Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 98
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Piedras que pasan

Por Luis Sánchez. Domingo, 9 de mayo de 2021

Luis Sánchez

La vida se proyecta en blanco y negro; el color lo ponen los otros. Te cuentan la vida en forma de película: los monstruos hacen gala de un apetito voraz, nunca tienen suficiente, así que agachas la cabeza y te escondes en un rincón (los Ever Given y sus primos hermanos, los cruceros turísticos). Los años cumplidos me reafirman en la provisionalidad de cuanto nos rodea (en realidad, siempre fue así). Vivo en el único mundo que fui capaz de construir, porque cuando abrí los ojos aún no había mundo (por diversas razones, tengo la presión arterial por las nubes; para escribir necesito tensión, si estoy despreocupado no escribo). Somos aquí solo en la medida en que estamos pasando. Incluso la eternidad la presientes, de forma vaga, en la intensidad del instante y, luego, se desvanece como humo de un cigarrillo mal apagado. Es la conexión con todo cuanto existe lo que produce satisfacción, una serena luminosidad, una paz infinita; sentirte unido a todo, saber que formas parte de todo, porque no vives aislado: eres inseparable de lo que te rodea (calle, barrio, vecinos…), lo que no significa posesión, sino desprendimiento, liberación de lo que te impide (sea material o mental) llegar al otro. Crear vínculos, desarrollar relaciones, esa es la clave. Las películas de amor y fresas son para personas afortunadas (comprimidos recubiertos con película).

¡Qué ingratitud a la vida es negar lo que eres! Esa marca única, irrepetible; esa huella tuya hecha de otros hasta que se concretó en ti. Tiempo macerado por la experiencia histórica, así que no pidas nunca aquello que no mereces: lo que mereces te lo da el trabajo que realizas, y no el engaño con que te aprovechas del otro. No hay reyes ni esclavos, no hay derecho de sangre transmitido ni privilegio de clase social, tan solo aptitudes que aprovechar para beneficio de la comunidad (cuerpo orgánico). Una cosa es la esperanza y otra, el autoengaño; este es individual, aquella, colectiva. Espíritu crítico y unión de las fuerzas progresistas; no queda otra: la inercia y la pasividad conducen al hundimiento. Solo cuando te alejas del otro sientes el vacío; la proximidad te llena de vida. Esgrimes razones para seguir de pie; pero es tu paso firme lo que cambia la realidad. Miedo es el hilo oscuro que cose con amianto ignorancia y pobreza.

Teléfono de la Esperanza, Teléfono Dorado… Pedir ayuda… Escucha. No es fácil morir —me repito hasta la saciedad—, pero si hay que morir, que sea por una causa noble; eso es lo que salva una vida, lo que da sentido, lo que me gratifica (soy la muerte que preparo). ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú… Disponemos de 76 médicos de familia por cada 100.000 habitantes mientras que en la Unión Europea la cifra se eleva a 123. En la Seguridad Social, más allá de lo prosaico y de lo sublime, hay 6 psicólogos por cada 100.000 habitantes (muy por debajo de la ratio europea). Y de la población reclusa (Picassent), ni hablamos, ¿hm? Ahí vamos, ocultando, disimulando, disfrazando, avergonzándonos… y limpiando las heridas con agua del grifo y jabón Lagarto. La caridad que no desemboca en justicia, prolonga la penuria. ¡Por Dios! El Verbo: pordiosear. “No estamos locos, sabemos lo que queremos…”, que cantaba el grupo Ketama. El psicólogo (privado) cuesta una pasta que ni tienes ni te puedes permitir; conque échale cante, mi alma, que ya lo dice el refrán: quien canta, su mal espanta. Y de ahí nace el arte, del desgarro que provoca el sufrimiento; ahí vemos lo que es auténtico y lo que es una impostura, una pose, simple espectáculo. La voluntad de vivir ni espera ni guarda silencio. El quejido se organiza para conquistar la dignidad. ¡A ver, esas palmas, coño, que no se oyen!, ¡esa retranca, y esa guasa!

Y, ahora, vayamos a un libro exquisito: El infinito en un junco (2019), de Irene Vallejo:

“Tiene [Charlot] el descaro de ridiculizar a los ricachones, a los grandes empresarios, a los agentes de inmigración, a los engolados militares de la Primera Guerra Mundial o al mismísimo Hitler. De parecida calaña, las criaturas de Aristófanes intentan detener la guerra mediante una huelga sexual, ocupan la Asamblea ateniense para decretar la comunidad de bienes, se mofan de Sócrates o se proponen curarle la miopía al dios de la riqueza para que reparta mejor los patrimonios. (…) Tanto Aristófanes como Chaplin tuvieron problemas con la justicia”. Y lo dejo aquí, no sea que quien ahora llama a mi puerta sea también la justicia.

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