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A dentelladas

Por Luis Sánchez. Domingo, 20 de diciembre de 2020

Luis Sánchez

Cuando por televisión, el hombre del tiempo empezó a prestar más atención a la cámara (trabajo actoral) que a la meteorología, ahí empezó a estropearse no solo el tiempo, sino también el espacio. Y para muestra, un botón (o una tecla): un país como el nuestro, rebozado en sol, y cuyos habitantes —la mayoría— padecen déficit de vitamina D. ¿Incomprensible? Pues con eso queda dicho todo: necesitamos un turismo masivo (la uniformidad), conque ¡viva el sol y las sombrillas! Y ahí vamos: convirtiendo la economía en meteorología (verbos impersonales: irresponsabilidad social) y para que no se diga, asurando el guiso.

Ya no queda cielo estrellado, solo hay iluminación artificial. Ya no hay bóveda celeste, tan solo consumo eléctrico. Ya no hay dioses, solo accionistas. ¿Cómo lo ves?

El mundo se desmorona; el futuro se tambalea. Mas no os preocupéis: estamos dejando un escenario irreconocible. Medio siglo ya alertando del desastre de un desarrollo económico desaforado no ha servido para preservar la mermada salud del planeta. La velocidad: valor supremo; quien llegue primero a la meta, gana la partida homicida; una competición sin freno ni límites. Eso sí, la justicia poética coronó a Donald Trump con el maldito virus y a Rudy Giuliani, con los chorretones del tinte del pelo (momentos de gloria y pezuña).

El progreso industrial nos ha conducido a considerar el pangolín o el murciélago como animales peligrosos y a los humanos, como las víctimas. ¡Menuda perversión! Y mientras, la cultura agoniza (y los videojuegos ganan terreno doméstico). Y tú, ¿qué dices?

Luz solar, oleaje, mareas, viento… Energía sin alma, exenta de mitos que la humanizan… Todo es beneficio o carece de interés. ¡Ah, amigo!, pero el petróleo es mucho petróleo (donde huele a petróleo, huele a guerra, a masacre o a desolación). Reformas, ajustes, sí, los imprescindibles; pero nada de revoluciones, ¡eso faltaría! Apostamos por una transición suave, sin sobresaltos, a la que habremos de adaptarnos todos. ¡Tecnología, investigación y seguridad!, es decir, más robots y menos personas. El genocidio al que, irremediablemente, nos vemos abocados deber ser lento, diverso, prolongado y asumido como proceso natural y necesario para la evolución de la especie. Y tú, ¿qué haces?

La verdad cotiza a la baja; la muchedumbre prefiere la sonrisa boba de la fabulación. La verdad de la buena, la que nos interesa de verdad, se cuece a vuestras espaldas. Esa verdad solo se confiesa bajo tortura o la obtenemos con el espionaje. Auscultamos vuestros latidos, seleccionamos los corazones y les ponemos un precio. No solo os damos lo que buscáis, sino que, al final, acabáis buscando lo que os damos. Consumo a consumo, vamos moldeando la verdad de la vida a conveniencia, como simple patraña: conducta preestablecida; paquetes de datos. La verdad, sometida a proceso industrial, ha sido troceada, triturada, desleída…

El cultivo intensivo del temor alimenta un relato distópico que ya está compuesto. La comunicación: más allá de los hechos y de las causas, encajamos lo que está sucediendo; más que “cómo ocurrió”, interesa “cómo lo contamos”, la buena causa, adobada con un exceso de información, fuerte sentimentalismo, frívolos detalles y oportuna morbosidad.

El exceso de población, el excedente de población pobre (obscenidad cárnica); este sí que es un grandísimo problema. ¿La solución más rentable? Respóndete con serenidad, frente al espejo (no se permite apartar la mirada: no huyas de la pesadilla o soñarás con ella). El fascismo pasivo no mata; deja que te mueras. La diferencia con el fascismo activo nos la proporciona la cínica estética piadosa: la vida, reducida a un perfil ordinario, a una pobre colección de imágenes, a una entre miles de miles de millares, a una película intrascendente. El decrecimiento económico solo es posible si desciende considerablemente la población más vulnerable. Y aun así…, tampoco lo podemos garantizar.

Ruidos, contaminación atmosférica, radiación electromagnética… Pantallas, por todas partes, porque las pantallas te atoban la mirada. Como provocación, asoma una capciosa pregunta: ¿Qué estás pensando? Y te entran ganas de responder: Y a ti, ¿qué te importa? Pero no, no dices nada y sigues…, sigues navegando, en busca de una isla misteriosa que te haga olvidar una realidad inventada.

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