Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Sal gruesa

Por Luis Sánchez. Domingo, 22 de noviembre de 2020

Luis Sánchez

Desafío total. Si te miras al espejo del baño y ves una imagen con cara de borrico, pon logrado. Si lo consigues en menos de 10 segundos, ¡compártelo!, eres un genio.

¡Bah!, ¡oye, no te mosquees! Que podría tratarse, muy bien, del retrato de Platero; sí, el de Platero y yo; bueno, en este caso, el de Platero y tú. Bueno, pues piensa lo que te dé la gana. Como si quieres meter en el fregote a san Francisco de Asís, con sus avecillas y criaturas, o a Franz Kafka, con sus artrópodos (¿artrosis o artritis?). Ni que fueras el conde Drácula; si te miras al espejo, algo tendrás que ver, ¿no? Y ver todos los días el mismo careto reflejado, resulta bastante aburrido. Además, ¿no sabes que el burro de Girona es un símbolo de la cultura catalana?, un animal de prestigio. ¿Y esa canción de Peret? No me jures que nunca has cantado el Borriquito. ¡Venga, tío, enróllate!, un poquito de humildad y otro de humor. Sí, a ti te lo digo, Sancho Panza, ¿no ves que vamos a desasnar y, también, a desalambrar? Y ahora, ahora me sales con el cuento de que se te ha empañado el espejo y no puedes ver claro; ¡joder, tío, serás burro! Que tampoco te estamos pidiendo que pongas cara de asno y te hagas un selfi para pasearlo por las redes sociales. No me digas que jamás te has puesto burro, cuando eras crío y cogías una potra, ¿qué?, y ya de mayorcito, cuando te topas con alguien que te vuelve loco de pasión, ¿qué, eh? ¡Ay, si hubieras vivido durante el franquismo!, en las escuelas, al burro de la clase, le ponían unas orejotas y lo dejaban de rodillas en un rincón, para burla y humillación del resto de compañeros. Y no creas que nos hemos desembarazado por completo del castrense autoritarismo hispano, porque la estela del franquismo sigue vigente (ahí van los nietos, envarados de tabaco y oro: los Cayetanos, los Borjamaris…). Y si a eso le añadimos la componenda necrofílica del neoliberalismo, ya me contarás.

La brocha gorda, en sustitución del pincel; y la industria, devorando la política, el trabajo, la salud, el medio ambiente… Como que la corrupción es la madre del sistema (y llega hasta el confín el universo) y la ingeniería financiera, la madre de toda ciencia. Hemos acabado con los detalles, las sutilezas y los matices. Ahora, el mundo se ha vuelto muy simple: todo es blanco o negro, eres inocente o culpable; o estás conmigo o estás en contra mía. Dos ejemplos fáciles de entender: si para criticar a Donald Trump (o a Jair Bolsonaro), a la ultraderecha y a los negacionistas de la pandemia de cualquier país, hemos de defender a multimillonarios como Bill Gates o George Soros, mal asunto, ¿eh? Si eres buena persona (Nelson Mandela o Pepe Mujica), no fundas un imperio económico; cuando sientes con los de abajo y estás con ellos, no necesitas demostraciones filantrópicas (una cosa son los derechos sociales y otra, las macrolimosnas, que, además, desgravan a Hacienda). Y si para conseguir un tratamiento eficaz contra el coronitas, el Parlamento Europeo exime de responsabilidad (es decir, blinda financieramente) a las empresas farmacéuticas, por posibles fallos de las vacunas, flaco favor le estamos haciendo a la investigación científica seria, serena, rigurosa e independiente. Lo estamos privatizando todo (OMS, incluida), y eso solo nos conduce al desastre (entre otras muchas cosas, genera dudas, desconfianza y sospechas). Menos religión y más ciencia —leemos en las redes sociales—, sí, y —añadimos nosotros— menos industria y más humanidad; menos negocio y más salud.

Donde se encontraba el liberador rincón de pensar, ahora han colocado un contenedor de residuos orgánicos: no analices, no pienses, déjate llevar por las emociones, ¡disfruta el momento! Pero, ¡cuidado!, todo lo que no pase por una solución colectiva, se convierte en un engañabobos. Tenemos ya la primera generación de hijos que, en poquitos años, serán más pobres, más tontos y más debiluchos que sus padres.

“¡Qué derroche de amor, cuánta locura…!”. Ahora, el fascismo incluso te ofrece la posibilidad de escoger entre dos modelos (se hace la competencia a sí mismo): uno, cutre, simplón y violento; el otro, agradable, sofisticado y tecnológico; pero ambos persiguen el mismo fin: evitar, a toda costa, cualquier pensamiento crítico. Y ahora, por fin, ya estamos en condiciones de cantar… ¡Hale, borriquito, vamos a Belén…! Es que, oye, ya lo dice el refrán: si a los cuarenta no te hiciste rico, vaya borrico. Bendiciones.

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