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Monadas, monises y monerías

Por Luis Sánchez. Domingo, 20 de junio de 2021

Luis Sánchez

Me sentía como un maldito y no sabía cómo hacerme daño, hasta que descubrí que la belleza es ese hilo de luz que te devuelve la humanidad, cuando la derrota se ha convertido en tu refugio. Unos minutos de silencio… Serenidad, contemplación, delicadeza… Respira hondo, aminora el ritmo del corazón… Mondo difficile!… Y, ahora, escuchemos Me cago en el amor (publicado en 2000), interpretado por Tonino Carotone. ¡Y me cago en la leche de bote!; si tuviera menos años y mejor voz, si supiera cantar y tocar la guitarra, me pondría de nombre artístico Honorato Panettone y aún podríamos formar un dúo musical y echar a rodar por este mundo inmundo, como lo llamaba Roland Topor. A propósito, no estaría nada mal ver la película El quimérico inquilino (1976), de Roman Polanski, basada en la novela homónima de Topor, publicada en 1964.

Hace unas semanas (15 de abril) vi por televisión (lo dijeron así, de pasada) que unos científicos españoles (del Instituto Salk, en la Jolla, Estados Unidos) que trabajan en China (¿algún control ético?) habían desarrollado 132 embriones de hombres-mono, para disponer –dijeron– de futuros órganos para trasplantes. Nuestro país, referente mundial en dicho campo, ha realizado campañas de sensibilización muy eficaces, y ese es el mejor camino (el de los humanos). En cambio, ahora… La vida misma queda convertida en un experimento; apasionante desafío: hablan los dioses del laboratorio: “Yo, Tarzán; tú, Chita”, y a la chita callando… Un día después, otra noticia inquietante: un mono al que le habían implantado un chip neuronal era capaz de mover mentalmente (la sola intención basta) las raquetas del videojuego para darle a la pelota y mantener una partida (cuando lo conseguía, era premiado con un sabroso zumo de plátano). Una cuestión crucial ineludible: si la tecnología nos permite correr más de la cuenta, ¿por qué no vamos a correr más? Y es que va todo tan rápido que el exceso de velocidad (¡un evidente peligro!), en vez de recibir una sanción, recibe una recompensa. ¡A ver quién llega antes y nos llevamos la gloria, el control y la pasta! Porque hoy en día, lo patentan todo (el negocio es el negocio). A ver, querido H.G. Wells, ¿qué piensas tú de esta competitividad neoliberal globalizada? Lo tienes claro, ¿verdad? Pues sabes qué te digo, que me voy a comer a tu salud un plátano, que es rico en potasio y es muy bueno para el corazón. ¡Ay, pobres monos! Y pobres árboles, pobres abejas, pobres cetáceos, pobres pájaros, pobre aire, pobre agua, pobre tierra y pobres pobres! Por cierto, dos días después de la primera noticia comentada, leo en Facebook (vía Tasio Urra Urbieta) una noticia del 14 de abril (firmada por Arantxa Herranz) que dice: “El gobierno de Taiwán ha decidido suspender el riego de tierras agrícolas para dar prioridad a las fábricas de chips, que tienen que emplear mucha agua para su producción”. Conviene añadir –para situarnos mejor– que la isla (antes, conocida como Formosa) atraviesa un desastroso periodo de sequía, el peor que se recuerda en los últimos 50 años. Bueno, pues ya tienes la respuesta a todos los dilemas, divinos o humanos: antes muerta que sencilla.

Dos asuntos selecciono de Wolfram Eilenberger (entrevista en El País, 11 de abril): a) las reflexiones sobre las grandes cuestiones existenciales deben aplicarse en el día a día cotidiano (como hicieron Simone Weil, Simone de Beauvoir, Hannah Arendt y Ayn Rand), y b) ¿cuál es mi relación con los otros seres humanos?, pregunta que está entre las más interesantes, subestimadas y casi olvidadas por la historia de la filosofía.

Volvamos a los monos. En la República Democrática del Congo (antiguo Zaire) viven los bonobos (pan panicus), también llamados chimpancés pigmeos. Fueron descubiertos en 1929 y con ellos compartimos el 98 % del ADN, así que están más cerca de nosotros que de los gorilas. Poseen una gran diferenciación facial (cada uno es diferente) y tienen conciencia de sí mismos. Lo más admirable son las relaciones tan ricas y complejas que mantienen entre ellos, y el predominio del sexo, sobre todo, como manera de resolver conflictos (en vez de pelearse, follan como locos: variedad y holgura). Son frugívoros, promiscuos, amables, amistosos con otros grupos, compasivos… ¡Buena gente, coño!, a la que deberíamos imitar, en vez de expulsarlos de su territorio y cazarlos para comer (están en peligro de extinción).

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