José Ramón García Bertolín, Número 98, Opinión
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Volver al 75 después de pasar cien años

Por José Ramón García Bertolín. Jueves, 7 de enero de 2021

José Ramón G. Bertolín

A menudo le cuesta reconocerse en aquellos que ha sido, encontrarse en los recovecos de su propio pasado sin que le asalte la duda de si verdaderamente era él, tan distante, tan distinto. Le ocurre cuando regresa al mismo lugar más de 40 años después. El escenario se repite, trata de mirar desde el presente por el agujero del tiempo pasado, y al encontrarse allí, al verse por fin, todo parece confuso y poco certificado, más allá de las canas, los achaques, los estragos, las traiciones, lejana y perdida la inconsciencia de los 18 recién cumplidos. Le resulta difícil no pensar que en todo este tiempo ha cambiado hasta la última gota de su sangre, no creer que otros alguien, otros alien, se han apoderado de sus células, vivencias, emociones ¿y de su alma? Virus y troyanos que han infectado el disco duro de su memoria.

En ese vértigo que produce asomarse al pasado desde el mismo sitio, mismo paisaje, muy diferente paisanaje, o no tanto, se aferra a la convicción de que ha sido muchas personas en una sola naturaleza, y entre todas ellas también una que en un lejano momento de su vida estuvo en ese gran estadio de fútbol lisboeta junto a miles de hoces y martillos al viento, en esa plaza que las hemerotecas recuerdan treinta y cinco años después «anegada por una gran marea de pasión marxista». Imposible evitar un sentimiento de extrañeza y extrañamiento al hallarse entre los pocos cientos de españoles que lograron cruzar esos días la frontera y recalar en el Portugal que conmemoraba su primer gran Primero de Mayo después de la Revolución de los Claveles.

Los sellos del viejo pasaporte con la entrada y la salida confirman que efectivamente él era uno de los que estaban allí, aunque no acierte a evocarse especialmente anegado ni apasionado por ninguna marea marxista, sino más bien eufórico y gozoso ante lo nuevo, ante lo que hasta ese momento se le negaba, secundando consignas disparatadas contra Franco y Carrero Blanco, abrazándose a compatriotas con una emoción infinita e imposible de sentir ahora. Un joven feliz de haber podido acudir a una cita con la historia en aquel país vecino que siempre habíamos mirado por encima del hombro, productor de toallas y albornoces, tierra de mujeres que trasiegan con sacos de café africano sobre sus cabezas, como un paisaje todavía más rancio y antiguo que el nuestro; paisaje de mantelerías blancas, lisiados de guerra colonial, hombres negros, cuando aquí se veían tan pocos, y mujeres de negro deambulando por las carreteras con pesados bultos, trapicheos y gallos mudos de cerámica, pero con unos militares de camisa abierta capaces de poner fin a una dictadura sin matanzas mientras suena una hermosa canción que hablaba de fraternidad, para iniciar un nuevo tiempo al que quiso asomarse. Grândola vila morena, terra da fraternidade

Acompañado de un torbellino apodado «El Gran Gatsby», con la mochila llena de latas de sardinas y bolas de queso barato que debían durar más días de los que podían durar, con poco equipaje y mucha osadía, se desplazó  hasta la frontera que separa Fuentes de Oñoro y Vilar Formoso, entonces el aquí y el allá, otro yin y otro yang, convertida en aquel momento en una línea caliente  y rigurosamente vigilada por quienes se esforzaban en poner el máximo de trabas y dificultades a cualquiera que osase cruzarla para oler esos claveles primorosos y rojos que florecían al otro lado. Su objeto no era otro que frustrar cualquier empeño en respirar la libertad del vecino pobre que los medios de comunicación menospreciaban y descalificaban. Aquellos tristes policías de paisano, de «la secreta», no dejaron de controlarles, de molestarles desde que llegaron al pueblo salmantino, y esa noche se sentaron a su mesa en un bar del pueblo, sin ser invitados, para intentar convencerles de que nada se les había perdido en un Portugal al borde del comunismo, de que no debían cruzar esa raya de peligros, desorden y barbarie.

–¿De dónde habéis venido?, ¿qué hacéis aquí?, ¿sois comunistas?, ¿vuestros padres saben que hacéis este viaje?, ¿tenéis idea de lo que está pasando realmente en Portugal, de que puede estallar una revuelta en cualquier momento?

Interrogatorio y acoso sin cargos, derroche de violencia verbal que daría sus frutos al día siguiente por la vía administrativa, cuando descubrieron que Javier, «El Gran Gatsby», compañero más fuerte, más temerario, más decidido, más valiente, más irresponsable, verdadero instigador del viaje, estaba en situación de prórroga del servicio militar y no podía abandonar España. Fue el momento clave en que hubo de tomar la decisión de dar marcha atrás o seguir adelante en solitario a pesar de la arenga y los malos augurios y amenazas, cruzar la barrera llevándose todas las latas y todos los quesos agrupados en una sola mochila, atravesar la frontera en un gesto de arrojo que tantos años después le cuesta atribuirse y le sigue asombrando. Después se ve cruzando a pie la tierra de nadie, tembloroso, excitado y también asustado, unos pocos metros que –nunca ha tenido tan plena conciencia– separaban dos mundos, inquieto pero feliz, sin volver la cabeza para no sentir la mirada inquisidora, el «aquí te espero» de los guardias fronterizos, pero sí la invitación a seguir adelante, el «tú que puedes» que desde el otro lado le lanzaba un desolado “Gran Gatsby”, víctima de la edad militar que parecía poner fin a toda inocencia.

Junto a la lisboeta Praça do Rossio sobrevive todavía el cartel de la vieja pensión Coímbra-Madrid en la que pasó dos días después de agotar la hospitalidad ofrecida por un militante de aquella izquierda de mil siglas que proliferaba en un país que recorrió con una intensidad iniciática que el hombre que ahora le habita, ese que dice ser, no podría encontrar ni en el más exótico y aventurero paisaje del mundo. Ligero de equipaje, acompañado del sabor del desafío, del empeño en defender el deseo, la razón y el peso de su viaje ante cualquiera que se cruzase en su camino, convertido en el más contundente y sólido aval para pedir y conseguir ayuda y solidaridad que le acercase a su destino.

–Mire, soy un joven español que ha venido a ver vuestra revolución, pero no tengo dinero para poder coger un tren o un autobús y necesito llegar a Mangualde esta noche. ¿Usted podría llevarme?

Nadie se negó a escucharle ni a abrir las puertas de su coche, aunque en algún caso fue necesaria la ayuda de un barbudo suboficial de boina ladeada quien ejerció de intermediario y practicó en su nombre aquel autostop contundente, ideológico e infalible al que ningún conductor pudo o quiso resistirse. Tan contundente como la larga noche compartida con prostitutas y alcohólicos sobre los bancos de madera de la estación de tren de Coímbra. Borrachos y putas de solemnidad que aseguraban ver en él un «catedrático da universidade» por el gorro con que inútilmente intentaba aislarse y dormir.

Tan fascinante como la  invitación que uno de sus benefactores le hiciera al poco de recogerlo en la carretera para trasladarse a un pueblo de la sierra remota donde se celebraba una fiesta a favor de la reforma agraria, amenizada por fados unas veces melancólicos y otras alegres, en la que el orador hizo pública referencia a la presencia de aquel «joven español amigo de la revolución portuguesa» al que señaló, entre aplausos, y al que había recogido en la carretera unas horas antes para invitarle a compartir un trecho del camino.

En la Praça do Rossio, aquel Primero de Maio apenas le quedaba ya queso, sardinas, dinero ni calcetines limpios al viajero atrapado por un fervor nuevo que en su país solo podía ser clandestino, aquel estudiante de primer curso de universidad que jaleaba consignas entre la multitud, que se sentía instalado en el centro del mundo futuro. No puede ser –se oye decir– que aquel yo sea el mismo que esta noche dormirá en un confortable hotel lisboeta de cuatro estrellas contratado por Internet, y antes de conciliar el sueño dudará si continúa quedándole dentro mucho o poco la persona que en mayo del 75 pedía un solo plato en el comedor de la universidad de Lisboa hasta que se esfumaron sus últimos escudos y todos los víveres con que había cruzado la frontera de Portugal, que dormía en una pensión que ya ni siquiera existe, de la que solo queda un viejo, ennegrecido  y roto cartel cuya visión le trae tanta nostalgia.

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