Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Prodigios de la edad

Por Luis Sánchez. Domingo, 2 de agosto de 2020

Luis Sánchez

Te miras al espejo por última vez, ¿qué ves? La hora de la verdad: una máscara sin piel.

¡Qué mal suele envejecer la inteligencia en nuestro país! Un breve repaso, sin acritud de ningún tipo ni ánimo de lucro (no citaré a políticos): Ramón Tamames, Luis Racionero, Antonio Escohotado, Fernando Savater, Félix de Azúa, Albert Boadella, Andrés Trapiello, Fernando Sánchez Dragó…

Conque haciendo amigos, ¿eh? —me suelta Chuspi, todo serio y con las orejas en alto—. Así te van a dar a ti el Cervantes, o la Princesa de Asturias de las Letras, ¡y un par de collejas, también! —remata el pobre, para irse después a su rincón.

Bueno, la verdad es que eso no parece ser exclusivo de España. Dino Segre (Pitigrilli) ya decía, en el siglo pasado, algo así como que el hombre es un pirómano de joven y un bombero de viejo. En cualquier caso, hay diferencias, grados, matices…, ya que una cosa es atemperarse y otra, venderse (por dinero, vanidad o resentimiento). Así pues, hemos de considerar la trayectoria, la evolución, la coherencia… Sobre todo, porque habitamos un país donde la “pertinaz sequía” de mentes preclaras es un hecho crónico más que un helecho humanista. No añadas vileza a la fuerza de la vida.

Para compensar lo dicho arriba (y no ir de gruñón aguafiestas), ¡qué gusto da escuchar a personas como Vicenç Navarro, Adela Cortina, Emilio Lledó, Manuel Delgado Ruiz, Ignacio Ramonet o Teresa Forcades! Intelectuales que están cerca del ciudadano y que, por su honradez, se ganan el respeto y la admiración. Cuando no piensas desde el corazón, el bolsillo acaba pensando por ti. La vejez colma la vida (o la retuerce hasta dejarla irreconocible). Cuanto más viejo, ¿más rancio o más sabio? ¡Vaya murga, la decisión es tuya! Y ahora, dos canciones, cuyas letras vale la pena conocer: Money (1972-3), del grupo británico Pink Floyd, y Je veux (2010), de la cantante francesa Zaz.

Hay que llevar mucho cuidado, porque la inteligencia, si no se cuida como es debido, se puede malvar en un inocente descuido; sí, en un liviano parpadeo de la materia gris. En efecto, si no compensas la inteligencia con la bondad, aquella se envanece, se cierra sobre sí misma y se olvida del resto, es decir, de todo lo demás, que es muchísimo más que uno. Ojo, hablo de bondad y no de buenismo (José Luis Perales o Chanquete). Y es que la inteligencia natural (peor aún, la artificial) termina derivando en un instrumento, al servicio de turbios intereses; por sí sola no basta, necesita un complemento, necesita su par. Y así debiéramos pensar siempre: en términos pares, para mantener un sano equilibrio. Dos ejemplos: si la democracia no va acompañada de la cultura, sirve de bien poco (¡con qué facilidad engañan a las masas!); si el feminismo no va acompañado del ecologismo, se queda corto (¡un hogar más saludable para la vida del planeta!).

¿Acaso no caminamos con las dos piernas? ¿Es que no nos manejamos con las dos manos? Entonces, ¿por qué pensamos de manera monoísta? ¿Por qué no empezamos a pensar con los dos hemisferios cerebrales?, ¿por qué no trabajamos con la mente y con el cuerpo? Nos alejamos tanto de nosotros como de los demás, por un tortuoso camino de exclusiones.

Fíjate en el funambulista: lleva una barra entre las manos; como que el equilibrio no depende solo de las piernas, sino también de los brazos. En la acción, somos uno por entero; pero, ante todo, que no te distraiga ningún sonido: solo tú, a través de la respiración y en la plenitud del instante, lo eres todo, con el silencio de la humanidad.

Eso sí, el funambulista no saldrá por televisión (no es noticia); el medio de comunicación de masas está tomado por una turba de tertulianos polivalentes. La actualidad periodística se ha impuesto al conocimiento de la realidad; importa más la opinión y el falso debate que la razón y el argumento de la verdad. Cotiza más el impacto que la observación, la charlatanería que la atención. Ya no hay poso, solo cucharilla.

¡Anda, no te compliques más la vida! Vamos a dar un paseo, que me pienso encima —me dispara Chuspi, que da media vuelta y al instante regresa con la correa en la boca—. Apago el ordenador. Y ahí vamos: a estirar las piernas (las seis).

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