Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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A pasos con la sombra

Por Luis Sánchez. Domingo, 6 de diciembre de 2020

Luis Sánchez

El exceso de luz eléctrica eclipsa la lucidez mental. La escritura me concede la dignidad que me niega este mundo: a través de la palabra llego a descubrir quién soy, a través de la acción desarrollo el ser. La raíz embebe el rocío.

Las clases populares ya hicieron, en el siglo pasado, su revolución (el socialismo) y fracasaron estrepitosamente; ahora, nos toca a nosotros, al mundo de la empresa, al negocio, y aquí están los logros: la robotización, el diseño genético, el neuromárquetin, los centros comerciales, los organismos cibernéticos, la liberalización de los servicios públicos, los parques temáticos, los paraísos fiscales, el dinero de plástico, el microtrabajo, el internet de las cosas, la digitalización de la realidad… ¿Qué más queréis, leche! ¡Ah!, y por si fuese poco, el presidente estadounidense Donald Trump, candidato al Premio Nobel de la Paz y, ¡novedad de la buena al canto!, para que no te esfuerces ni te salgan padrastros en los deditos, ya puedes comprar en tu supermercado de confianza… ¡la bandeja de plátanos con los plátanos ya pelados!, y hasta puedes adquirir, en empresas de comercio electrónico, los inigualables “torsos masturbadores” de niñas y adolescentes, fabricados con silicona, ¡un gusto al alcance de la mano!

Vives y crees que es para siempre, por eso acumulas de todo (desde objetos inservibles hasta basura); pero solo la muerte te coloca en el núcleo de la vida: incertidumbre que aparece con el miedo al dolor. Un ciprés, por error, prende fuego al cielo.

(Nota de base: no es lo mismo naturaleza humana que organización social. La historia de la humanidad contada, no a través de las conquistas, sino de los fracasos.)

Tu mente va a 200 por hora; pero tu cuerpo apenas llega a 50. No padezcas: el destino viaja en tren de cercanías y las líneas paralelas acaban uniendo la tierra con el cielo, y en el filo del porvenir se diluyen cielo y mar.

Un accidente, una pérdida, una catástrofe, una enfermedad, la decrepitud… Y entonces sí, entonces abandonas la frenética competición y la zancada se convierte en un paso corto, comedido… y empiezas a escuchar lo que, en realidad, importa; y resopla en tu interior, como un fuelle herido, la voz trémula, rasposa, una voz desvalida que ya no encuentra consuelo ni en un pozo de lágrimas que inundara la eternidad.

No queda ninguna tabla de salvación; solo disponemos de tablas de windsurf. Capaz serás de abandonar este mundo sin saber cómo acaba la función.

La página en blanco me brinda el anhelo de lo desconocido: la grandeza de lo que aún no es, la intensidad de lo que pronto será. Un aplauso silencioso me quita en balde la cera de los oídos. Las líneas de las manos, un cruce de batallas a disposición de la belleza. Si me olvido que soy escritor, se me borra el aura en el espejo.

La voz, el ser de la carne, disimulando el tormento: ¡ya hierve la saliva! La eternidad solo es memoria activa. Un recuerdo hermoso basta para activar la vida, que se dispara buscando aliento próximo. Pero recuerda, cuando estés frente a la pantalla, que el algoritmo es opulento y patriarcal. Nada de nobleza ni de misterio: tu vida convertida en un videojuego; al final, solo hueso, solo piedra; ni mariposa ni caracol.

Un olivo centenario aspira el cadalso de la noche mientras los cables de la luz rayan de plomo las nubes. De jornal, jornalero; brazos a una: sudor que discurre por el espinazo para iluminar de piel el ansia de un sueño. ¿Qué sabes tú, botarate parlanchín, del azote y de la tortura? La tempestad amaina por beber en un charco de agua. Quédate conmigo hasta que los labios me besen el horizonte.

Ya llegan el murmullo y sus comadres por los circuitos integrados de silicio. Ondas, señales, chasquidos, geolocalización… El planeta, cubierto por un paraguas de satélites; el control de la comunicación, dirigido por empresas privadas.

El exceso de información aturde al receptor, disuelve el significado e irrealiza el objeto. Está, pero no lo ves y si lo ves, ya no lo lees. ¡Un toque digital! El mayor espectáculo de ilusionismo: el mundo real desaparece con una simple tecla… Et voilà!

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