Número 98, Opinión, Xavier Latorre
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Bezos Superstar

Por Xavier Latorre. Lunes, 26 de julio de 2021

¡Bienaventurados los muy, muy, muy, ricos, porque de ellos será el reino de los cielos! Esta visto que los millonarios siempre quieren guardar una cierta distancia con el vulgo, con la gente de a pie, con los que hacen malabares con una nómina cada día más exigua. Ahora, Jeff Bezos, el fundador  del colmado, del ultramarino y de los grandes almacenes más a mano de todo el globo terráqueo, se fabrica un  cohete y se va al espacio tan campante para mirar lo insignificantes que somos a sus ojos.

En la Edad Media ser rico consistía en que podías comerte un pollo y no morirte de hambre; luego, se inventaron los coches para dejarnos atrás a la mayoría; más tarde, algún mafioso ruso se compraba un apartamento en un piso alto de Benidorm para tenernos a sus pies todo el santo día; posteriormente, algunos se encaramaron a una gráfica del Íbex 35 para decirnos donde estaba el poder real; finalmente, los magnates del planeta han decidido subirse a las alturas, a la estratosfera o algo similar (qué no sé por dónde para), para sentirse superiores. Los poderosos siempre quieren mirarnos por encima del hombro. Bezos es el segundo rico que marca territorio espacial; unos días antes realizó un viaje, también en cohete, un tal Richard Branson al que también le sobran las libras esterlinas, los euros y los dólares.

Allí, en todo lo alto, se sienten ingrávidos, flotan sobre sus riquezas terrenales. Los magnates han decidido construirse unos cohetes para vernos pequeños: la Tierra se les ha quedado chiquita. Bezos domina el comercio minorista mundial. Es un potentado que quiere sentir cómo puede levantar el vuelo sobre unas hacendosas hormigas que no paran de comprarle cosas. El tipo no se corta ni un pelo: “Quiero agradecer a todos los empleados y clientes de Amazon porque habéis pagado todo esto”, ha dicho jocoso el ricachón. “En serio, a cada cliente de Amazon y cada empleado de Amazon, gracias desde el fondo de mi corazón”, ha repetido irónicamente.

Solo faltaría que se les calará el motor allá arriba, que tuvieran una avería grande y que cayeran, Dios no lo quiera, en la plantación de tomates de mi vecino. Adiós ensaladas de verano. Le salvaría, supongo, la jugosa indemnización que podría pedirle a cuenta del estropicio en el huerto. Puede también que Bezos decida como capricho construir un nuevo cohete a escondidas en Peñíscola, como si fuera una película de Berlanga, y para comer se pidiera la paella Calabuch (con ortigas de mar y espardenyes).

Ahora Bezos es ya el promotor del turismo espacial: las calas de Mallorca, los fiordos noruegos, las Comores, los volcanes de Costa Rica o la ascensión del Himalaya se han quedado para los mortales de todo a cien. Ahora, o tienes un cohete en la puerta de casa o no eres nadie.

—Cariño, voy al espacio diez minutos a tirar la basura y vuelvo para la cena.

— A ver si encuentras a otro rico y se os hace tarde hablando de vuestras cosas en la misma órbita. Te comerás los macarrones fríos.

Jesús de Nazaret estaba desfasado. Él pensaba que un rico no entraría en el reino de los cielos, decía que era más fácil pasar un camello a empellones por el ojo de la aguja de una costurera de barrio. El santo varón  no sabía que para ascender a los cielos no hacía falta resucitar ni pedir a unos ángeles que te remolcaran hacia arriba: bastaba tener dinero de sobra, a espuertas.

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