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El escaparate, punto de mira

Por Luis Sánchez. Domingo, 13 de marzo de 2021

Luis Sánchez

Cuando Miguel Hernández bajaba del frente de batalla, de arengar a los soldados republicanos, y se encontraba a compañeros suyos, Rafael Alberti, sin ir más lejos, con el mono de trabajo azul, planchadito y con aire regalado, era natural que se enervara; algunas veces, ni podía dormir por el ruido de la música, del baile o de la bullanga. En una de esas (era febrero de 1939, y un mes después caería Madrid), en la Alianza de Intelectuales Antifascistas, Miguel —que no tenía pelos en la lengua— le soltó a Alberti la consabida frase: “Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta”. Este le desafió a pronunciarla en voz alta y Miguel, ni corto ni perezoso, la escribió con grandes caracteres en una pizarra. María Teresa León, escritora, esposa de Alberti y organizadora de la actividad, al sentirse aludida, fue a buscarlo y le sacudió una solemne bofetada (parece ser que lo derribó). A partir de entonces, las relaciones con el poeta oriolano se enturbiaron todavía más.

Un inciso reprobatorio: ante el nulo interés demostrado por el Partido Popular de Elche (localidad que en coche está a 25 minutos de Orihuela), en 2012 el legado de Miguel Hernández —¡un comunista, Santo Dios!— fue trasladado a Quesada, pueblo jienense de donde era Josefina Manresa, esposa del poeta.

Muchas afrentas, tropiezos y bofetones después llegamos al momento actual. Y al entrar en una tienda virtual de la conocidísima y prestigiosa marca Ralph Lauren, nos topamos con lo último de lo último en moda de calle: un mono de trabajo, de color azul y con gotas blancas de pintura que antes costaba 690 euros de nada; pero que ahora solo cuesta —presta mucha atención— 483 euritos de pelusa. ¡Aprovecha, tontaina!, parece estar gritándonos, brocha en mano, tan seductora publicidad. Y es que el tío Ralph, judío neoyorquino forrado de monises hasta la médula, no tiene un pelo de tonto. Veamos: el mono auténtico, rozado, sucio, con sudor del obrero (que es, no lo olvidemos, quien genera las plusvalías), no vale dos puñetas; sin embargo, la prenda que lo suplanta y lo imita, sí, eso ya es otra cosa, ¡es una creación, es un fetiche! No respetan nada: a todo le ponen precio.

La genial osadía no es nueva. Los diseñadores de ropa ya llevan tiempo vendiendo prendas que coquetean con la pobreza (los vaqueros desgarrados son un claro ejemplo), lo que indica que el mundo gira al revés, o sea, que no va bien, porque cuando un pijo se viste de tal modo que aparenta ser pobre (¡la moda se ha vuelto canalla!), está ofendiendo a la clase trabajadora; aunque alegue que solo es una inocente simulación, un juego divertido, una interpretación actoral, la acción es pública, notoria y ocurre en un escenario real. Y, ahora, en vista de la nula respuesta que ha provocado en los sindicatos, la pregunta del millón: ¿aún existe la clase trabajadora?, ¿la conciencia de clase?, ¿el orgullo obrero?, porque resulta que muchos asalariados lucen, orgullosos, imitaciones de conocidas marcas (Lacoste, Ray-Ban, Gucci, Dior, Louis Vuitton…) y fingen ser personas pudientes (o al menos, disimulan como pueden sus privaciones y necesidades); parece que no quieren enterarse, que no quieren saber de la explotación laboral, de la lucha de clases, del descalabro medioambiental; ellos también prefieren aparentar antes que ser, huir de la realidad (refugiarse en el escapa-rate).

Hace cuarenta años —lo recuerdo con todo detalle, porque, en aquella época, un familiar cercano montó una boutique—, la confección ya gozaba de un margen de ganancia altísimo (¡e1 cien por cien!); pero desde que se puso de moda eso de trasladar la fábrica a una zona deprimida del planeta y pagar a los empleados (niños, muchas veces) una puñeta, el beneficio se disparó abusivamente.

El mono de faena no es solo la prenda que mejor identifica al obrero (albañil, pintor, mecánico…), fue, también, el uniforme de los milicianos republicanos en el frente de batalla, el modesto uniforme de aquellos hombres que defendieron la democracia y lucharon contra el fascismo. De hecho, El Mono Azul fue una revista publicada en el bando republicano, durante la Guerra Civil (1936-39), y editada por la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura, que tomó el nombre de dicha prenda, y cuyo objetivo no era otro que concienciar a los soldados de la vital importancia de su misión.

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