Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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De la buena memoria

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Miércoles, 31 de marzo de 2021

@lidia_sanchis

¿Quiénes de nosotros seríamos capaces de reconocer un membrillero en un campo plagado de frutales? Sus yemas revientan cada primavera en una flor –tan parecida a la del manzano y a la del peral– de cinco pétalos blancos o rosados, que después se transformarán en un fruto amarillo que un labrador recogerá cuando llegue el otoño. Será octubre y su aroma impregnará armarios y baúles, y su carne desgajada y machacada, hecha papilla y mezclada con azúcar se transformará en un dulce. En las papilas gustativas de la infancia permanece, indeleble, el sabor de las meriendas a base de queso y membrillo.

Quizá no está el recuerdo pero queda la memoria, aunque esta se halle sepultada bajo el peso de los años y de las vivencias que se van superponiendo encima de los cuerpos como mantas viejas. Pero el día llegará. Será el regusto a limón de una magdalena o el aroma de laurel de un perfume o de un cocido. Y allí estará todo, tan delicado y tan frágil como el tesoro de una tumba egipcia acabada de profanar.

Una se acordará, por ejemplo, del momento exacto de la muerte de Cecilia. Se verá a sí misma una tórrida jornada de agosto, observando unos dompedros a punto de abrirse porque ya está atardeciendo. Cecilia, qué Cecilia. Y repasará mentalmente el nombre de las niñas de la urbanización. Y seguirá con las que conoce del pueblo. Y no será ninguna de ellas. Regresará a casa y alguien le explicará que es la cantante quien ha muerto en un accidente de tráfico. Darán la noticia en el telediario de la noche. Y le vendrá al pensamiento entonces una canción que tararea su madre o su tía o que ha escuchado en la radio. Y sentirá pena por una muerte tan a deshora.

Toda la memoria está en el pueblo, y cada uno de nosotros tiene uno donde quedó depositada. Tal vez esté en la montaña o en la orilla de la playa. O tal vez solo sea una habitación de un quinto piso en las afueras adonde se llega después de subir en un autobús y dejar atrás los edificios altos y las calles enceradas hasta llegar al extrarradio de persianas verdes y ropa tendida en el balcón. Tal vez algunos tengan el pueblo incardinado en una barriada maloliente de la ciudad. Pero lo tienen. Igual que tienen memoria, aunque esté dormida.

En esas viviendas de los pueblos viven viejos que pasaron hambre por culpa de la guerra y que hoy la pasan por culpa del médico. Son ellos quienes conservan la receta del dulce de membrillo, aunque ahora les esté prohibido; son ellos quienes guardan en sus manos el legado de una vida fragante.

Hacía frío en las casas, pero había flores en los balcones.  Y campos sembrados de membrilleros, con cuyo fruto las mujeres perfumaban armarios y baúles y con cuya carne daban de merendar a sus hijos.

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L'Avi

@AviNinotaire

 

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