Número 98, Opinión, Óscar González
1 comentario

Eichmann en la banca

Por Óscar González. Jueves, 20 de mayo de 2021

Óscar González

Durante años habéis guardado silencio mientras vuestras empresas trataban cada vez peor a sus clientes, que se da la casualidad que somos todos. Mientras se aplicaban condiciones abusivas a quienes menos tenían y vuestros jefes robaban a nuestros (y vuestros) abuelos los ahorros de una vida con engaños y mentiras. Habéis sido ejecutores eficaces de órdenes que ni comprendíais, pero qué importaba eso si os ponía un puñado de euros más cerca de cumplir el objetivo que os recompensaría con ese jugoso bonus.

Habéis mirado por encima del hombro de manera sistemática a los más pobres y habéis aplaudido como títeres sin cerebro cuando vuestros jefes han despreciado a los clientes «poco rentables». Habéis cargado de comisiones a quien no llegaba a final de mes y se las habéis condonado todas a quien ingresaba cinco cifras. Habéis mandado a la gente al autoservicio en el cajero y habéis ocultado información relevante a personas que confiaban en vuestra honradez y vuestra lealtad.

Nos habéis explicado que la economía demanda que nos jubilemos a los setenta, mientras vosotros os retirabais a los cincuenta y cinco, sin más enfermedad profesional que un cinismo infinito y una inflamación injustificada del ego. Habéis recomendado plazos fijos y planes de pensiones, aunque con vuestra formación financiera teníais que saber que esos productos sirven para poco más que para perder dinero. Habéis sido cooperadores necesarios de las conductas predatorias espoleadas por vuestros directivos y vuestros jefes de zona, siempre en pos de ese tanto por cien adicional, de vuestra parte en las migajas del pastel.

Habéis disculpado, cuando no defendido, que familias enteras se fuesen a dormir a la calle por no poder pagar sus hipotecas y habéis mirado hacia otro lado cuando vuestros dueños especulaban con esos pisos manteniéndolos cerrados durante años para subirles el precio. Habéis llamado a vuestros clientes para recomendarles que pasaran sus créditos a tipos fijos cuando sabíais que la economía se contraía y que esos tipos iban a desplomarse. Eso, amigos, se llama engaño.

Nunca os ha importado el medio para que esos golosos cheques quincenales siguieran llegando, qué importaba si detrás estaba la sangre de un parado pintando una acera de rojo o las lágrimas de un abuelo que no podría disponer de los ahorros de su vida hasta pasados diez mil años. ¿Cuándo habéis sido solidarios si no había nada que ganar en ello? ¿Sabéis siquiera el significado de esa palabra?

Habéis callado como miserables cuando vuestras empresas achicaron los cajeros automáticos para que los nadies no pudieran dormir resguardados del frío. Habéis saltado por encima de ellos al llegar a trabajar por las mañanas a vuestras oficinas de diseño y los habéis mandado a la fría lluvia de noviembre, amenazándolos con la policía desde vuestros despachos calefactados.

Habéis sentido como éxitos propios los que solo beneficiaban a vuestros accionistas: una fusión, una reestructuración, mil millones más en beneficios… Erais la élite. Los dueños de España. Los que mandan de verdad, como algunos decíais entre risas en las pausas para el café. Os creíais lobos de Wall Street y no pasaríais siquiera la prueba para perros del sistema.

Os han utilizado y ahora se deshacen de vosotros. Hasta la familia Tattaglia tienen más honor que vuestras empresas, esas a las que habéis excusado en cada nuevo abuso y cada nuevo paso más allá de la línea que separa los negocios de la miseria moral.

Ahora os dais cuenta de que tampoco importasteis nunca. Que sois buhoneros glorificados escondidos detrás de un logotipo de diseño. La peor clase de traidor: el que no lo es por convicción, sino por cobardía. Y os toca enfrentaros a la cruda realidad: que habéis cambiado vuestra ética por un servilismo manso y vuestra integridad por una recompensa por objetivos. A nuestros abuelos por escalar un poco más arriba. Y lo habéis hecho todo por unas cuantas monedas de plata, aunque la culpa no os ha pesado como a Judas.

Porque vosotros erais la élite financiera. Los de la meritocracia, los alfas del mundo laboral. Los magos de las finanzas, más prestidigitadores que magos, consagrando vuestras vidas al ilusionismo: ese engaño que te hace mirar confiado hacia otro lado, mientras alguien que sabe más que tú te guinda el reloj y la cartera.

En 1963, la filósofa judía Hannah Arendt publicó Eichmann en Jerusalén, una obra en la que analizaba el juicio conducido unos meses atrás en Israel contra el nazi Adolf Eichmann, uno de los responsables de concebir la Solución Final para el exterminio de los judíos. Arendt explica en su obra que Eichmann, al contrario de lo que se podría esperar, estaba lejos de ser un monstruo cargado de odio ni un ser pura o filosóficamente malvado. En realidad, no se trataba más que de un burócrata, un tipo gris y no demasiado brillante que se había limitado a hacer cosas atroces “porque era su deber” y lo que tenía que hacer para poder seguir escalando dentro del aparato administrativo nazi. Arendt denominó a esto la banalidad del mal.

Su tesis se alinea con las conclusiones de los célebres experimentos sociales de Stanley Milgram y Phillip Zimbardo. El primero descubrió que el ser humano está inclinado a hacer sufrir a otro mientras pueda atribuir la responsabilidad por su conducta a una figura de autoridad, mientras que el segundo, el célebre Experimento de la cárcel de Standford, encontró que cualquiera puede terminar actuando como un auténtico cabrón si se le aplican los estímulos adecuados.

Volviendo a la banca, tal vez nunca habéis sido esencialmente malvados, sino tan solo unos mediocres que nunca pensaron en el daño que hacían. Como Eichmann, hicisteis lo que os mandaron porque pesaban más vuestras perspectivas de carrera y vuestros salarios jugosos que los engaños y mentiras con que recompensasteis a vuestros clientes. Porque como decía el doctor Ferreiro al capitán Vidal en El Laberinto del Fauno, obedecer por obedecer, así, sin pensarlo, eso solo lo hace gente como usted.

Porque, en el fondo, ni siquiera sois malvados: solo banales.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter

 

1 Kommentare

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *