Número 98, Opinión, Óscar González
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Pablo Hasel y el derecho a decir sandeces

Por Óscar González. Martes, de 9 febrero de 2021

Óscar González

Hay algo que no le perdonaré jamás al Partido Popular: que introdujese la apología del terrorismo en el Código Penal. No solo porque crea que el artículo 578 es una aberración anacrónica y retrógrada que ha hecho de nuestra (ya paupérrima) democracia algo mucho peor, sino, y sobre todo, porque me obliga a tener que defender públicamente a personajes como este tipo.

Si Pablo Hasel fuese de derechas militaría en Vox, estoy seguro. Su tesis política tiene el mismo calado que la de los Abascal´s Boys y ambas están impregnadas de ese romanticismo estéril que se declara antisistema para encender a aquellos cuyas mentes no han cumplido aún la edad para votar. Como sus equivalentes de ultraderecha, ha convertido la provocación en el eje central de su discurso. Habla de “la lucha” en abstracto, que viene siendo para él lo que “España” es para un facha: una cosa sobre la que se puede hablar y cantar durante horas sin que sirva para nada en absoluto, excepto quizá para extraer de entre la turba a los puros de corazón.

Pablo Hasel representa la versión más inútil de lo que es ser de izquierdas. La enésima demostración de que la ideología es esférica y cuando uno se va mucho a la izquierda (pero mucho) acaba reapareciendo por la derecha. No estoy seguro de que esta tesis se cumpla también en dirección contraria, la verdad.

Este autoproclamado guardián de las esencias del socialismo, se sirve de la fama que le ha granjeado la estúpida persecución a la que ha sido sometido para repartir carnets de pureza revolucionaria. En su discurso divide el mundo entre los buenos (los cuatro que comparten sus recetas simplistas) y los malos, que somos todos los que creemos que los problemas del país requieren soluciones un poquito más complejas que sacar la lupara. Es Jiménez Losantos, pero con menos ingenio, menos vocabulario y, eso sí, las mismas frustraciones. También es más alto.

Con una fama construida a base de polémica, el exabrupto ha sido su única pose política desde que se hiciera conocido con aquella aberración musical y atentado contra el buen gusto que fue “Muerte a los Borbones”. A partir de ahí, la lista de estupideces que han salido por esa boca se parece demasiado a la caricatura que cualquier ultraderechista haría de una persona de izquierda. En esa canción, sin embargo, decía verdades como puños que el tiempo ha acabado demostrando ciertas. Al César, lo que es del César.

Lo irónico es que no estaríamos hablando de este personaje de no haber sido por la persecución a que ha sido sometido, recordemos, por cantar. Igual que Valtonyc o los de La Insurgencia, cuyos versos pasaban sin gloria alguna y con toda la pena hasta que la Audiencia Nacional decidió intentar ser ejemplarizante y enterró con ello los pocos visos de legitimidad que alguna vez pudiera haber tenido.

Pero si ser un iluminado fuera delito en España se nos iban a quedar pequeñas las cárceles para tanto preso. Así que, aunque solo sea para no tener que mantenerlo, tocará reivindicar una vez más la derogación del 578 CP y la libertad para Pablo Hasel, por mucho que a él la idea de convertirse en mártir le haga bastante ilusión. “Caer luchando” por su causa, por cierto, no es diferente a hacerlo “por España”. Hasta en eso se parece a lo que dice despreciar.

Hace apenas unas horas, el Ministerio de Justicia ha anunciado que se modificará el tratamiento normativo de la libertad de expresión para que casos como este no vuelvan a ocurrir. De llevarse adelante, Hasel sería el último en pasar por la cárcel bajo dicha normativa, y eso significa que le faltará tiempo para intentar vender que fue por su lucha, igual que le faltó tiempo para culparnos a todos porque “al final no hubo suficiente solidaridad (para evitar que tuviese que entrar en la cárcel)”.

Seguro que ya está pensando en el libro que va a escribir y en el ejemplo revolucionario que va a ser. Por eso, incluso más que por justicia, es imperativo que el gobierno le dé un indulto. Si ahora no hay dios que lo aguante, imagínense cuando salga.

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