Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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De luz y sombra

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi. Miércoles, 28 de julio de 2021

@lidia_sanchis

Mis padres jamás se levantaron tarde de la cama, ni siquiera cuando estaban enfermos. Esa es la principal diferencia entre ellos y yo, entre la paternidad del siglo XX y la del siglo XXI. Pienso en esto mientras paseo por una de las callejuelas de uno de esos pueblecitos que en invierno alberga poco más de cien o doscientas almas. El concepto de pueblo se me representa como ese hombre viejo al que estoy observando en este momento y que, con dificultad y sosteniéndose en un bastón, asciende por una costana empedrada y desnuda de árboles.

Estos son hombres y mujeres que estaban acostumbrados a bregar con la vida y a resolver dos o tres crisis antes de que el sol acabara de asomar por el horizonte. Y ahora esto. Solo son dueños de las calles desiertas de niños a quienes ordenar que callen en el momento sagrado de la siesta, o de soldados enviados a arrebatar una posición al enemigo antes de que la madrugada se cierna sobre todos ellos.

En el prado ya no crecen los girasoles, sino que del espacio se han adueñado unas hierbas grises y secas. Ni siquiera queda el consuelo de la belleza amarilla.

Tampoco mejoran las cosas para los vecinos de las villas marineras. En la carretera de siempre se suceden las casas bajas y medio destartaladas, las típicas construcciones de uno de esos barrios de las afueras de una ciudad con mar. Pero al contemplarlas hoy he recordado la luz que había antes, cuando yo era pequeña, y he pensado en el olor de las viviendas, en la tiniebla que cubría la entrada de casa de mi abuela y en cómo tardaban unos segundos mis ojos en acostumbrarse a esa oscuridad, viniendo como venía de la luz heridora de la calle. He evocado esas y otras sensaciones de una manera tan intensa que he sentido como un relámpago que me ha recorrido el cuerpo de arriba abajo. Todo lo que sé de la vida está ahí: en esa luz y en esa sombra; en quién soy en la luz y en quién soy en la sombra.

Si el pueblo es un viejo que arrastra sus pies por un camino empinado, el verano es un niño de ojos azul aguamarina corriendo por la orilla de la playa. La tarde cae y la suave brisa del mar que sopla desde hace unos minutos revuelve sus cabellos mojados. Su cuerpecillo menudo y color café con leche está moteado de gotas de agua salada. Sus ojos, de un verde transparente y que han sido atravesados por un haz de sol, y los míos, se han cruzado durante una milésima de segundo. La imagen de ese momento perfecto me ha conmovido hasta las lágrimas. Él ni siquiera se ha dado cuenta de que ha vivido un momento redondo y, por tanto, no lo recordará. Pero yo sí y, por tanto, no lo olvidaré. Él corriendo, despreocupado, hacia la luz. Yo, andando, sombría, hacia la sombra.

Ese azul del mar al atardecer y ese verde de sus ojos es la esencia de algo, pero no consigo saber de qué. Quizá de un limo donde palpitan en lo más profundo un secreto, una despedida, un silencio.

Jarvis Cocker me pregunta al oído si recuerdo la primera vez, aquella primera ocasión en la que el cuerpo me pidió levantarme de la cama al rayar el alba, como si fuera una vieja, como si por la noche me hubiera convertido en mi madre. Tanto tiempo invertido en escapar del pueblo y del verano, y ahora todos mis esfuerzos se condensan en volver a ellos. A todo lo que soy en la luz. A todo lo que soy en la sombra.

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L'Avi

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