Humor Gráfico, L'Avi, Número 98
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L’inverno

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Martes, 5 de enero de 2021

@lidia_sanchis

Es gordo y feo y tiene un nombre absurdo como solo pueden tenerlo los niños sudamericanos. Un adolescente de esa edad debería ser dueño de un apelativo del que no avergonzarse, pienso. Algo a lo que aferrarse. El muchacho no parece ser consciente de cómo lo miramos y de cómo arrugamos la nariz cuando nos dirigimos a él. Supongo que la mascarilla ayuda a ocultar el pequeño gesto de desprecio que los adultos presentes en su vida de 8 a 3 repetimos cada día cuando nuestras miradas se cruzan con la suya.

Este martes, al finalizar nuestra clase, me pregunta si tengo prisa y me pide unos minutos porque necesita hablar conmigo. Sus palabras resultan casi inaudibles debido al griterío del resto de los alumnos y a la grasa de su cuello, que actúa de amortiguador y las ahoga. Por fin, nos apartamos a un rincón y con expresiones que intuyo muy meditadas, me confiesa que unos compañeros lo acosan en las redes sociales. Que se burlan de él, que lo llaman gordo y feo, y que no se atreve a sincerarse con sus padres porque ellos desconocen que su plácido hijo tiene una intensa vida virtual. Lo llaman gordo y feo. Siento vergüenza de mí misma. Tantas veces intento ser buena y tan pocas lo consigo.

El sonido de la música del cambio de clase me tiene obsesionada. No logro saber de qué melodía se trata. Solo sé que es una pieza clásica que, en mi primer día en ese instituto, ya provocó que me detuviera a escuchar. Sabía que la había oído antes, en algún sitio, quizá cuando yo misma era una alumna en un centro de Secundaria y un profesor llamado Vidal nos intentaba inculcar el amor por la música, fuera esta una obra de Chopin o de Pink Floyd. Ahora, tantos años después, a cada hora en punto salgo corriendo del aula como una cazadora de sombras que intentara atrapar motas de un polvo brillante que se desvanecen. Soy una Diana cazadora provista de shazam. Pero la aplicación no es suficientemente rápida o yo no tengo la suficiente agilidad en los dedos para «pulsar para shazamear» antes de que la melodía también se consuma como se consumen los minutos que transcurren entre una lección y otra. Me pregunto cómo sabíamos qué debíamos sentir cuando no había teléfonos móviles.

Me telefonea él. Dice que está en la ciudad. Sólo a mí se me ocurriría tener un amante que tiene pinta de conductor de autobús, tan aparentemente inofensivo. Esa peculiaridad de su físico, que se ha demostrado tan práctica, le permite pasar inadvertido, pero solo mientras esté en silencio y las cuerdas vocales retengan en su laringe y en su tráquea los sustantivos, los verbos y los adjetivos; mientras su aparato fonador no libere ningún pronombre como, por ejemplo, tú.

A veces lloro, sí, se me escapan las lágrimas y la gente piensa que soy sensible y tierna por ese insignificante detalle. Lloro a mi pesar.

Él me llama de nuevo, insiste y martillea el vulgar y estándar tono de mi teléfono, pero no contesto de inmediato. Quizá es un nimio pero desesperado gesto de rebeldía. Conozco el poder de su voz. Que soy sensible, me dice muchas veces en un susurro. Que soy profunda. Que en mi alma hay un abismo.

Pero…, un momento. En el instituto suena otra vez la música que señala el cambio de clase. Saber el título de esa melodía se ha convertido estos días en lo más importante de mi vida. Él tendrá que esperar. Si no contesto, su poder no podrá alcanzarme. Aunque esto es solo una idea que tengo sobre el amor. Un combate de luchar y vencer, de rebelarse o someterse.

Al fin, después de dieciséis semanas en la escuela, mis dedos atinan a presionar la tecla adecuada del móvil en el momento preciso. Y consigo averiguar que el amor es, ahora sí, el “Concierto número 4 en fa menor de Vivaldi. L’inverno”.

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L'Avi

@AviNinotaire

 

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