Número 98, Opinión, Óscar González
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El cierre de La Filmoteca Maldita y cómo Youtube maltrata a los creadores de contenido

Por Óscar González. Miércoles, 9 de diciembre de 2020

Óscar González

Hace algunos días, Youtube clausuró sin previo aviso La Filmoteca Maldita, un canal especializado en cine que había alcanzado en fechas recientes algo más de cien mil suscriptores. La Filmoteca es un canal valioso para los que amamos el séptimo arte, no solo porque en él se pueden encontrar análisis de películas célebres desde una óptica cultural e histórica, sino porque hace una gran labor de difusión de obras más pequeñas que, por definición, tienen mayores dificultades a la hora de hacerse conocidas fuera de sus países de origen. En torno a La Filmoteca creció una sana comunidad de apasionados del cine que, entre otros proyectos, dieron origen a un festival internacional de cortometrajes que había llamado la atención incluso de los organizadores del Festival de Sitges.

Me gustaría decirles que el motivo del cierre se ha debido a una cuestión de censura, porque me permitiría ser más contundente en el discurso, pero la realidad es que esta clausura no responde a nada más que a un grandísimo error y al nefasto sistema que Youtube emplea a la hora de relacionarse con sus usuarios y, en concreto, con los creadores de contenido.

Fernando, el creador de La Filmoteca, usó un vídeo de un terrorista camino a cometer un atentado para ilustrar un vídeo sobre una película de personas que se graban cometiendo matanzas. En las imágenes escogidas no hay violencia ni apología de la misma; no hay sino un tipo que va del punto A al B y, al llegar, abre el maletero para tomar un arma mientras rumia algunas frases. Pero, al parecer, ese vídeo forma parte de alguna lista negra de contenido que, como el Necronomicón, te vuelve loco con solo mirarlo. Así que en algún punto de la red neuronal de Youtube saltó una alarma y a Fernando le clausuraron el canal por apología del terrorismo. Sin explicaciones, sin posibilidad de alegar nada y, sobre todo, sin que en ningún momento una persona de carne y hueso revisase y –previsiblemente– solucionase el error del sistema informático.

Aspirar en el siglo XXI a que una plataforma tan masiva como es Youtube sea supervisada en toda su extensión por personas de carne y hueso es un absurdo. Según informaba el portal Tubefilter en mayo de 2019, cada minuto se suben a la plataforma de vídeos de Google más de quinientas horas de contenido. Es algo inabarcable, no importa lo grande que sea la empresa: harían falta más de sesenta empleados a jornada completa solo para revisar el contenido subido en un minuto, lo que implicaría unas noventa mil personas para supervisar la producción de vídeos de un solo día.

La única forma pues de mantener una cierta supervisión sobre el contenido que se sube a la plataforma es la automatización. Pero el gran problema de la automatización es que los sistemas informáticos tienen todavía problemas para interpretar los contextos de aquello que están supervisando. Así, por ejemplo, creadores de contenido de temática LGTBI refieren problemas de eliminación o desmonetización (eliminación de la capacidad de que un vídeo sea elegible para insertar publicidad en él y recibir una remuneración), puesto que la red neuronal de Youtube los clasifica como discurso de odio. ¿Contra quién? Contra el colectivo LGTBI, por paradójico que esto resulte. Consciente de ello, el portal de vídeos de Google dispone de un sistema de “revisión manual” (por humanos), pero el funcionamiento del mismo, según los propios Youtubers, deja bastante que desear y siempre tiene que ser solicitado por el creador, nunca actúa de oficio.

La publicidad insertada en los vídeos le reporta a Youtube alrededor de quince mil millones de euros anuales. Con esas cifras no resulta comprensible que la empresa mantenga en el tiempo una situación de maltrato sistemático de sus propios creadores de contenido. Cabría esperar que la compañía fuese la primera interesada en que estos creadores, que al fin y al cabo son su principal activo, estuviesen cómodos y trabajasen en un entorno donde las reglas estuviesen claras y los sistemas de respuesta ante los errores (porque siempre va a haber errores) fuesen rápidos, coherentes y respetuosos con los autores que reportan pingües beneficios a la multinacional.

Pero como esto no tiene pinta de ir a ocurrir y, de hacerlo, no será a corto plazo, lo que nos queda es hacer ruido para que situaciones tan injustas como la que viven los amigos de La Filmoteca Maldita no se repitan en el futuro.

Así que Youtube, ya sabéis: #AbridLaFilmotecaMaldita, devolved a Fernando su proyecto y medio de vida y dejad de tratar a vuestros “socios” como si fueran mierda procesada en una gran maquinaria industrial.

Sin ellos, no sois nada.

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