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De tiburones y ballenas

Por Luis Sánchez. Domingo, 14 de febrero de 2021

Luis Sánchez

El viernes 11 de diciembre del pasado año, el sorteo del Euromillón acumulaba un bote de 200 millones de euros (en isabelina jerga castiza, 2 zendales), un hecho histórico, y tan cerquita que estaba de la Navidad y de su bondadoso brillo dorado… Desconozco el ansiado resultado, que, la verdad, me importa un pedo arrabalero. A lo que vamos: dicho sorteo significa que a una sola persona le puede tocar esa barbaridad de dinero. No 2, ni 20, sino 200 millones. ¿Y para qué tanto?, ¿acaso te lo vas a poder gastar, so cretino?, ¿por qué no se limita la cantidad a ganar?, ¿por qué debe haber una sola combinación ganadora para semejante fortuna?, ¿por qué ese monstruoso premio no se reparte entre más ganadores?, ¿por qué solo un ganador y no diez o veinte? Veinte ganadores se llevarían diez millones cada uno, montante que no está nada mal (la lotería nacional, por ejemplo, es más democrática, reparte más premios). ¡No, no y no! Imposible; uno solo: hemos de rendir tributo a la figura del altivo, del excluyente, del divino. Es todo o nada: máximo poder, masculinidad en grado sumo. La suerte solo debe premiar (o salvar) a uno; la fortuna debe ser individual (no grupal). Y nada de obtener una ayuda, una gratificación, nada de tapar agujeros; lo queremos todo, un pastón, queremos el pelotazo. Ya no basta con hacerse rico, hay que hacerse millonario, ¡qué digo, multimillonario! Esta es la lógica perversa de la acumulación de capital: la pirámide del faraón. ¿Por qué no es delito que una persona se lleve un pastizal cuando no lo necesita y, en cambio, metan a otra en la cárcel por robar una gallina para llevársela al buche? El azar, el capricho, las ordalías, el juicio de Dios… Y el triunfo de lo irracional. El sorteo del Euromillón desvela mejor que nada el goloso corazón de la Unión Europea. El neófito afortunado dilapidará su premio en un tiempo récord.

Tras la furia de la tempestad, una galera buscaba desesperadamente puerto donde atracar; la mitad de la tripulación había fallecido, la otra mitad, malherida, apenas podía con sus remos impulsar la nave. Como quedaban víveres y agua para pocos días, se tuvo que imponer el racionamiento. Sin embargo, uno de los hombres, ¿cuál de ellos!, no pudo —o no quiso— someterse a férrea disciplina y bebió más de lo que el mar le autorizaba. Recaía la sospecha sobre un remero de nariz picuda y pendiente de ballena; aunque este lo negaba rotundamente y, a decir verdad, tampoco había prueba que lo delatara. El resto de la tripulación andaba muy agitada y con ganas de acabar pronto con situación tan vil, conque el capitán, para evitar males mayores, hubo de tomar una grave decisión, y prefirió que fuese Dios quien juzgara al marino sentenciado. Aquel infeliz fue arrojado al mar: si salvaba la vida, era inocente; si lo devoraban los tiburones, era culpable; en cualquier caso, el alma la guarda Dios. Así eran las ordalías, o juicio de Dios, en la Edad Media.

Un bote (erróneamente llamado cayuco o patera), con 65 inmigrantes subsaharianos va a la deriva y, por no tener, no tienen ni agua para beber. ¿Qué hacemos: los abordamos, para ver si se hunden, o tratamos de rescatar al mayor número de ellos? Mejor: los abandonamos a la buena de Dios.

Y pensar que en nuestro confortable mundo hay personas que se ahogan en un simple vaso de agua; ¿agua mineral o agua bendita? A propósito, desde el mismo diciembre del histórico bote del Euromillón, el agua —más bien, el derecho de uso— cotiza en el mercado de futuros de Wall Street, como sucede con el petróleo o con el oro. Hace muy pocos años, la compañía suiza Nestlé (líder mundial en alimentación y bebidas) ya lo intentó (menudo tiburón); ahora, por fin, es una realidad. El agua, un bien común de dominio público, genera —mano oculta, mano divina— un título que se convierte en activo financiero. Otro derecho humano que, por obra y gracia, se transforma en mercancía.

En vista de la agresividad que exhibe el capital (otro ejemplo: los bancos imponen más comisiones, y cada vez, más asfixiantes para los clientes menos favorecidos) y del imparable cambio climático que ya empezamos a padecer, no sería de extrañar que, dentro de nada, nos cobraran por respirar. El bono de oxígeno será tan natural como el agua que bebamos.

Abriendo el diafragma, cerrando el diafragma… Y tragando quina, ¡oiga!

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