Literatura
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Últimas tardes con Marsé

Por José Antequera. Domingo, 13 de septiembre de 2020

      Literatura

Juan Marsé fue un escritor inmenso, una de las cumbres de las letras castellanas de todos los tiempos. Gran precursor de la novela urbana en nuestro país, nos deja hitos de la narrativa como Últimas tardes con Teresa o Si te dicen que caí. Su Pijoaparte, aquel emigrante charnego que se buscaba la vida en las sórdidas calles de la Barcelona franquista, es ya un personaje inmortal de nuestra literatura a la altura del Lazarillo, Segismundo o El Quijote. A través de los ojos del perdedor Pijoaparte, emblema de toda una generación de desarraigados por el éxodo del campo a la ciudad, Marsé indaga en la degradación moral y social de la posguerra, en las brutales diferencias de clase de la dictadura, en la memoria de los vencidos, en la infancia perdida, siempre elevando la ironía «marseiana» y el realismo social a la categoría de género en sí mismo. Premio Cervantes, nos deja aquella mítica reprimenda a los jóvenes escritores que confundían la literatura con «la vida literaria», todo un aviso para las nuevas generaciones que persiguen la gloria de la fama y el dinero antes que una buena metáfora. No decimos adiós a un escritor sin más; despedimos al gran maestro de la novela española contemporánea, penúltimo representante de la Generación del 50 (todavía nos queda el gran Mendoza).

A Marsé quisieron utilizarlo los nacionalistas de uno y otro bando, aunque él siempre se alejó de fanatismos políticos para centrarse en lo que realmente le interesaba: diseccionar el mundo y la condición humana en sus más profundos estratos. «Estoy harto de explicar por qué no escribo en catalán; creo que sólo hay una cultura catalana, la que se realiza en catalán y en castellano, la que realizan los ciudadanos de Cataluña». No cabe duda de que el maestro artesano de la novela española estaba por encima del bien y del mal, elevándose sobre la mezquindad del barro político, y quizá por esa libertad para decir lo que pensaba y lo que creía que había que decir en cada momento se granjeó el odio del “nacionalismo catalanista oficial”, ese que siempre sintió alergia y aversión por la figura del «españolista» Marsé. Pese a todo, el escritor nunca se vio a sí mismo como un valiente por no haberse sometido a la «omertà» independentista (tampoco al chantaje de los españoles más carpetovetónicos). No era uno de ellos y punto. Y no lo era precisamente porque él pertenecía a otro universo mucho más fascinante y rico que el de la bandera, la arenga patriótica barata y la quema de símbolos del adversario. Como suele ocurrir con los grandes genios, su reino no era de este mundo, y él prefería habitar en el territorio de la imaginación, junto a sus prodigiosos personajes del barcelonés barrio del Guinardó rebosante de material humano para mil novelas: charnegos y raterillos en Vespa, exóticas putas del barrio chino como princesas de los Mares del Sur, bares decadentes con tufo a calamares y canciones de rocola, guiris tostándose en la playa de la Barceloneta y mansiones modernistas donde las niñas pijas de los señores de Canaletas retozaban entre jardines, piscinas y palmeras caribeñas.

Pero, ante todo, Marsé fue un niño que sufrió el trauma del abandono. A la muerte de su madre tuvo que ser adoptado por un matrimonio de la capital y de ahí le vinieron los apellidos Marsé Carbó. Como todo huérfano, a falta de raíces y biografía genética tuvo que inventarse una vida. Pronto dejó los estudios para dedicarse al oficio de joyero y luego trabajó durante un tiempo en la revista cinematográfica Arcinema. El cine siempre fue otro cosmos fabuloso en el que, trenzando realidad con fantasía, el joven Juan forjó cuentos, sueños y personajes. Luego llegaron los primeros relatos en Ínsula y El Ciervo y la primera novela Encerrados con un solo juguete. La España asfixiante de aquellos años se le quedaba pequeña, demasiado soporífera y rancia, insoportable, así que en 1959 marchó a París. Allí fue profesor de español, traductor y mozo de laboratorio en el Instituto Pasteur. Más vidas paralelas, más Marsés, más disfraces para el sumo hacedor de novelas.

De vuelta a Barcelona, publicó Esta cara de la luna, repudiada por el propio autor y desterrada del catálogo de sus obras completas. Fue redactor jefe de una revista, por decir algo, ya que los periodistas que tuvo a su cargo aseguran que al maestro no le gustaba trabajar, ya que lo suyo era escribir, algo que hacía como los ángeles.

Tras casarse con Joaquina Hoyas y tener a sus dos hijos, Alejandro y Berta, empezaron los títulos legendarios de las letras españoles: La oscura historia de la prima Montse, El amante bilingüe, El embrujo de Shanghai, Si te dicen que caí, La muchacha de las bragas de oro y sobre todo Últimas tardes con Teresa, un relato universal de amor imposible pero también una historia sobre ricos y pobres, burgueses y marginados, triunfadores y fracasados. El ficticio romance entre esa joven universitaria rubita, burguesita y falsamente rebelde y el Pijoaparte, un maromo de la calle, un morenazo ladrón de motos sin oficio ni beneficio que se hacía pasar por obrero militante revolucionario, es la metáfora perfecta de un país traumatizado por la posguerra, castrado y partido por la mitad, sin posibilidad alguna de redención ni de lograr la auténtica felicidad. Fiel a su estilo y reacio a las modas, Marsé siempre construyó la ficción sobre su propio mundo personal con los materiales de la arquitectura realista, el realismo social, sin perder de vista la experimentación, la vanguardia y el humor.

Tantas buenas letras solo podían culminar con el Premio Cervantes, algo que ocurrió en abril de 2009 y que ponía el punto final a una mítica odisea literaria, la del huérfano que tuvo que construirse a sí mismo para regresar a su Ítaca vital, un viaje que dicho sea de paso jamás hubiese sido posible sin el impulso de la eficiente editoria Carmen Balcells, la ‘Mamá Grande’ de la literatura, como la bautizó Vargas Llosa. Hoy lloramos una pérdida irreparable. Se nos ha ido el más grande del siglo XX. Nuestro Faulkner español.

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