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De Cala Montgó a Punta Ventosa, una caminata por la Costa Brava

Por Gonzalo Gómez Montoro. Domingo, 9 de agosto de 2020

Gonzalo Gómez Montoro

La Costa Brava tiene elegancia y misterio. Su geografía escarpada, orlada por pinos marítimos y calas ocultas, facilita la discreción a los millonarios y aristócratas que se dejan ver conversando con pescadores locales, desayunando a pie de arena o navegando hacia playas inaccesibles para la mayoría de los mortales.

Sin embargo, toda la Costa Brava no es así: en Roses y Lloret de Mar, al norte y sur respectivamente, el modelo urbanístico —y turístico— es similar al de Benidorm, con amplias playas y altas torres de apartamentos. Pueblos pintorescos como Cadaqués también han sucumbido al turismo masivo, de otra forma. Un día festivo en Francia causa retenciones kilométricas en la carretera de entrada.

Mezclando estos elementos —aunque con estilo propio—, La Escala, municipio ubicado entre Roses y Begur, tiene un encanto especial, pese a sus numerosos chalets y campings, y los edificios desarrollistas del casco.

La ubicación es ideal: desde el largo paseo marítimo divisamos los Pirineos, el golfo de Roses, el Parque Natural de Aiguamolls, la playa de Ampurias y las ruinas grecorromanas, de preciosos mosaicos. En el Parque Natural del Montgrí, al sur del municipio, haremos nuestra ruta a pie.

El camino a Punta Ventosa

Nuestro recorrido parte de Cala Montgó, la playa meridional de La Escala. Para llegar allí, debemos rodear la población por la carretera GI-632, en dirección a Torroella de Montgrí, y girar a la izquierda en la última rotonda, hacia Riells de Dalt, en el sureste de la localidad.

Riells de Dalt es un barrio tranquilo, de casas, con muchos franceses,  holandeses y belgas, situado en paralelo al Parque del Montgrí, cuyo límite marca una pinada. Allí, a pie, tomaremos el Camino de las Termas —sendero indicado en rojo y blanco, procedente de Francia—, por donde avanzaremos entre pinos, bajo sombra, durante quince minutos, hasta que lleguemos a un aparcamiento.

Desde ahí, el camino transcurre entre vegetación mediterránea: lentisco, romero, salvia, hinojo, siemprevivas. A la vera del sendero yacen varios pinos enormes, arrancados de raíz por la última Dana. A mano izquierda dejamos el camping Cala Montgó, junto a cuya verja discurriremos en paralelo durante unos quinientos metros.

En Cala Montgó avanzamos hacia la derecha. Tomaremos el primer sendero y comenzaremos la subida. Durante un kilómetro bordearemos la playa, que queda a nuestra izquierda, bajo el acantilado.

El camino es poco transitado y fácil, aunque hay piedras resbaladizas. Son las nueve y media de la mañana, y el sol brilla con fuerza. Enfrente, en la cima de una colina, vemos la torre de Montgó, defensora de la bahía; abajo, en el agua, hay varios catamaranes zarpando mar adentro y gente practicando kayak. El paisaje, mecido por canto de chicharras y el mar azul intenso, surcado por veleros, podría ser de Grecia o Croacia, o de cualquier parte del Mediterráneo más agreste.

A mitad de camino encontramos dos vaguadas —los puntos más difíciles, donde conviene extremar las precauciones—, por las que hay que bajar y subir, y donde hay dos calas solitarias, de aguas cristalinas.

Fuera de la segunda vaguada cambia el paisaje: los pinos desaparecen y el matorral flanquea el camino, donde abundan las piedras sueltas. La subida es continua, aunque de poca pendiente. Cala Montgó, reconocible por la torre, va quedando cada vez más al norte, y a nuestra izquierda, bajo el precipicio cortado a pico, vemos asomar la gruta de La Catedral, lugar de práctica submarinista.

Tras dos horas de camino alcanzamos la cima de Punta Ventosa, marcada por un poste distintivo. Desde el mirador, bajo la brisa que empieza a soplar, tendremos una de las mejores vistas de la Costa Brava. Hasta donde la vista alcanza, solo el Mar Mediterráneo. Homero y Cavafis. Felicidad y Eternidad, en dos palabras.

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