Humor Gráfico, Jose Antequera, Lombilla, Número 98, Opinión
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Cuba, el ocaso de la revolución

Por José Antequera / Viñeta: Lombilla. Domingo, 18 de julio de 2021

José Antequera

Para mí que es un despropósito muy peligroso eso de no dar de comer a la gente”, decía Cela en un artículo de prensa hace ya mucho tiempo. Y qué razón tenía el Nobel. El principio del fin de un régimen siempre llega cuando los de arriba dejan de preocuparse de los de abajo, y si no que se lo pregunten al clan castrista de Cuba, que estos días tiembla y contiene la respiración tras las murallas de sus búnkeres soviéticos a prueba de misiles yanquis. No contaron con que el hambre es una bomba mucho más destructiva que un invierno nuclear.

Díaz-Canel y los suyos se habían construido un mundo imaginario, la poética legendaria de la revolución, una mística barata de desfiles militares, tanques oxidados made in China y banderas desteñidas. Y en medio de ese sueño de comunismo fraudulento, de manipulación del materialismo histórico y de tergiversación de Marx, el “maleconazo” les ha estallado en la cara sin que lo vieran venir.

Desde el principio de los tiempos, siempre fue lo mismo. Los tiranos se encastillan en sus fortalezas cuando el pueblo se revuelve contra ellos. Aristóteles creía que el dictador sale del propio pueblo, al que consigue engatusar con cánticos demagógicos. Shakespeare, en Ricardo III, dice que el tirano es alguien criado en sangre y en sangre asentado. Y la Revolución Francesa empezó al grito de Liberté, Égalité y Fraternité pero terminó con un concurso de cabezas cortadas y unos jacobinos instaurando el terror de Robespierre.

Díaz-Canel va camino de escribir su propio otoño del patriarca al más puro estilo García Márquez. Da todo el perfil de tirano bananero capaz de enfrentar a una parte de su pueblo contra otra en una contienda civil absurda y fratricida. “La orden de combate está dada”, le ha transmitido fríamente a las fuerzas del orden. Pero el gentío, los cubanos, los parias de la famélica legión, ya no tienen miedo y se han levantado del barro del Malecón y han salido de sus casas destartaladas de paredes desconchadas de La Habana Vieja. Están hartos del injusto y odioso cerco yanqui, es cierto, pero también están cansados de comer siempre lo mismo (los que puedan comer), de décadas de silencio, de falta de libertad, de Estado policial, de comisarios políticos, de ausencia total de derechos, de prensa panfletaria y de leer los números atrasados del Pravda a mayor gloria del régimen. En definitiva, están estragados de mentiras de una casta castrista corrupta que solo ha servido para que los comunistas de salón se llenen los bolsillos con el cártel del petróleo y para que los mafiosos balseros afines al poder monten sus flotillas de miseria y muerte a costa de los pobres espaldas mojadas.

Han sido demasiados años de disidencia sofocada, de exiliados que cruzan el charco rumbo a Florida a golpe de remo y flotador, de cartilla de racionamiento que siempre le toca a los mismos. Ha llegado el momento de la revolución de Dina Stars y otras jóvenes youtubers que no saben quién fue Lenin pero que arrastran a millones de seguidores en internet con la falsa promesa de un capitalismo que tampoco llegará a todos porque la isla, más pronto que tarde, se acabará convirtiendo en el gran lupanar de los gringos con mucho hotel para la gran chingada y mucho Casino Las Vegas para entretener a los trumpistas millonarios de Washington mientras el indito hace las veces de botones y le lleva las maletas al amo en su propia tierra.

Hace demasiado tiempo que los burócratas comunistas viven del pasado, de la utopía no realizada, de la leyenda de Sierra Maestra y del glorioso recuerdo del Che. Se han apoltronado en los despachos del PCC, se han quedado totalmente ajenos a la realidad de la calle y ni siquiera han caído en la cuenta de que en las tiendas ya nadie compra con pesos, sino con dólares o euros, entre otras cosas porque el peso no vale nada y cuando se mastica duelen las muelas. Una vez más, se repite la historia. Al igual que los alemanes arrojaban billetes y marcos a las hogueras para calentarse en el frío invierno tras la Gran Depresión del 29, hoy la moneda nacional cubana ha quedado como gran emblema de una nación arruinada.

Ahora los burócratas, barbudos y generalotes del partido se asoman a las almenas del Buró y los ven llegar con la hoz y el martillo, pero esta vez de verdad, no como simples actores o figurantes de un desfile patriótico de cartón piedra. Gritan “patria y vida” mientras arrojan a la basura los retratos de Fidel. El pueblo, cuando tiene hambre, olvida pronto a sus héroes. Este tenía demasiadas sombras tras de sí, tantas como los 900 millones de fortuna que le atribuye Forbes. No era tonto el Comandante.

Europa guarda silencio sobre Cuba, Pedro Sánchez hace malabares para quitarse el muerto de encima y ni siquiera los anticapis de Unidas Podemos son capaces de sacar unas cuantas divisiones de manifestantes a la calle, siquiera por disimular un poco. En cuanto a la intelectualidad izquierdista, ya se ha ido de vacaciones y no dice ni mu. En septiembre se verá, o quizá para los Goya, quién sabe. De momento solo se escucha a ese puñado de exiliados vociferando frente a la embajada en Madrid, toda esa gente que se tuvo que largar del país porque no era comunista o para montar un bar en Lavapiés haciendo las Américas a la inversa.

La Numancia cubana ha dejado de tener sentido. ¿Resistir para qué? ¿Envolverse en la bandera roja con qué sentido? ¿Alargar el sufrimiento otros cuarenta años más y seguir llenando las cárceles de detenidos y disidentes? Entre la CIA y el americano impasible de Graham Greene han conseguido lo que querían: asfixiar a la isla y acabar con el sueño del socialismo. Ni siquiera el supuesto rojazo Biden se ha atrevido a levantar el bloqueo naval y aéreo. Otro bluf de la Casa Blanca el abuelito somnoliento. Al final, los halcones del Pentágono y sus secuaces de Wall Street van a desembarcar en Bahía de Cochinos con cruceros de lujo en lugar de las barcazas de la Sexta Flota y con turistas sexuales en vez de marines. Sin embargo, al cubano no lo mata solo el yanqui que estrangula, embarga y bloquea, sino unos jerarcas que sintiéndose dioses inmortales, gigantes con puño de barro, dejaron que el país se pudriera hasta que el pueblo dejó de creer en ellos.

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J. L. Castro Lombilla

 

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