Antonio Jorge Meroño, Número 98
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Charles Chaplin, mi autobiografía

Por Antonio Meroño. Lunes, 8 de febrero de 2021

Antonio J. Meroño

He tardado casi treinta años en leer este estupendo libro desde que me lo regaló una amiga. La edición es de octubre del 92 y supongo que el regalo fue de cumpleaños, cuando hice los 26 o así, o sea, cuando tenía mitad de años que ahora, cómo pasan las ilusiones de la juventud, qué poco dura todo, como señala la Mariscala en el caballero de la rosa.

Conforme leía el libro he ido viendo varias de las películas mudas de Chaplin en filmin. He de confesar que ha sido todo un descubrimiento, pues de entrada Chaplin no me entusiasmaba, el recuerdo que tenía de Charlot de haberlo visto en la tele en la época de Pilar Miró era negativo, como una especie de fabricante de cortos infantiloides. Lo que ocurre es que Chaplin es muy agridulce y para paladearlo creo que hay que tener cierta edad. El visionado estos últimos días de Tiempos modernos, El chico, El circo, etc, me ha supuesto una gran alegría cinematográfica y vital.

La figura de ese Tramp, Charlot, siempre hambriento y solo es reflejo sin duda de la miserable niñez de Chaplin, que fue durísima, con el hambre y todas las desgracias imaginables como compañeras. No tardó el niño Chaplin en ingresar en el mundo del music hall en su Inglaterra natal, y de ahí, tras su éxito, se embarcó a Estados Unidos, donde lo que le ocurrió es sabido y se cuenta entre las cimas de la cultura del pasado siglo.

Chaplin escribe bien, tiene una memoria prodigiosa, dando detalles desde su niñez de manera prolija, su vida fue fascinante y, todo hay que decirlo, la traducción de Julio Gómez de la Serna es muy buena.

El pronto éxito americano llenó los bolsillos de Charlot, que se encontraba muy cómodo en el mudo, costándole el paso al sonoro. Respecto de su vida social, era invitado a todos los palacios y por todos los dignatarios mundiales, y disfrutaba del lujo, de las mujeres, de sus amigos. Pero una acosadora se cruzó en su camino y lo lió y se vio envuelto en un largo y pesado proceso penal que le enemistó con su país de acogida. Esto, unido a las acusaciones que el macarthysmo vertió sobre él (nunca fue comunista, en el libro se declara más bien laborista) le empujaron a abandonar los Estados Unidos con su última esposa, Oona O’Neill, para establecerse en Suiza, donde murió a una edad muy avanzada.

La lectura de este ameno y vital y agridulce libro, uno de los mejores que he leído sobre el mágico mundo del Séptimo Arte, me ha reconciliado durante unos días con la vida en medio de este caos de sinsabores que vivimos.

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