Filosofía, José Romero
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Chamanismo, impureza y droga enteógena

Por José Romero. Jueves, 15 de julio de 2021

José Romero

Quizá la brisa de los Alpes, las corrientes del Atlántico, el frío y extremo clima de las estepas bajo los Urales o la ondulada y sinuosa línea de costa griega, inspiradora de batallas y trágicos sacrificios bélicos. Quizá aquellos animosos inspiradores naturales fueron los favorables de la construcción del mundo mítico humano. Como el ciclo del río Nilo, cuyos desbordamientos y desastres de su cauce produjeron un calendario, una cosmovisión y una forma de vida, un encantamiento y una inebrantia idiosincrásica. Los pueblos se desarrollan lentamente como el cauce de un río o una línea costera, impulsados por la corriente o el espíritu del pueblo. El aparato mítico no es más que la respuesta al mundo natural, o quizá, el encantamiento del mundo. Como las visiones y pasiones de un fumador de cáñamo hindú, el hombre primitivo se deja embriagar por los mares y ríos, por el cielo y la tierra, por la vida y por la muerte. El cántico trágico de un chamán es el mismo embotamiento mistérico, lo excelso de lo vivido y soñado, la comunión con el misterio de la naturaleza. El chamán es ante todo un hombre. Cumple en buena medida muchas de las exigencias para ser considerado animal sobre la naturaleza. Lo natural sigue presente, como en el éxtasis del fumador de cáñamo, solo que lo natural se presenta elegantemente vestido de seda y lino como una princesa Song. El mundo, ante todo, se encanta. Cada rincón, cada sonido, cada visión; se aparecen ante el chamán como un misterio sin resolver. La religión: la resolución. Es en esta elevada cumbre de la naturaleza en la que el hombre más natural, el hombre de chamán, adquiere conciencia de su posición con respecto al mundo. El mundo deja de ser un entramado de vida y muerte sin leitmotiv alguno y carente de significación. Ahora el halcón, el águila, la trucha y el oso adquieren relevancia en el aparato simbólico, aunque como seres de una misma naturaleza compartida por el hombre. Ora aparece el mundo simbólico, ora el temor a la impureza. La míasma de los griegos, el tzaraath de los hebreos, no son sino el mismo mal pestilente que gobierna como Nerón el mundo entero. La enfermedad, el tabú, el incesto, la peste y la misma común muerte. La impureza gobierna el corazón de los hombres libres, de los libertos y de los esclavos. Es el mismo temor universal para todos, el terror a la cruel naturaleza, a la cruel y caprichosa fortuna que gobierna sobre todos los reinos por igual, más ambiciosa que Agamenón y que Príamo. El terror a la impureza demuestra nuestro espíritu de superación de lo natural en tanto que mundo animal. El sufrimiento hace que el hombre busque redención y fin del dolor. Por el terror a la míasma exige purificación o catarsis. Es el deseo universal por la salud, abrazada por todo chamán y hombre desde tiempos prehistóricos. La respuesta a la enfermedad fue el sacrificio cometido por el sacerdote. Un acto cometido contra la impureza, el castigo y cólera divina. Cuando Yahvé castiga encolerizado de celos  a los hombres, el cohen solo puede rezar ensalmos tembloroso de su Di´s, así como mandar en holocausto cabras y corderos. Sin embargo, para que Tláloc dios de la lluvia llore, el sacerdote ha de ofrecer en sacrificio el llanto de un recién nacido despojado de corazón. Dos ritos, un mismo sentido: el sacrificador, el sacrificado y la divinidad. El hombre contra su propio universo simbólico.

Incas, Felipe Huamán Poma de Ayala

Es propio de las sociedades ofrecer como chivos expiatorios a una serie de individuos para la purificación, o su correlato, borrar la impureza y recobrar la salud. Ante todo, si bien los chivos cebados o en ayuno previo al trance de la muerte son propios de sociedades guerreras y tribales, el sacerdote bien puede por ejemplo sacrificar ora a la Malinche, ora a Juana de Arco, ora a David de Dinant; por mismos motivos. La única y no tan clara diferencia radica en la identidad del sacerdote: náhuatl o mexica sacrifican al primer chivo, inquisidor al segundo y tercero. El rito de regalo expiatorio, como una de las formas que tiene el hombre para hacer frente a la míasma y purificarse, no puede ser entendido sin vislumbrar otro encantamiento ritual del mundo. Si bien en el primero no hay intervención alguna de un elemento natural o profano, siendo meramente un trueque incluso monetario, en el segundo el chamán comulga directamente con una droga enteógena. Al primero lo llamamos sacerdote, pues es el encargado de cometer el rito sacro, el sacer facere –hacer sagrado, huyendo de toda concepción profana, enfermando de “excesiva pureza”. El sacerdote sacrifica al chivo expiatorio para dárselo de embriagante al dios. El dios se alimenta del trance dantesco de la muerte. Mientras tanto, en las sociedades tribales y totémicas del Amazonas y Orinoco, así como las lejanas tierras de los arcaicos chamanes de la amanita de las estepas, reina un clima en el que el hombre no necesita de sacrificar la carne para el dios. El dios se encarna y es al mismo tiempo la droga, el Ahura Mazda de los iranios. El consumo del enteógeno es la misma deglución del dios. El chamán comulga directamente con la divinidad. Si bien en el rito del sacrificio la muerte es trance encarnado y real, el trance es sustituido por un trance místico en el ritual chamánico. El dios del chamán, alejado de los celos o pthomos que caracterizan al Dios de los hebreos, es una divinidad que se alegra de entrar en el cuerpo y espíritu del hombre, comulga con total sinceridad. El chamán asume así la carga del chivo expiatorio y recrea la muerte a través del viaje extático o “vuelo mágico”. El viaje proporcionado por la medicina lo transmuta fuera de sí, donde la res extensa y la res cogitans, carne y espíritu, confluyen y son una misma realidad purificada. Su sacrificio no es más que el acto de cobrar conciencia de la muerte misma. Para ello, el enteógeno lo lleva allende la vida y la muerte, para, en palabras de Eliade “morir y resucitar”.

En los Misterios Eleusinos se procedía de la misma manera. El propio Platón, conocedor de primera mano de las visiones de Eleusis proporcionadas por el Kykeon, afirmó al final de su vida que la “filosofía es una preparación para la muerte”, como el trance chamánico, una maravillación del espíritu por la naturaleza, el amor eterno del espíritu por el cosmos.

Galeno, Avicena e Hipócrates.

 La cuestión es si se desea purificar de la míasma  bajo el sacrificio o bajo el consumo de una droga enteógena o profana. Para entender esto correctamente hemos de irnos al vocabulario griego. Como señala A. Escohotado, la palabra para chivo expiatorio es pharmakós, en primera persona del singular masculino, mientras que phármakon, en neutro, es traducible por droga o remedio. Bajo este álgebra, no es difícil pensar que el phármakon no es sino el chivo expiatorio neutralizado e impersonal por tanto. Si en vez del sacrificio la catarsis pasara por el consumo de un remedio, el paciente se curaría o viviría en mayor pureza con la míasma. Esto pensaba Hipócrates de Cos, hijo predilecto de Asclepio el médico, en cuyo Corpus, en el tratado “De la enfermedad sagrada”, dice: “No creo que la enfermedad sagrada sea más divina o sagrada que cualquier otra enfermedad, sino que por el contrario posee específicas características y una causa definida”. Esta sacra impureza no era otra cosa que la epilepsia, antaño considerada castigo de los dioses. Con Hipócrates la arcaica medicina religiosa repleta de ensalmos perece hasta la entrada de la Alta Edad Media, donde volverá a reinar el ensalmo, la superstición y el sacrificio; propiciados por una fe en un credo y un dogma trinitario sostenido a base de persecuciones y quemas de heterodoxos.

Es el opio negro de Tebas y no el sacrificio de un pobre hombre lo que apacigua llantos, seduce los corazones y hace olvidar la pesantez de la vida diaria curtida en sinsabores, gobernada por el Hado  inundada en lágrimas. El nepentes de Helena, el phármakon de Hipócrates; son los sensatos remedios en la lucha contra la enfermedad y desasosiego, por una vida liviana y digna. Si Aquiles tomara el nepentes y fuera inducido en el sueño templario de Asclepio, no necesitaría de los regalos de los dánaos para olvidar a su fallecida Briseida, ni la muerte de Patroclo para emprender en el combate contra Héctor y los de Ilion. Sin embargo, las enseñanzas hipocráticas cayeron en desuso bajo el espíritu medieval occidental. El opio no se usó sino para quemarlo, así como las flores del cáñamo, dulces y bienolientes como la miel, prohibidas por Carlomagno, por su “uso diabólico”. No será hasta el Renacimiento cuando de la mano de boticarios como Laguna o Paracelso, la medicina antigua sea recuperada. La peculiaridad del cristianismo es que pertenece al rito de comunión chamánico, aunque rece a un Cristo crucificado “cordero de Dios que borras todos los pecados del mundo”, como todo chivo expiatorio. Sin embargo, comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo –el rito eucarístico, no suena tan distinto de comulgar ingiriendo al dios. La única diferencia notable es que el cristianismo ha perdido todo sito enteogénico, a excepción del vino es una falsa comunión, una “comunión formal” en palabras de Escohotado. Si distinguíamos antes al pharmakós del phármakon, ahora hemos de distinguir entre el rito o comunión coactiva y el rito psicoactivo. Uno, asentado principalmente en las religiones de carácter monoteísta, con un miedo a la idolatría y a toda forma de naturalismo o identificación del dios con el cuerpo. El otro, el mismo chamanismo o comunión encarnada y espiritual. El primero sustituye el enteógeno por una hostia vacía de contenido psicoactivo, por temor a que los fieles lleguen a pensar que el pan ácimo es el Cristo mismo, o recordar el pasado mistérico pagano.

Ante todo, debido a la falta de vehículo o medicina con el que comulgar, el rito coactivo no se diferencia del todo del rito de sacrificio. El hereje se convierte en el nuevo chivo expiatorio, la hoguera en la nueva pirámide mexica y el verdugo en el nuevo sacerdote. Esta es la diferencia entre la religión revelada por un credo o una fe y la religión revelada por la experiencia con un enteógeno. La primera ve la escatología con el corazón, la segunda comprueba el mundo simbólico con el corazón y todos los sentidos. A causa del dualismo ligado a la primera, lo natural es relegado al estatus de semblante de vicios y verdades vagas y perecederas, incomparables con la Verdad que reina los tiempos como imagen inmóvil de lo mutable.

A juicio del etnobotánico Wasson, el árbol prohibido se trató precisamente de la amanita muscaria, la seta atrapamoscas alucinógena que usaban los chamanes de buena parte de Europa, las estepas y la región indoirania. Yahvé prohíbe a Adán y a Eva probar del fruto del conocimiento, y de así hacerlo, expulsados quedarían del Paraíso. La doble interpretación que suscita cae en aporía. O bien Yahvé advierte de los peligros del enteógeno, el hombre desobedece y es castigado a vagar por la senda del paganismo chamánico, cayendo en idolatría, o bien Yahvé lo prohíbe “en” el Paraíso pues está reservado para el hombre de la Tierra. Sea como sea, el monoteísmo supuso un duro golpe micofóbico contra las capacidades psíquicas del ser humano. Quizá porque la embriaguez está reservada para la divinidad, como los cereales en el mito de Prometeo, prohibidos a los hombres. De significar esto, el mito del árbol prohibido vendría a significar una condena del chamanismo y una total subordinación del hombre a su Dios. Lo sacro así se independiza del todo de lo profano, así sólo a Dios están reservados los trances y ebriedades, los holocaustos de reses o corderos, o de hombres para que las llamas expíen su alma y Dios se embriague perdonando el pecado.

Los ritos coactivos prefieren de la misma manera “drogas de rapto” a drogas de trance místico. Como el vino, que al beberlo, Dionisos rapta las pasiones y voluntades para encaminarlas a la orgía, al orgasmo como ritual. La prohibición del hongo por los ritos de comunión formal impide la comunión con el misterio de la naturaleza. Prefieren sin embargo la comunión con el propio purificador, el Mesías encarnado que rememora el consumo perdido de la manzana. Sin embargo la fe en un Dogma y los fríos suelos y paredes del Templo no son suficientes para aplacar los dolores que el hombre padece. Requerimos de una Helena, de una pharmaká, que nos suministre adormidera, para caer en júbilo y goce. O beber de cuando en cuando, y hacer libaciones a Dionisos. SI no nos entregáramos a un rito ya sea la fiesta sacra o el banquete ceremonial, la pesantez de la vida nos haría rebajarnos a la inmoralidad propia de las bestias. Recordemos en todo momento posible que en este encantamiento del mundo en el que cada roca forma parte de una sustancia divina, hemos de seguir el consejo del médico de Cos: “Conviene tomar baños calientes, dormir sobre algo blando, embriagarse una o dos veces de cuando en cuando, entregarse al coito allí donde se presente ocasión”. De la misma manera que sin embriaguez no hay mundo simbólico, sin lethos –olvido, como ya remarcaba Erasmo en su Elogio de la Locura, no puede haber vida sana. Si rito mistérico, sin remedio, el recuerdo se hace pesado como plomo, las palabras caen en el vacío, los hombres olvidan sus polis, sacrifican los corderos hasta quedarse sin comida, sin salud, impuros. Sirve ante todo la exhortación homérica sobre el banquete: “O bebes o te vas”.

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