Antonio Jorge Meroño, Número 98
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Por quién doblan las campanas

Por Antonio J. Meroño. Domingo, 25 de octubre de 2020

Antonio J. Meroño

He tardado una eternidad en acercarme, por vez primera, a este mítico libro y lo he hecho porque no hace mucho una amiga de cuyo criterio lector me fío bastante y que me gusta me dijo que lo estaba leyendo. Hemingway es un autor al que no he frecuentado demasiado y del que considero París era una fiesta su mejor obra. No voy a entrar en el tópico de glosar su pasión por la aventura, los toros, los safaris, pero cierto es que si lo comparamos con un escritor a mi juicio mejor que él, su compañero de fatigas Scott Fitzgerald, desde luego hizo de la existencia una aventura y escribía sobre sus experiencias, no sobre sus tormentos internos, como el pobre Scottie.

Por quién doblas las campanas (o, para traducirlo literalmente, Por quién dobla la campana) es una de las primeras novelas sobre el conflicto fratricida español, pues se fue escribiendo durante la contienda, y a mi juicio, es también la mejor, pese a todos los fallos que se quiera y a los ochenta años que han pasado desde su publicación, lo cual sin duda hace que su vigencia no sea la misma que en un mundo que, en 1940, se debatía en una feroz lucha contra el fascismo, un fascismo parecido al que se impuso en España al final de aquella guerra. En una serie que emite actualmente TVE, Inés del alma mía, que no es gran cosa pero se puede ver, una princesa del Perú de la conquista le dice a la protagonista que los españoles siempre tratamos de eliminarnos unos a otros y no entiende cómo no hemos desaparecido del mapa. Y eso sucede sobre 1530, cuando todavía tiene que llover mucha sangre sobre nuestra piel de toro.

Hay una película no menos mítica sobre esta novela con Gary Cooper e Ingrid Bergman que vi de niño y de la que sólo recuerdo el conmovedor diálogo final entre ambos protagonistas. La obra es meritoria, pese a que sus personajes están todos muy estereotipados y a que el diálogo entre Jordan y María sea más propio de dos alumnos de la ESO que de dos adultos. Robert Jordan es un profesor de español norteamericano que lucha en las brigadas Lincoln con un grupo de españoles en la sierra de Guadarrama, donde le han encargado volar un  puente para facilitar una de tantas fallidas ofensivas republicanas. Pese  a su esquematismo, la obra refleja bastante fielmente nuestro conflicto, es bastante aséptica desde el punto de vista ideológico, pese  a ser Hemingway, que estuvo de corresponsal en nuestra guerra, simpatizante abierto de la República. La prosa, correctamente traducida, es ágil, las escaramuzas están bien narradas por alguien que conocía bien los conflictos bélicos, y toda ella deja un poso de tristeza a la vez que una certera constatación del absurdo de las guerras.

Ahora que la derecha madrileña opta, creo que equivocadamente, por el revanchismo y la simplificación de nuestro conflicto civil, puede ser una buena ocasión para acercarse a esta obra, algo que a día de hoy sigue mereciendo la pena.

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