José Ramón García Bertolín, Número 98, Opinión
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Ay Nicaragua, Nicaragüita

Por José Ramón García Bertolín. Domingo, 13 de diciembre de 2020

José Ramón G. Bertolín

Esta fotografía fue publicada en el diario Levante al finalizar el verano del año 1987, después de que Rafa Ventura, periodista recientemente fallecido, se la “arrebatase” a su autor, José Vicente Rodríguez, tras nuestro regreso de Nicaragua. Nunca le perdoné la deslealtad ni la frivolidad de hacerla pública en el periódico del que me había marchado voluntariamente el año anterior, y menos que fuese  en una banal crónica de sociedad en la que aseguraba –más o menos– que el alcalde de València, Ricard Pérez Casado, había  decidido pasar a la acción, y prueba evidente de ello era que uno de los periodistas de su equipo de comunicación hubiese tomado ya las armas, como demostraba la fotografía en la que aparezco, a los 30 años, con el cigarro ladeado en la boca y el AK-47 entre las manos. Cogí un enorme cabreo porque esa foto, en aquel momento, no era publicable.

Está tomada en algún asentamiento campesino de la ruta entre Jinotega y San José de Bocay, cerca de la frontera con Honduras, país que jugó un papel miserable durante los años de acoso y derribo al gobierno Sandinista. Era la guarida perfecta para la Contra armada por Ronald Reagan, dedicada a emboscar y atacar para matar, destruir o minar, y luego retirarse cobardemente al otro lado de la frontera de ese país de lagos y volcanes al que decidí viajar después de media hora de entrevista con Ernesto Cardenal, el Ministro de Cultura, sacerdote, revolucionario y enorme poeta, que en abril de ese mismo año había sido nombrado doctor Honoris Causa por la Universitat de València.

La entrevista es un género peligroso si se acomete con premura. El entrevistado, sobre todo cuando quiere vender algo: un libro, una obra de teatro, una candidatura electoral… tiene tendencia a intentar agradar, a procurar empatizar y caerle bien, e incluso hacerle la pelota, al entrevistador, al que a menudo le toca perdonarle su desconocimiento, su falta de documentación y hasta su osadía. No es normal que una conversación pregunta-respuesta de treinta minutos cambie tu vida y te empuje a cruzar el Atlántico para conocer la poética y bélica realidad de un pequeño país –con menos población que Madrid–, acosado brutalmente por la primera potencia mundial. Su palabra y su mirada tenían tanta fuerza que me impelió a comprobar sobre el terreno qué había de verdad en todo lo que me contó aquel señor, aquel sacerdote con boina y barbita blanca al que el Papa Juan Pablo II había suspendido “A divinis” tres años antes junto a su hermano Fernando, también cura, también ministro (de Educación) del Frente Sandinista.

La fuerza de su relato, el brillo luminoso de sus ojos… me llevaron hasta el país expoliado por el dictador Somoza, que engordó su multimillonaria fortuna personal –era el propietario de más de un centenar de empresas y tenía por costumbre arrojar a los presos políticos a los leones que mantenía en su búnker– robando incluso la ayuda internacional recibida tras el terremoto de Managua que destruyó la capital del país en 1972. Llegué cargado de libros, con varias colecciones editadas por el Ayuntamiento de València sobre la capitalidad de republicana de la ciudad, de la que se cumplían 50 años. Desde el aeropuerto me dirigí directamente a la sede del Ministerio de Cultura, donde enseñé la entrevista publicada en Cartelera Turia y pedí poder entregarle un par de ejemplares al ministro, que no casualmente tenía su despacho en la que había sido sala para acicalamiento y retozar de Hope Portocarrero, prima y mujer del dictador Tacho Somoza. En cualquier otro lugar del mundo lo normal es que algún secretario particular o guardaespaldas me hubiese indicado que dejase los libros y me largase. Pero en ese país todo era diferente, y a los diez minutos Cardenal apareció por la puerta. Puede que me reconociese o puede que no, lo cierto es que me dio un abrazo, me agradeció los libros –“En mi país falta de todo”– y me preguntó qué pensaba hacer durante mi estancia en Nicaragua.

A partir de ese momento comenzó un viaje un intenso, iniciático, duro y a la vez maravilloso, por un país sin servicio militar obligatorio al que habían obligado a luchar para defenderse, a ser un David frente a Goliat que un día sí y otro también se desgarraba en emboscadas y ataques a asentamientos campesinos como el de la fotografía, donde se labraba con el Kaláshnikov al hombro. Un país con hospitales llenos de mujeres, niños y hombres que habían tenido la mala suerte de pisar una de esas minas pensadas, más que para matar, para dejar inválidos, mancos, cojos y tuertos que con su sola presencia minasen la moral de la población civil y de un Frente Sandinista que años más tarde se encargaría de traicionar Daniel Ortega al convertirse en un sátrapa, en un dictador represor. Un tirano enloquecido del que poco a poco fueron alejándose personas excepcionales como Sergio Ramírez, magnífico escritor que entonces ocupaba la vicepresidencia del país; Gioconda Belli, poeta y novelista a la que pudimos entrevistar en su casa de Managua; Carlos Mejía Godoy, aquel cantor de Tus perjúmenes mujer… y tus pechos cántaros de miel, cuyo éxitos y beneficios sirvieron para impulsar la insurrección y la huida de Somoza. Como Ernesto Cardenal, que vino a morir apenas unos días antes de que en todo el mundo se decretase el estado de alarma por la covid 19.

¡Ay, Nicaragua, Nicaragüita¡, la flor más linda de mi querer, donde la montaña era mucho más que una inmensa estepa verde de la que regresabas para abrazar las noches de Managua, para bailar Palo de Mayor y beber Flor de Caña hasta coger una curda con fondo de marimba, sin dejar de ser ebriamente consciente de que “La vida no vale nada si no es para perecer porque otros puedan tener lo que uno disfruta y ama”. En aquel verano del 87 me enamoré perdidamente de Nicaragua, hasta las trancas, como antes se habían enamorado Julio Cortázar, que dejó memoria de su idilio en el libro Nicaragua. Tan violentamente dulce, y Salman Rushdie, que lo hizo en La sonrisa del jaguar. Ninguno de los tres éramos celosos.

Vendrá la guerra, amor
y yo me envolveré en tu sombra
invencible
Como un fiero león protegeré
esta tierra y mis cachorros
y nadie, nadie detendrá esta victoria

armada de futuro.

¡No pasarán!

(Gioconda Belli/Carlos Mejía Godoy)

Pero allí también pasaron, y hoy recupero esta foto más romántica que guerrera, lanzo un desahogo con fondo de fotografía en blanco y negro, lleno de melancolía y añoranza.

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