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El soplo en la llama

Por Luis Sánchez. Sábado, 16 de enero de 2021

  Luis Sánchez

Tiempo biográfico, tiempo histórico, tiempo geológico, tiempo cósmico. Planeta azul, planeta verde, planeta oxidado. Desde la raíz hasta las hojas, tu huella de carbono pasa por aquí, y la Luna como testigo de cargo. Laten indicios de humanidad cuando, en torno a una hoguera, prende el fuego eterno; círculo mágico: mitos, leyendas, cuentos populares…

Morirás por un futuro equívoco, ruin o esquivo. Morirás en un presente sin fondo, que solo asoma de madrugada. Morirás de un estrecho pasado, que aún supura tristeza y desdicha. Te han convertido en polvo de derribo.

Cuando mueres por dentro, el mundo desaparece contigo; todo se borra, lo de dentro y lo de fuera, ya solo eres vida en suspensión, aliento que tomas y devuelves. Tú ya no eres importante (dejas de ser el centro de interés), lo que importa es la acción, que cambia las cosas y transforma las relaciones personales y de producción.

La muerte, como misiva anónima: sientes que desfalleces y no dispones de ocasión para confesárselo a nadie. Una palabra perdida en la voz del otro: buscas al prójimo que asegure la continuidad… Llega el plácido silencio, el acomodo en el reposo oscuro, la vuelta al hogar… Un bosque primigenio te contempla paciente, mudo, atento…, mientras tus lágrimas suplen la saliva que te falta y una leve sonrisa te deshace el horizonte en la mirada.

El ser, fraguándose entre un ir y venir: de la nada, al vacío; un destello de la conciencia para celebrar la vida, porque la mano del otro ya no te retiene, con su caricia acompaña al alma. Y en la ansiada entrega, te abandonas al tránsito: del desapego a la inocencia. Se despliega el sueño, que echa a suertes todo cuanto dispone: a cada cual, un instante de luz para hilar el tiempo. Y es la memoria la que te hacer sentir entre tú y el otro, terreno común que congrega lo que anida en cada cual. Estrenas el mundo cada vez que participas en él. La humana indiferencia del universo se torna risotada cuando resplandece tu rostro bajo una estrella fugaz.

La vida es el doble que guía tus pasos, así que, cuando camines, mira quién marcha a tu lado, porque incluso en la ausencia, alguien va contigo. Y podrás estar sordo o ciego, pero nunca estarás completamente solo. El pábulo de la oscuridad viene de lejos: el misterio abre tus ventanas al firmamento y en ti resuena el eco del otro. No temas, que el otro también sale al encuentro. Tú más tú, formando un clan; tú más él, formando una tribu… El yo, en íntima comunión, expresa la diversidad de otros que habitan en ti y que cobran expresión a través de la relación con los demás. Es en el rito donde se desvela el sentido comunal; un yo viajero que traspasa, como un soplo cálido, las estaciones de la vida; colma la plenitud el viento, venga de donde venga, cuando alcanza a todos.

Desde bien abajo se alza la mirada para recorrer, en compañía, el duro ascenso hacia la dignidad. Desde la raíz escala la libertad su derecho a ser, en nombre de la natural diversidad; la multiplicidad necesaria, un derecho a conquistar. Pero el feroz cuerpo social, ahíto de novedades, ensucia las entrañas de la tierra y hasta el agua de los manglares enturbia la faz de los antepasados.

Hesíodo: la Edad de Oro, la Edad de Plata, la Edad de Bronce, la Edad de los Héroes y la Edad de Hierro. Dioses, semidioses, humanos… ¡y cibernautas! La sabiduría, envuelta en hojas de acanto, reposa, como pieza arqueológica, en el gigantesco congelador de unos grandes almacenes. El precio lo marca todo: patente de corso.

Prosiguen la decadencia y la desidia hasta completar aforo: tributo al desquicio. Incluso el Manneken Pis, en el corazón político de Europa, contiene plástico en su orín; más allá del bronceado icono, la mayoría de niños de nuestro viejo continente orina plástico: bisfenol-A (BPA). ¿Qué comen nuestros adorados hijos, además de alimentos procesados?, ¿qué clase de aire respiran?

La industria invade nuestro organismo, las empresas de comunicación rastrean nuestros datos, los estímulos mediáticos y el exceso de ruido ambiental debilitan la atención que deberíamos prestar al inconsciente colectivo, la raíz de los que somos, o ya no somos.

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