Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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La vida líquida

Por Lidia Sanchis /Ilustración: L’Avi. Viernes, 23 de abril de 2021

@lidia_sanchis

Tolstói se equivocaba. Lo que de verdad diferencia a una familia de otra no es su manera de ser infeliz en la vida sino su decisión de conservar o de desprenderse de los cachivaches que ha ido acumulando a lo largo de los años. Mientras que algunos clanes van por el mundo como escarabajos Sísifo, otros lo hacen ligeros de equipaje, casi desnudos, como los hijos de la mar.

Esta certeza se me ha manifestado con toda su crudeza porque he extraviado unas viejas cuartillas donde mi abuela Lola (en medio de todo, siempre está ella) anotaba mis progresos desde el día en que nací. Cuál fue la primera palabra que pronuncié, cómo me gustaba que me hicieran arrumacos, o quiénes eran mis padrinos. La madre de mi padre tenía una necesidad casi enfermiza de anotarlo todo para que nada se olvide, y yo me reconozco en eso. Conservo papelitos donde alguien que me importaba escribió su número de teléfono y las señas de su casa, hace ya tantos años. Fue aquella tarde en el pub Cream donde escribí un texto sobre la palabra ‘muslo’ mientras Gabinete Caligari cantaba que había cuatro rosas en mi honor.

Custodio cartas de hombres que decían que me querían y que, sin embargo, me hirieron profundamente. Conservo billetes de bonobús y de trenes que ya no circulan, con una fecha garabateada a bolígrafo en el anverso; entradas de cine y de conciertos a los cuales no recuerdo haber asistido.

Y un paquete casi entero de Gitanes, aunque yo siempre fumé rubio.

Y una rosa disecada en un diccionario de griego.

Y un kiko que Jose me lanzó desde la ventana de su habitación cuando yo pasaba por debajo, una de tantas veces que sus padres lo castigaron sin salir para evitar que nos encontráramos (el amor adolescente siempre ha tenido sus enemigos). Sus ojos verdes y su mirada también me acompañan desde aquella tarde.

Atesoro viejas fotografías desdibujadas (qué mala calidad tenían algunas marcas de carretes). Mantengo en mi armario un vestido que ya no me cabe y un amor en el que nunca cupe. Boletines de calificaciones escolares. Trabajos de mi época de estudiante, míos y de otros. Botones e hilos.  Cajitas y conchas. Piedras del río y del mar. Dibujos. Posavasos. Flyers. Revistas. Recortes de periódicos. Cintas de casete. Porque una vez que poseo algo es para siempre, sea la cosa poseída el retrato color sepia de un pariente lejano o el alma atormentada de un amante: si han llegado hasta aquí, es para quedarse.

Acumulo esas bagatelas como quien guarda un tesoro. Periódicamente me acuerdo de alguna de esas cosas y necesito localizarla de inmediato. Así que empiezo a abrir cajas y cajones, a inspeccionar estantes y altillos. He llegado a levantarme en plena noche a buscarlo, si el recuerdo de ese tesoro me llega cuando ya estoy acostada. O a regresar anticipadamente de alguna cita, si me viene a la cabeza alguno de esos objetos y no consigo descifrar en qué lugar de la casa lo almacené, junto a otras tantas cosas tan inútiles como la que en ese momento no puedo encontrar.

Adoro conservar y husmear en mis viejos libros, aunque estos estén deshechos por la humedad, aunque les falten unas páginas o la portada, porque para mí todo lo viejo tiene valor y lo nuevo es sospechoso y hay que ponerlo en cuarentena.

Prefiero las casas antiguas, cuando no directamente destartaladas. Los pueblos sencillos, inalterables, y no las trepidantes ciudades.

Supongo que esta forma de ser es herencia de mi abuela; pero no de mi madre, a quien siempre le ha molestado todo aquello que ocupa espacio. Ella ha requerido de andar por la vida ligera, abriéndose camino sin más peso del que le ha tocado en suerte soportar. Creo que ese sentimentalismo que acarreamos algunas de sus hijas la pone enferma. Es una mujer práctica. Y eso la ha salvado, como a tantas de su generación, espoleadas por una realidad de bordes afilados y sin concesiones al romanticismo.

Así que imagino que lo que ha ocurrido es que, sin querer, un día de los que a mi progenitora le dio por ordenar y vaciar estanterías, las amarillentas cuartillas donde mi abuela escribió las proezas de su primera nieta acabaron ardiendo en la chimenea junto a recibos de bancos que ya no existen y facturas de hace más de 30 años. Porque en mi familia conviven ambas tendencias, la conservadora y la renovadora. Y en ese juego de fuerzas nos hemos criado sus vástagos.

Cuando he pensado en lo que probablemente ha sucedido con los escritos de mi abuela, he sentido vértigo: una de las piezas de mi equilibrio (el paquete de Gitanes; el anillo labrado con oro de tres colores; las cartas, aún sin código postal, de él; la desmembrada Antolojía de Juan Ramón, edición de Vicente Gaos, de Cátedra) ha desaparecido.  Entonces, de entre esos despojos retornados por el mar que son mi conciencia hay un hueco que no se puede llenar con nada. No existe recambio para esas letras vacilantes, de poca escuela y mucho empeño, que mi abuela Lola escribió en un trozo de papel para que nada se olvide. Me siento como si un loco hubiera rajado un ‘caravaggio’ con un cúter.

Pero después he pensado en cómo se puede sentir pánico por la pérdida de algo que vive dentro de ti y que forma parte del limo pegajoso y secreto de la vida. En la oscuridad de las cavidades cerebrales existe una niña preparada para arrastrar los restos de un naufragio. Y para naufragar. Que, sí, quizá no tiene quien le escriba. Y que no le hace ninguna falta porque ya está hecho. Pero, ¿armados de qué fruslerías se adentrarán los jóvenes en la vida líquida que les ha tocado vivir?

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L'Avi

@AviNinotaire

 

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