Número 98
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De la guerra y la belleza

Por José Romero. Lunes, 17 de mayo de 2021

José Romero

Observemos cualquier fotografía de la Primera Guerra Mundial. Un campo devastado, ausente de ninguna expectativa para el futuro. Un soldado de un frente cualquiera camina por el irregular suelo. Nada de vida hay en derredor de él, devastación y pérdida nada más. A su lado una bayoneta verticalmente en el suelo húmedo clavada, la cual, un casco perteneciente a un soldado ya perecido sostiene. Camina el soldado por los campos muertos de la bellum omnium contra omnes, sediento y hambriento; en su corazón ausente de esperanza sólo hay espera para el fin de sus días. Es este soldado desosegado el hombre efímero pleno de terror, que intenta hacer perdurar lo que era breve ya de por sí. Mas en los campos ausentes de vida no hay terror, sino que al hombre le provoca terror y desasosiego su muerte y destrucción, su experiencia estética nos provoca pavor. El soldado, el único superviviente de un batallón entero, espera carente de toda esperanza de supervivencia la bomba última que lanzará sobre él el avión enemigo que vuela por los aires. Mas el soldado caminando por el yermo encuentra una pequeña flor, siendo ésta el sustrato de la vida perecida. Como Orfeo por el inframundo, esta flor le provoca lo mismo que la música de lira al soldado. El soldado gracias al hallazgo se convierte en un Orfeo, que detiene el terror del inframundo con su música de lira. Por un momento los colores de la flor en mitad del yermo actúan paralizando el tiempo, haciendo acto de olvido, como un abrazo dado a un hombre cuyo ser querido ha fallecido. No obstante la bomba caerá, y ésta arreglará el reloj paralizado dotando al soldado de un chute de pavor, “pero a fin de cuentas, sólo un minuto”, y el efímero hombre cayó, así también su experiencia estética.

¿No es sino la metáfora previa, una historia, que a pesar de historia, muestra cómo del terror nació la esperanza? ¿Cómo el hombre efímero, desosegado por su muerte, se entretiene con una sencilla flor? ¿Cómo es protegido por experiencias estéticas, bellas?

No parecía que le agradaran las flores ni los bellos árboles, simplemente deseaba salvarse. Mas cuando vio la flor de bellos colores se sintió como Orfeo, como un héroe, y como Eurídice, un rescatado. Pronto se dio cuenta de que en verdad la flor, por más guardiana que pareciera su belleza, ni le salvó ni estaba en su naturaleza hacerlo.

Como cualquier animal, el hombre vive en su estado de naturaleza en una guerra de todos contra todos, una carnicería en palabras de  De Maistre, ya lo dijo Hobbes, y ya pudimos nosotros observar el lado más belicoso del hombre en las dos guerras mundiales del pasado siglo. La misma guerra, produce en el hombre ansias de paz, ganas de huir del terror producido por la devastación. El sustrato de la vida en el yermo, esa flor que ha burlado la muerte, actúa como un signo, un brote de esperanza avivadora de ánimo para el soldado. Imaginemos pues ahora que el soldado no muere tras la bomba, de ser éste el caso, crecerán en él las ganas de encontrar más vestigios de belleza en su mundo. Se ha salvado y los vivos colores de la flor siguen intactos. La sensación de belleza ha sido para él un sentimiento de amparo, de refugio, incluso de calma. Mas poca es la calma provocada por la belleza cuando ésta no logra cambiar el páramo de la vastedad reventada por las bombas. A este signo acontecido hemos de ponerle nombre, quizás el más apropiado es belleza, pero el más concreto creo yo que es esperanza, siendo su opuesto páramo des-esperanza. El objeto anhelado por la esperanza está por llegar, se conforma el que espera por el camino con las migajas de lo esperado. Ya lo advertía Platón, nuestro mundo es sólo una copia de la idea, y en nuestra oscura caverna sólo vemos sombras. Las experiencias estéticas que tenemos nosotros los seres humanos no son absolutas, sino de un valor relativo a una “idea de”, a una palabra. Así, cualquier ornamento es bello en relación a la belleza, o cualquier acto es bueno en relación al bien. Mas estas palabras, estas esencias de lo que percibimos, a mi parecer, sólo son lo que esperamos que sean, son algo en lo que depositamos nuestra esperanza. El Ser Humano no se conforma con su estado de guerra, y es ahí en su inconformidad, cuando empieza a valorar su mundo según lo que desea, es el “más-menos” en lo cumplido con respecto de sus expectativas.

Antes del yermo, camina el soldado a través del campo de batalla con un éxtasis y furia provocados por el terror que le da su mundo. El desasosiego de la existencia y su efimeridad, esto es, su terror, le poseen dotándole de una rabia incesante contra la negatividad de su mundo. Éste piensa: o niego al enemigo y no venzo o éste me vencerá y negará a mí. El campo de batalla representa la des-esperanza, la brevedad del ser del soldado, en constante lucha por la supervivencia. Pero tan pronto como acaba el éxtasis y la sed de sangre en el soldado, empieza de nuevo el terror, y es precisamente ahí en el yermo donde la experiencia estética se vuelve bella pero al mismo tiempo atemorizante, se vuelve sublime, y no es por tanto todavía belleza. La pequeñez del ser es experimentada por el hombre cuando se ve alejado de todo refugio, y a su vez se siente sobrecogido por la escena del paisaje, que sin ser bello, aparenta y podría ser dotado sin problema de una música penetrante. Orfeo camina por el yermo, y para tranquilizarse toca la lira. Es la lira de Orfeo una música bella como podría ser el Vals de las Flores de Tchaikovsky, intentando batallar contra la música del yermo, el Orfeo de Ígor Stravinski. Démosle o no la razón a Nietzsche, mas queramos o no, la música de lira de Orfeo calma, tranquiliza, es bella. Orfeo es el hijo de Apolo, su música es apolínea, y cruza contra el coro dionisíaco del hombre extasiado en plena batalla en el inframundo. La flor vista en mitad de este páramo es sólo el principio, pues querrán ser deseadas más y más bellezas en el mundo. Pero a fin de cuentas, belleza es simplemente una palabra, una ilusión, un olvidar el campo de batalla. Y la sensación que procura la belleza es el olvidar nuestra condición efímera, es una guardiana que no salva ante el águila cazando ratones, es “como el náufrago en alta mar que se consume de sed estando rodeado de agua por todas partes”- Ernst Jünger.

El terror a la muerte, el terror a la “insoportable levedad del ser”, conduce a creer beatífico y bello, sobresaliente ante la ahora proclamada fealdad del mundo, a flores y paisajes. La búsqueda por la belleza nace de la contemplación de un objeto que nos provoca ausencia de terror, y a causa del miedo que le tenemos a nuestra desconsolada existencia, buscamos más ausencia de terror, dotando a la palabra belleza de un altar y un trono en lo alto de un templo. Es un culto a Apolo, y cada sensación que a él nos recuerda, a él pertenece. El hombre es distinto al animal, el animal no se pregunta por la belleza en el mundo, ni por el bien y el mal, ni por la verdad y la falsedad. El águila, el león y la serpiente siguen entretanto matando para comer, son animales y viven en la ley de la jungla. Mas el hombre, el hombre además contempla, y a veces ignora que un exceso de contemplación podrá matarle, como aquél que duerme frente al león, o el avestruz que esconde la cabeza bajo la tierra para no ver, “y no ser vista”.

El yermo es abandonado y la marcha hacia una lejana casa en el horizonte es comenzada. Allí en esa morada una familia acoge a nuestro protagonista el soldado, éste con gran sonrisa entra hacia el refugio donde comerá buenas comidas y calmará su sed. Ante el desasosiego del yermo, aquel hogar es visto por el combatiente como un objeto de gran belleza, ausente en gran medida de terror. Uno se siente seguro bajo una fina capa de madera, separada a apenas unos cuarenta centímetros del terror y los monstruos. Todo ello parece tan bello que nuestro soldado olvida de dónde viene. En lo bello se confía, uno se muestra desnudo ante la belleza. Mas al igual que en la otra posibilidad, una flor no era capaz de detener la bomba culminante de su vida. Los seres humanos, disfrazados de belleza, atontan al enemigo, para a traición aniquilarle por la espalda. La belleza en la naturaleza actúa también como aturdidor, o sino miremos a Medusa, cuya belleza aturdía y atontaba tanto a los hombres que los petrificaba. El soldado se siente seguro en esa morada, mas su seguridad es meramente ilusión, y no se hace a la idea de que sus anfitriones, bajo la máscara de belleza esconden apariencias de monstruos. De la misma manera que este hombre cree estar seguro, Nietzsche comparó la seguridad del principio de individuación con la de un hombre que en mitad del vasto océano, cree estar seguro por su barco de madera. El hombre podrá hacer consciente los monstruos ocultos tras las máscaras o bien seguir adelante en su ilusión, mas de lo que estoy seguro es de que por más belleza que se desee, los monstruos siempre llegan, pues nadie sale vivo de la vida. En la marcha hacia la belleza, en la huida del terror, hay una proclama por un paraíso en post a nuestro yermo. Donde, más allá del yermo en el horizonte, se imagina uno una sociedad donde todos los seres humanos son bellos, viven más de doscientos años y profesan el bien, donde no hay crímenes y no es necesario que sean perseguidos. Ya lo hicieron Tomás Moro y el Marqués de Sade con Utopía e Historia de Zamé respectivamente. Mas el mito, la voluntad de belleza es inalcanzada por su lejanía. La idea de belleza, la huida del yermo se nos queda muy lejos, y solamente podemos deleitarnos con las migajas de lo deseado. No obstante, no por ello hemos de abandonar la belleza, pues ésta procura cuanto menos hacer más agradable nuestra estancia en este páramo, envuelto de porqués y a fin de cuentas insatisfacciones. Satisfacer a esta especie, golosa por naturaleza, es un arduo trabajo, pero aunque ilusión, sería mejor que los muros de esta morada no cayeran, ya lo dijo Nietzsche: “Ese impulso hacia la construcción de metáforas, ese impulso fundamental del hombre del que no se puede prescindir ni un solo instante, pues si así se hiciese se prescindiría del hombre mismo”. El hombre mismo, el animal simbólico de Ernst Cassirer. El animal que posee una balanza en su interior, que mide sus experiencias estéticas según lo que quisiera que fueran. Mas el hombre, lo que condiciona a este animal para ser humano, es una máscara, bella o por lo menos imitadora de la belleza.

Este soldado descrito es el hombre mismo, con sus símbolos, que batalla por su supervivencia. Sus deseos: la belleza, el bien, la verdad o sus temores: la fealdad, el mal y la falsedad. El soldado prosigue su camino, buscando refugio ante la adversidad de la existencia. Hasta que el astro se hiele, y su muerte acabe con su experiencia.

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