Gonzalo Gómez Montoro, Número 98

Niña, migrante, pobre y madre forzosa

Por Gonzalo Gómez  Montoro. Domingo, 5 de julio de 2020

Gonzalo Gómez Montoro

¿Cómo te sentirías si con trece años, siendo migrante indocumentado, encarcelaran injustamente a tu madre y dejases la escuela para cuidar a tus hermanos? Esto plantea Pau Ortiz (Barcelona, 1982) en Al otro lado del muro, documental sobre emigrantes centroamericanos en México en espera de poder llegar a EEUU.

El asunto no es nuevo: en octubre de 2018, en San Pedro Sula (Honduras), miles de migrantes formaron una caravana para huir de la pobreza y la violencia de las maras —las bandas criminales— y buscar una vida mejor en EEUU (el éxodo grupal parecía menos arriesgado que el individual, hasta entonces predominante).

Luego, ha habido otras caravanas: de la última, organizada en el pasado enero, apenas si sabemos los obstáculos que les impusieron en Guatemala, primero, y en México, después, por la amenaza de Donald Trump de elevar aranceles a las exportaciones de los países que no frenen la emigración.

Trump aprovechó además la pandemia para reducir drásticamente la aceptación de demandas de asilo y dificultar aún más la entrada de migrantes, los cuales andarán malviviendo en territorio mexicano, pues retornar a Honduras suele ser su última opción.

Al otro lado del muro nos sitúa ante este problema, con el caso de Rocío y Alejandro, migrantes hondureños de trece y dieciocho años, residentes en Chiapas, que deben ocuparse de sus hermanos menores cuando a su madre la encarcelan por una maniobra electoralista del gobernador.

Rocío deja la escuela y se dedica a cuidar de los pequeños. Alejandro, a punto de tener un hijo con Olga —otra migrante hondureña—, aparca el sueño de ir a EEUU y busca un empleo que dé para alimentar a la familia.

Los conflictos surgen pronto: Rocío se cansa de limpiar, cocinar y lavar para sus hermanos. Rocío ama pero también odia a Alejandro por la responsabilidad que este deposita en ella, y a él, en proceso de regularización, le frustra no encontrar trabajo bien remunerado. Los hondureños no son precisamente bien acogidos en México: en la pirámide clasista —y xenófoba— te desprecia quien está encima y desprecias al que está debajo.

Con todo, Al otro lado del muro es una historia de esperanza, así como un estudio de las relaciones familiares en un contexto tan duro como inhabitual en nuestro primer mundo (imposible no admirar a sus protagonistas —en especial, a la inteligente y bienhumorada Rocío— y no ser conscientes de nuestros privilegios por haber nacido en un país rico).

Ayelet Shachar lo llama “lotería del derecho de nacimiento”: nuestro mayor —o menor— activo es la nacionalidad que adquirimos al nacer. Esta determina nuestro nivel de bienestar mucho más que nuestro esfuerzo, familia y formación. Un ciudadano suizo, solo por el hecho de ser suizo, tiene muchas más posibilidades de disfrutar de bienestar a lo largo de su vida que un hondureño. Pero “quienes nunca han estado en situación límite no valoran lo que tienen”, dice Alejandro.

El documental, de poco más de una hora de duración, abarca año y medio. Los protagonistas maduran física y psicológicamente. Rocío, sin abandonar sus obligaciones, vuelve a la escuela, pero aún no tiene tiempo libre. Además, le gusta un chico. El patriarcado asoma: Alejandro, por miedo a que Rocío se embarace, no le permite verlo (“¿qué diría mami si te embarazan siendo yo tu responsable?”)

Como espectadores pensamos que ella debería salir, divertirse. Alejandro es trabajador, sacrificado, buen padre y hermano. Aunque en parte lo entendamos, no es justo que sea implacable con ella. ¿Por qué somos tan exigentes con quienes mejor nos tratan? ¿Por qué desahogamos en ellos nuestras frustraciones? Deberíamos planteárnoslo a diario. Rocío y Alejandro, en condiciones infinitamente peores que las nuestras, lo hacen. Solo por tener su ejemplo ya merece la pena ver este documental.

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