Antonio Jorge Meroño, Número 98, Opinión
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Woody Allen, a propósito de nada

Por Antonio J. Meroño. Domingo, 6 de diciembre de 2020

Antonio J. Meroño

Alguna buena noticia había de darnos este infausto 2020 y una de ellas, sin duda, es que Woody Allen se encuentra en plena forma, pues hemos podido ver su penúltima película, Día de lluvia en Nueva York, una de las mejores si no la mejor de las que ha hecho en este siglo, y leer sus memorias, A propósito de nada, publicadas en plena pandemia y todo un best seller a nivel mundial, aunque temo que mucha gente se haya lanzado a comprarlas por el morbo que pueden suscitar los desagradables incidentes que han rodeado la vida personal de este genial neoyorkino (y sobre todo, enamorado de Nueva York) en los últimos tiempos.

Nuestro judío favorito es un buen escritor en vena satírica, lo que ya sabíamos por sus filmes, de los que escribe sus guiones, sabe redactar y distanciarse de sí mismo, no ser en exceso pagado de sí mismo ni autoindulgente y darnos muchas pinceladas de una existencia que, sin duda, durante los 85 años que acaba de cumplir esta misma semana ha sido rica, fructífera y ha mejorado a la humanidad. Muchos son los buenos ratos que me ha hecho pasar desde que, con apenas ocho o nueve años, vi Toma el dinero y corre en sábado cine, y ya desde mi adolescencia temprana he ido disfrutando de su arte, quedándome sin duda con ese maravilloso interregno entre los 80 y 90 del pasado siglo, donde alumbró algunas obras maestras como Maridos y Mujeres, Delitos y Faltas, Otra Mujer, September y Hanna y sus Hermanas. Mención aparte merece Manhattan, la más tierna carta de amor a una ciudad que yo conozca.

Lo mejor de estas jugosas memorias es la primera mitad, donde cuenta su infancia en una familia humilde pero feliz, sus comienzos como humorista y guionista, sus primeros filmes. Desfilan personajes icónicos del siglo XX con los que ha tenido la suerte de tratar y un buen ramillete de hermosas mujeres con las que ha tenido relaciones. Él mismo confiesa que las mujeres son una de las cosas que más le han interesado desde niño, y desde luego que siempre ha tenido buen gusto y que sabe tratarlas y dirigirlas, aparte de que en su cine, de presupuesto modesto y muy alejado de los grandes estudios, han actuado las mejores actrices de los últimos años. La nómina es impresionante.

Pero llega la segunda mitad y aparece en su vida Mia Farrow, que sin duda le ha hecho mucho daño y de muy mala fe, y se explaya en los desequilibrios emocionales de su exesposa y en su empecinamiento en atraparlo en unas acusaciones de abuso sexual sobre su hija adoptada Dylan de las que todos los jueces lo han absuelto y de las que él se empeña en zafarse durante tantas páginas, como por otra parte habríamos hecho cualquiera en su situación. Yo me inclino por creer su versión, pues ni antes ni después ninguna de las personas que lo han tratado ha dado ni una sola queja de su comportamiento y además, qué queréis que os diga, no me da el tipo de depredador sexual.

Leo en muchos sitios que se echa en falta un análisis de su obra, explicaciones sobre el proceso creativo, etc. Pero no es este el lugar para eso, sino que él ha tratado de contarnos un poco su vida a las muchas personas que lo adoramos y, creedme, quien lo ame o al menos ame algunas de sus películas y su particular universo, quedará encantado con este entrañable libro.

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