Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Opinión
Deje un comentario

El cielo suelta caspa

Por Luis Sánchez. Domingo, 31 de enero de 2021

Luis Sánchez

Películas extraordinarias como La vida de Brian (1979), de los Monty Python, El portero de noche (1974), de Liliana Cavani, Lolita (1962), de Stanley Kubrick, o Historia de Piera (1983), de Marco Ferreri, hoy en día resultan impensables; entre ofendiditos de dudosa fe, hipersensibles de mal pensar y ese discurso políticamente correcto, ¡estamos apañados! Sin embargo, parece que hay barra libre para la zafiedad, el insulto y la paparrucha, tanto en el ámbito político como en el mediático, como en las redes sociales. Está claro que lo que molesta —y muy seriamente— es aquello que transgrede lo establecido, ensancha la libertad y nos hace pensar diferente. Se mire con lupa o con prismáticos, en apenas 50 años, hemos perdido poder cultural (como que hemos perdido, también, poder político). Y, siguiendo con el cine, se nota: menos cine de autor y más cine industrial; menos cine colectivo (en las salas de proyección, espacio común) y más cine doméstico (en casa, aislado).

En aquella agitada época (finales de los años 60 y comienzos de los 70 del siglo pasado), muchos biempensantes padres parisinos no entendían la actitud y el comportamiento de sus atrabiliarios hijos, y se preguntaban: Pero… ¿qué quieren, si lo tienen todo? Pero aquellos jóvenes, sin duda, pulcros, bien alimentados y con porvenir, carecían de voz propia, de espacio y de libertad (por eso se rebelaban), y lo que querían, no solo era poder decidir por sí mismos, sino que, además, perseguían un noble sueño: encontrar la playa que ocultaba el asfalto. En ellos había, además de las propias reivindicaciones de su edad (intereses de la juventud), un plus de generosidad, había la exigencia de un mundo mejor (mejor para todos: ¡la lucha se libraba para conseguir una vida más justa!). Cobraba fuerza el ecologismo, el naturismo, el pacifismo, el feminismo, la contracultura, el orientalismo… Sin duda, aquella era una sociedad más cohesionada que la nuestra (que está atomizada), con mayor conciencia social (sentido común, sentimiento comunal); ahora, el solipsismo, el consumismo y el pragmatismo se cuelan con interesada crudeza mientras la mercadotecnia va atrapañando el presente. Como que nos han robado los sueños y nos han vendido la peor pesadilla: un escenario apocalíptico. Después de esta, habrá más pandemias y más crisis económicas, y desastres naturales, cambio climático, inmigración masiva… e incluso, rebelión de las máquinas, meteoritos exterminadores e invasión de alienígenas. Nos han dejado sin ideales, sin utopía, nos privan de la sonrisa amable del futuro. Mas no temáis, incrédulos ciudadanos: dentro de nada (en pocos años), legalizarán la marihuana, que será muy útil para aplacar la frustración y la furia; nos quieren en casa, relajaditos, en una nube, y frente a la pantalla. Cualquier cosa, con tal de salvar la economía (ante todo, el beneficio privado).

En aquella agitada época (más que nostalgia —por edad, no la llegué a vivir—, cercana referencia histórica), el mundo estaba dividido en dos bloques (capitalista y comunista), lo que daba un cierto equilibrio de fuerzas (ahora, en cambio, el neoliberalismo, dueño y señor, campa a sus anchas), y estaban muy activas las izquierdas políticas (socialistas, comunistas y anarquistas). En aquella agitada época, si había un futuro que construir era porque había un presente que pelear, y el descontento y la inquietud salían a poner la calle. Pero en la actualidad, puedes caminar muy ligerito de equipaje, saber lo justo (o más bien, lo mínimo), porque como “todo está en Internet”, ¿para qué vas a memorizar o a recordar?, ¿para qué vas a esforzarte en razonar o en asimilar?, ¿no resulta una carga inútil? Y en cuanto a la calle, está tomada por la vocinglera ultraderecha, que, ¡oh, morabita paradoja celestial!, denuncia el autoritarismo de los partidos progresistas y se proclama defensora de la libertad. Eso sí, ¡uf, oye!, “las redes sociales están que arden”. De hippie a hípster, y tiro porque me toca.

Y ya para ir cerrando estos minutos de reflexión, nada mejor que volver a ver la hermosa película Soñadores (2003), de Bernardo Bertolucci, basada en la novela The Holy Innocents, de Gilbert Adair. ¡Y que el GPS no te desvíe del camino de las estrellas!

¿Hay algo más patético y rancio que el Festival de Eurovisión? Sí, Eurovisión junior.

A propósito, ni María Antonieta ni Luis XVI acababan de entender por qué el pueblo, enardecido, se levantaba en armas contra ellos, si ellos no les habían hecho nada. Amén.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *