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Patio de butacas

Por Luis Sánchez. Sábado, 24 de abril de 2021

Luis Sánchez

Me quedé prendado cuando escuché por primera vez Romance de Curro el Palmo, no en la versión original, de Joan Manuel Serrat, que es magnífica (la composición es suya), sino en la voz de Antonio Vega, un gigante en constante duelo. Algo similar me ocurrió cuando descubrí la canción Frío, o Llévame hasta el mar, de Manolo Tena. Y sin poderlo remediar, tiendo a emparentar a estos dos grandes músicos que ya no rulan entre nosotros. Cuando pienso en el primero, al poco, me viene el segundo a la memoria, y viceversa. Tal vez porque en ambos nos encontramos con la fragilidad, la nobleza, la extremada sensibilidad artística, la inseguridad, la atracción por el abismo, la delicadeza, la adicción a las drogas… y, ya hacia el final de la respiración, ese cansancio cadavérico. Hace no muchos años escuché unas declaraciones de Manolo Tena en una entrevista por televisión: “Yo quería ser feliz; pero confundí las drogas con la revolución y el antifranquismo con emborracharse”. Y esa tierna ingenuidad me llegó al alma, porque, en ocasiones, uno puede perderse o dejarse llevar con una facilidad de vértigo (la herida del desvalido convierte el placer en adicción). Te hundes y sales, te hundes y sales, una y otra vez, hasta que te quedas sin fuelle… en un rincón cualquiera. Sin inocencia no hay vida, lo malo es cuando el horizonte se cierra como una cremallera. El vicio nace cuando aprendes a hacerte daño.

No, no es lo mismo el individualismo que el anarquismo. No es lo mismo la rebeldía contra los padres que la revolución social. Y no es lo mismo el deseo de destacar que la necesidad de existir. La afirmación del ser, para ser fructífera, debe ser plural y resonar en la comunidad; de lo contrario, no vale. Del mismo modo que no es igual un privilegio que un derecho. Una cosa es el yo y otra, el nosotros; y el nosotros nos lleva ventaja: apareció antes, por eso es más necesario para la especie. Y en un periodo de peligro, como el actual, de pandemia, resulta evidente la importancia del nosotros. No es lo mismo el botellón juvenil que el ejercicio de la libertad, pues esta depende de la cultura que tengas y no del consumo que hagas. Y nadie mejor que el Estado (el sector público) para representar el nosotros, frente a la empresa (el sector privado), que representa el interés particular, es decir, el yo.

Vayamos, ahora, a las provocadoras palabras de otra extraordinaria artista, Angélica Liddell, autora, directora e intérprete teatral, a propósito del yo (entrevista de El País, sábado 13 de marzo de 2021):

P. Afirma que tiene la hostilidad de la familia teatral española desde hace 30 años, ¿por qué?

R. Es una antipatía mutua. Ya nos hemos hecho viejos así. Me produce risa. Por otra parte, yo no soy de familias, soy una descastada. El teatro para mí es como estar dentro de un cuerpo que no me pertenece. Detesto a los actores y su mundo, me da fatiga el artisteo, ese lodazal de egos, ansias de destacar y de ser especiales. Los actores son ruidosos, tontos. A [Samuel] Beckett tampoco le gustaban. Esto creo que ha sido fundamental en el desencuentro, pero no deja de ser una rencilla de patio de butacas o de vecinos, de corrillo cervecero. Es una pena que sea todo tan cutre, porque las disputas estéticas deberían solucionarse a tiros, como hicieron Rimbaud y Verlaine.

¡Fantástico! ¡Qué bocanada de aire fresco!, ¡qué par de bofetones en los morros!, pese a la mascarilla, o tal vez, por ello mismo, porque muchas veces lo que parece que llevamos puesto es un bozal: callamos, apartamos la mirada, fingimos no haber oído, disimulamos, sí, evitamos comprometernos y, finalmente, permitimos que se imponga la mediocridad, la estupidez y la hipocresía.

¡Atención, señoras y señores, continúa el espectáculo! Una red protectora cubre el cielo, para evitar que las estrellas al caer te hieran de vidrio los ojos. Y el mar, empañado de aliento, recoge tus penas en copos de nieve.

Eres lo que no quieres, en lucha con lo que crees que eres, disimulando tras el reflejo que llega de ti cuando sueñas. Y eres, sin ir más lejos, la humanidad que te niegas, la belleza que rechazas, la sonrisa que se te escapa.

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