Artsenal, Humor Gráfico, Número 98, Opinión, Óscar González
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Confesiones de un izquierdista desencantado

Por Óscar González. Domingo, 28 de febrero de 2021

Óscar González

No me gusta ver arder contenedores, pero me gusta aún menos ver a chavales de 20 años que sé que no tienen futuro. No creo que Hasel o Valtonyc deban ir a la cárcel, aunque me parezcan dos mediocres que hacen música de mierda. Creo que la monarquía, en particular la borbónica, es un cáncer que deberíamos extirparnos lo antes posible, pero también que ninguna canción va a ser quimioterapia.

Creo en el derecho de autodeterminación de todos los pueblos del mundo, pero el nacionalismo me parece una ideología reaccionaria que sirve para tapar vergüenzas con banderas y exaltar ideas de difícil maridaje con las de eso que llamamos «la izquierda». Creo, por extensión, que esta última ha de ser forzosamente internacionalista.

Considero que el socialismo es lo único que puede salvar a la humanidad de sí misma, pero me batiría en duelo con cualquiera que me diga que Stalin era el modelo a seguir. Amo a los animales desde que tengo uso de razón, pero me hacen sonreír con condescendencia los que dicen que son nuestros iguales y que no saben si salvarían antes a un humano en caso de vida o muerte.

Valoro Podemos como la sombra pálida y socialdemócrata de lo que una vez quiso ser, pero también sé que es la menos mala de las alternativas políticas actuales. Me preocupa que Vox encuentre alguna vez unos líderes que no sean indigentes mentales, porque el odio prende rápido y es peligroso cuando los problemas se acumulan. Si se buscan chivos expiatorios, suelen aparecer con facilidad.

Veo absurdo cuestionar que las personas trans sufren un estigma evidente para el que debemos encontrar soluciones como sociedad, pero tengo profundas dudas sobre aplicar procedimientos de reasignación a menores de edad. Entiendo que nuestras sociedades son profundamente patriarcales y todavía están lastradas por el machismo, pero no creo que la palabra de una víctima deba ser suficiente para destruir la presunción de inocencia de un acusado.

Me ofende la violencia contra las mujeres, pero me avergüenza oír a alguien reducirla a «el odio de los hombres». Creo que el sistema judicial es pornográficamente ineficiente, pero la pereza mental de dibujarlo como fascista me quita hasta las ganas de pelear por el otro mundo posible. Pienso que la incidencia delictiva entre determinadas poblaciones es estadísticamente más alta, pero querría lavarle la boca con jabón Lagarto a los que dicen que es porque los inmigrantes vienen a robar o cualquier otro razonamiento que normalice su xenofobia.

Pienso que la educación determina quién acabas siendo en la vida, pero no me compro la idea de que somos tablas rasas al nacer y solo hay que escribirnos el contenido adecuado. Sé que las mujeres han ocupado históricamente un papel subalterno, pero me parece el delirio de una mente febril pensar que existe el riesgo de que sean borradas, lo que quiera que esto signifique.

Supongo que no he leído lo suficiente a Foucault, que quizá me dormí demasiado pronto en Derrida o Deleuce y que tal vez por eso sus ideas me resultan tan marcianas que reniego de la posmodernidad. También que la mitad de los que los citan los han leído incluso menos que yo.

Sospecho que las redes sociales nos han conectado al mundo, pero para ello nos han desconectado de nuestra propia humanidad, ya de por sí en retirada. Mantengo que habría que azotar en la plaza del pueblo a quien compara la emigración de nuestros abuelos con que niños ricos cambien de país porque quieren pagar menos impuestos. Nunca he sido tolerante con los insolidarios.

Me compro, para terminar, que la crisis de 2008 nos hizo despertar por las bravas del sueño de riqueza ladrillosa que nos aquejaba a todos. Que el shock de ver cómo se desmoronaban todas las certezas nos dejó asustados y desorientados. Que así, nos refugiamos en nuestras parcelitas cómodas y seguras, con los que son como nosotros y contra tantos enemigos como pudimos fabricar u otros fabricaron para nosotros.

Y me pregunto: en esta sociedad de absolutos y ultraconvencidos, de miedos fabricados a golpe de titular, de ladrones con título nobiliario, de delincuentes que te enseñan a ser honrado, de ricos de lol y omg, de ofendiditos con la piel más fina que las conexiones sinápticas, donde por plantear algunas de estas ideas me han quitado ya varias veces el carnet de izquierdista y el matiz se considera disidencia…

¿A mí quién coño me representa?

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