Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Petulantes

Por Luis Sánchez. Domingo, 3 de enero de 2021

Luis Sánchez

De pequeño, las primeras palabras que logré articular, a media voz, fueron estas: ¡Qué cansado estoy! Henri Michaux, viajero infatigable, lo entendería a la perfección. ¡Poetas, pintores y galimatías…!

El destino es una pieza inacabada, hasta que recobra fuerza y, entonces, se impone lo prohibido, lo que rechazabas ver. Cuidamos la piel, lucimos la carne; pero quien manda es el esqueleto. El barranco, la cuneta, la fosa, el cementerio…, donde la palabra se ahoga en el sollozo, y este, en un silencio eterno. ¡Todo, oídos; todo, osario!

El hueso busca piedra; la piedra quiere palabra, y la palabra, piedra contra piedra, encuentra cuerpo donde anidar.

Levantas el cuello, paseas la mirada y la tristeza te oprime la intención. Y así, desgajado del mundo, te hundes en el abismo: la angustia se queda sin aire.

Tus pies son la tierra que pisas; tu ánimo, el horizonte que aún no distingues. Y cuando caminas, aunque lo niegues, es el otro quien acompaña tus pasos.

Conciso, rotundo, preciso y tajante; en vez de péñola, bisturí. Más que una novela (de ideas), El árbol de la ciencia (1911), de Pío Baroja —otro empedernido viajero—, es un ensayo, novelado, pero ensayo, a fin de cuentas. El lamentable ambiente científico de la época (principios del siglo XX), la petulancia de las autoridades académicas, el desinterés de los universitarios, la falta de vocación profesional, el atraso intelectual, la ausencia de alicientes, la decadencia moral, la insana beatería, el caciquismo político, la corrupción generalizada, el fraude fiscal, las recomendaciones laborales, la carencia de conciencia social, la desidia popular, el mal estado de la sanidad… En fin, toda una primorosa colección de virtudes. Leamos un fragmento de dicha obra, que resulta de absoluta actualidad:

“Andrés [el protagonista, médico rural] discutía muchas veces con su patrona. Ella no podía comprender que Hurtado [apellido de Andrés] afirmase que era mayor delito robar a la comunidad, al Ayuntamiento, al Estado, que robar a un particular. Ella decía que no; que defraudar a la comunidad no podía ser tanto como robar a una persona. En Alcolea [Alcolea del Campo, pueblo viticultor castellano donde se desarrolla la acción; un pueblo literario] casi todos los ricos defraudaban a la Hacienda, y no se les tenía por ladrones.

“Andrés trataba de convencerla de que el daño hecho con el robo a la comunidad era más grande que el producido contra el bolsillo de un particular; pero la Dorotea no se convencía.

“—¡Qué hermosa sería una revolución —decía Andrés a su patrona—, no una revolución de oradores y de miserables charlatanes, sino una revolución de verdad! Mochuelos [el bando conservador de allí] y Ratones [el bando liberal], colgados de los faroles, ya que aquí no hay árboles, y luego lo almacenado por la moral católica, sacarlo de sus rincones y echarlo a la calle: los hombres, las mujeres, el vino; todo a la calle”.

Problemas estructurales los llaman ahora, expresión eufemística, gélida y aséptica, cuando, en realidad, son problemas seculares, endémicos, los mismos problemas de siempre, esos problemas que siempre quedan pendientes de un futuro que arrastra el pasado. Y es que aquí, en este bendito país de tocomocho, cebollas y servidumbres, los problemas no se solucionan, pasan de una generación a otra y, al heredarse, forman la monarquía de los pobres, porque la Monarquía llega a todos (es transversal) y por eso es también de todos: de los ricos, puesto que heredan riqueza, y de los pobres, puesto que heredan pobreza. Así es por derecho de sangre (la sangre de las armas), así sea hasta el fin… de la hemorragia. Amén.

A mediados de febrero del pasado año, el Ayuntamiento de Madrid (alcalde: José Luis Martínez-Almeida, del Partido Popular, un petulante de la Pontificia Comillas) remató la faena de derribo que estaba llevando a cabo y borró los versos de Miguel Hernández del memorial de las víctimas de la Guerra Civil (en el cementerio de La Almudena). Si no, en la piedra, será en la memoria; y con el tiempo, volverán sus versos a la misma piedra. Y todavía hay quien se pregunta eso de… ¿para qué sirve la poesía?

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