Humor Gráfico, Luis Sánchez
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Por Luis Sánchez. Domingo, 28 de febrero de 2021

Luis Sánchez

“No tengo hijos, tengo lectores (y con un par, sería suficiente; no me gustan las familias numerosas)”, Albert Funk.

Cuando acabó el acto de presentación, me levanté y, después de un buen rato, pude hacerme un hueco entre los asistentes que se agolpaban en torno a él, me acerqué cuanto puede y le solté a bocajarro, como si fuera un proyectil herido:

—¿Y por qué un par de lectores…?

Sin darme tiempo a terminar la frase y sin ni siquiera volverse hacia mí (eso me molestó, la verdad), me sacudió con la velocidad de un látigo:

—Dos: uno para la vida y otro para la muerte. Si muere uno, queda el otro.

Todavía hoy sigo dándole vueltas a su rotunda y precisa respuesta, que me dejó helado y sin defensas. De haber podido, le hubiera agarrado por las solapas de la chaqueta y le hubiera gritado: ¿Con un par de lectores sería suficiente! ¡Eso lo dice usted porque tiene miles de lectores!, ¡porque es famoso; de lo contrario, no hablaría de ese modo! Claro, que él podría muy bien haberme contestado: “Yo escribo historias, no compro lectores”. E incluso haber añadido, el muy cabrón: “Voy a contarlo. Si tiene éxito, mejor; pero si no lo tiene, con un par de lectores, suficiente”. Y yo, entonces, hubiera rematado, diciéndole: Es usted un engreído, señor Funk, ¿tan seguro se siente de sí mismo? Y sin darle la oportunidad de responderme le hubiera dado la espalda y me hubiera marchado de allí con paso firme. Por fortuna —ahora lo valoro de manera diferente—, las circunstancias impidieron que mi inexperiencia y juventud se desbocaran en público.

Una vida, un mundo, una mirada personal, una actitud… y una resma de 80 gramos para contar los segundos que aún te quedan… Si hoy Albert Funk levantara el testero y viera la cantidad de cretinos que van por la vida de escritores y la cantidad de escritores que por una golosina hacen el payaso, se volvería a meter una bala entre página y página… para que los puntos suspensivos rodaran hasta hacer carambola, porque es seguro que Dios juega a los dardos.

Silencio, que la luz no devore la penumbra; poco más. Hay escritores que prefieren el olor de un cenicero antes que el perfume de un mostrador. No hay propina. J. D. Salinger, John le Carré, Patricia Highsmith, Rafael Sánchez Ferlosio, Rafael Chirbes… Preservar la íntima soledad para no fallecer de contagiosa estupidez.

Los que amamos la vida con desamparo, morimos no una vez, sino varias; y la definitiva nos puede pillar, incluso, meciendo un tiempo malsano. Sin embargo, algo puede aprenderse: a templar el ánimo y a poner rostro amable. Aptitud literaria, disciplina y coraje, puesto que las principales batallas se libran contra los propios demonios.

Cada vuelta es un repaso a la memoria, un ir y venir, jamás idéntico; esto vale igual para luciérnagas que para delfines, para electrones que para planetas. Y en una de esas, y de otra, y de otra más, millones de rollos de papel higiénico van trazando una cinta de plata entre Júpiter y Saturno, idilio astronómico donde los haya.

Y, entre tanta confusión reinante (así en la tierra como en el cielo), nos preguntamos más allá del utilitarismo y del entretenimiento: ¿qué pinta un escritor en la sociedad actual?, ¿cuál es el papel del escritor? Respira hondo, compadre, que acabas de estrenar mascarilla FFP2 y patinete eléctrico.

Hace unos días, pillé casi al vuelo unas palabras mínimas de Eduardo Galeano; el escritor uruguayo venía a decir algo así como: Me repatea que con frecuencia me presenten diciendo “el distinguido intelectual”, porque yo no soy un intelectual, el intelectual separa la cabeza del cuerpo, trabaja solo con el intelecto… ¡Qué cabrón!, pensé, ¡qué claro lo tiene! Y a continuación me dije: “pienso, luego existo”. Y, sin pretenderlo remediar, se me escapó una filosófica risotada, con vientecillo sureño incluido, que duró desde el siglo V a. de C. hasta el cibernético siglo XXI.

A carne y hueso se eleva hoy el alma, para no caer mañana en el olvido.

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