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Por Luis Sánchez. Domingo, 25 de octubre de 2020

Luis Sánchez

Una de las mayores burrerías que he oído en mi vida salió de los ajados labios del tío Jacinto —pariente lejano de mi madre—, cuando ya estaba postrado en la cama y con una salud que se le escapaba por los huesos. Por recomendación familiar, fui a visitarlo una tarde —yo tendría veintitantos años—; fue la última vez que lo vi. Un personaje inolvidable, que me regaló esta entrañable escena; él era así: abierto, generoso y con escasos prejuicios:

—Cuando la palme, lo primero, Elvirín, que me cambien el pañal, no sea que confundan el destino y me lleven al cielo. Me despierto allí, rodeado de curas y beatas, y del susto ¡me cago en la hostia!

—Te condenarás, Jacinto, te condenarás, como sigas hablando de ese modo, ya verás —le reprendió su hermana con espíritu comprensivo y tristón.

—Eso es lo que quiero yo: directo al infierno, donde está lo más granado de este mundo: aventureros, poetas, locos, rebeldes; los jugadores, los juerguistas, las putas…

Y entonces Elvirín, sin perder la cachaza, juntó las manos, entrecruzando los dedos, y las alzó hacia el techo, blanco e impoluto, en actitud piadosa…

—¡Señor, danos paciencia y no escuches las blasfemias de este pobre infeliz!

—Eso, eso; tú dale vuelos, dale vuelos al de arriba, que yo me quedo con los de abajo —y el tío Jacinto giró la cabeza hacia mí y me dibujó una mueca burlona, forzando la inevitable complicidad. Muy poco después, y tras tomarse la medicación a regañadientes, se quedó dormido como un lirón.

—¡Ay, este hermano mío, cada día que pasa, más niño se vuelve! —me confesó a media voz la tía Elvirín, buscando las naturales disculpas, mientras abandonábamos la habitación, que quedó en penumbra mortecina.

Al salir del portal, me topé de frente con Antonio, un vecino que subía todos los días a echarles una mano, a cambio de cuatro pesetillas al mes.

—¡Ah, hola! —le dije a Antonio.

—Hola… Baja usted de ver a su tío, ¿no?

—Sí. Sí, señor.

—Un día lo van a echar de la escalera, por muy enfermo que esté, porque cuando se pone sublime, lo oyen todos los vecinos, y hay uno…

—Bueno, adiós —le solté, dejándole con la palabra en la boca y la bolsa de la compra en la mano. Y caminé con paso rápido, tratando de alejarme cuanto antes de allí.

Mientras bajaba por la escalera, aún retenía el eco de la sonrisa; pero tras cruzar palabra con Antonio, me invadió un agrio sentimiento de podredumbre, que me duró hasta después de llegar a casa. El cielo es soso, aburrido y deja gusto de bicarbonato, repetía, a modo de exorcismo, una de tantas ocurrencias del tío Jacinto.

Un par de meses más tarde, sonó el teléfono. El tío había dejado de respirar.

Fuimos al velatorio los tres: mi madre, mi padre y yo; aunque yo, refunfuñando. Dos primos, una vecina y Antonio…, ese era todo el acompañamiento. La tía Elvirín ejerció a la perfección su papel de serena hermana doliente. Ante la pertinaz mirada de mi madre, dudé en cómo resolver lo de verlo por última vez. Al final, opté por ir al aseo y, con la excusa del pasillo, asomarme un poco, solo un poco, lo justo para dedicarle unos segundos de atención. Al observar el lento baile de sombras que provocaban los cuatro cirios que custodiaban los laterales del féretro, me quedé paralizado, junto a la puerta; un silencio abismal… y luego, oí como un chasquido de dedos, metí la cabeza en la salita y aunque no llegué a verle el rostro, escuché su voz resonar en mi pecho: Ya estoy donde me merezco, y el viaje no fue penoso. Un par de lágrimas me encendieron las mejillas; pasé al aseo y me refresqué la cara.

Cuando regresé al salón, mi silla estaba ocupada, conque me senté al lado de la tía Elvirín. Al poco, se volvió hacia mí, posó la mano en mi brazo y me preguntó:

—¿Has visto lo bien que está?

—Sí, tía. Está en su lugar —le respondí con ligerísima maldad.

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