Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Opinión
Deje un comentario

Acento popular

Por Luis Sánchez Verdeguer. Domingo, 27 de septiembre de 2020

Luis Sánchez

Parecía de todo, menos real; el tío Aquilino era un personaje de tebeo: bajito, enjuto, muy poquita cosa y con marcados andares de bailarín de claqué; aunque, eso sí, era amable, vivaz, dicharachero, siempre dispuesto a prestar ayuda a quien se lo pidiera y… ¡un fumador empedernido de Celtas cortos!, “el mejor del mundo”, alegaba en un tono de noctámbulo entendido. Un cosmopolita que había sido adoptado como tío por los hospitalarios vecinos del barrio en el que vivía, que era el humilde barrio donde vivía yo, a finales de los años sesenta del siglo pasado. El tío Aquilino, que a veces nos regalaba un duro, “para caramelos de menta; no para tabaco, ¿eh?”, tenía sus propias martingalas para resolver una duda, salir de un apuro o encontrar una respuesta. Por ejemplo, cuando veía a alguien hablar y hablar y enrollarse como las persianas —si era por la televisión, con mayor razón todavía—, solía explicar, con sereno aire de maestro de escuela:

—Yo a ese le busco mostrador, se lo pongo delante y, al poco, ya sé si me puedo fiar de él o no.

—¿Un mostrador…? —preguntábamos extrañados los chavales, que nos juntábamos en torno a él, ávidos siempre de conocimiento del bueno.

—Un mostrador; sí, de ferretería, de ultramarinos, de droguería…, de la clase que sea, porque todo mostrador sirve para lo mismo: para vender. Y si veo que cuadra, que le pega bien, me digo: Este curioso ejemplar tiene pinta de tendero; no te fíes de él, Aquilino, que solo quiere sacarte los cuartos. 

—Pero… ¿y de dónde sacas el mostrador? —volvíamos a preguntar, esta vez con mayor devoción.

—¿De dónde va a ser? ¡De la cabeza! ¿O es que no tenéis imaginación? Vais probando con uno, vais probando con otro…, como si fueran trajes —y entonces caíamos del guindo, y nos quedábamos extasiados y boquiabiertos durante unos segundos, tratando de asimilar aquel luminoso descubrimiento hasta que… Javi, más que el listillo, el tocapelotas del grupo, saltaba sin freno y objetaba con voz de alumno decepcionado:

—¡Pero eso es muy difícil, tío Aquilino!

—¡Qué va! Es como un juego: solo has de fijarte y poner atención, chaval.

—¿Y siempre aciertas?

—Casi siempre.

—¿No has fallado nunca? —insistía Javi.

—Alguna vez. Pero también fallan los doctores; yo, al menos, aún no he matado a nadie. Y si fallo, el único que lo padece soy yo: el menda lerenda. ¡Hale, hale, a entrenar! —y nos daba vuelo con la mano, para que empezáramos a practicar, mientras se perdía, con su traje de chaqueta verde botella, por el oscuro corralón.

Varios días después, habíamos conseguido un mostrador estupendo: la caja de cartón de un frigorífico Kelvinator que Julián, el del taller de coches, había regalado a su mujer. Y así adaptamos el juego que nos había enseñado el tío Aquilino a nuestras posibilidades. Al no poder cambiar de mostrador, cada uno de nosotros elegía a un tendero del barrio: Manolín hacía de Salvador, el de la bodega; Navarro, de Vicente, el hornero; Toni, de doña Matilde, la farmacéutica; Juanjo, de Fidel, el del ultramarinos… y así hasta completar el reparto.

Un día estábamos en plena acción dramática. Javi, con los mofletes hinchados de aire, el flequillo hacia adelante y las manos ocupadas, pasando el cuchillo por la chaira para dejar el metal bien afilado; y yo allí, frente a él, esperando a que me atendiera… En eso pasa el tío Aquilino, se detiene expectante, observa bien la escena y me pregunta:

—¿Y ese… quién es?

—Marcial, el carnicero.

El tío Aquilino hizo un chasquido con la boca y soltó por lo bajini: ¡Menudo ejemplar! Siguió su camino; pero todavía se volvió para decirme: ¡Que no te venda la cabra, chaval!

Años después, descubrí que las cabras nunca derraman una lágrima.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *