulto, dromedario; dos bultos: camello.

Apretamos las tuercas… Y pasamos a otra escena:

–Últimamente, pienso cosas horribles.

–¿Como qué?

–No sé… Tengo ideas suicidas.

–¡Ah, bueno! Mientras no jodas a los demás.

Implosión del sufrimiento. Y aquí estamos: si no lo confiesas, no lo espantas. ¡Hable la sombra! Soy todo lo que te doy. La mayor crueldad, hacerse daño hasta la extinción: la vida, contra el propio instinto de vida. Cuando uno atenta contra sí mismo, involucra tanto a quienes están cerca como al resto de la sociedad (¡todo ha fallado!), por eso es más cómodo no hablar de lo ocurrido. Ni círculo íntimo ni instituciones, el precipicio, como única salida. ¡Ah, amigo!, el peso de la nada es un suceso inesperado que rompe la cadena productiva y cuestiona los cimientos morales: no vales lo que la vida vale.

Una carabina –con mira telescópica–, apuntándote desde el fondo del espejo; de nada sirve apartar la mirada o cerrar los ojos: la imagen va contigo y sabes que el ansiado disparo llegará en forma de sobredosis o de salto al vacío, o… o… ¡horror homónimo! Disimula, disimula; aún no: espera un poco más, que no sospechen que haces bulto a la muerte.

El aislamiento te desborda al llenar el vacío del pozo con tus propios estragos. Cuando palpas la angustia del insomnio, esperando las primeras luces de la mañana… Y no hay novedad que altere la penosa rutina diaria: un silencio impronunciable, un hastío sin freno y un cansancio infinito que no alcanza consuelo.

Si en este mundo de colorines y pantallas, la muerte ya es un asunto a esquivar, el suicidio es un tabú. ¡Y qué hipócrita paternalismo afirmar que no se publican más noticias al respecto para que el ciudadano no imite semejante comportamiento!

Una desgracia social: nos relacionamos de manera más fluida con los objetos que con las personas; estas –las relaciones personales– debieran ser el centro de atención, pues son las que nos humanizan. Por cierto, ¿qué dice la filosofía, al respecto? Bien poco. Conque no estaría de sobra dar un repaso a la filmografía del director alemán Rainer Werner Fassbinder (1945-1982), para tocar piel, carne y hueso; eso sí, sin sentimentalismo.

Crecer desde el fracaso, la derrota y la muerte. Crecer desde la contingencia, el instante y la finitud. Crecer desde la atención, el cuidado y la cooperación. Todo un desafío.

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