Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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La herida del anillo

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 17 de julio de 2020

@lidia_sanchis

Hemos vuelto a sitios que se llaman cooperativa y colmado como quien vuelve a la patria de la infancia. Madres e hijos tienen conversaciones sobre dónde está más barato el detergente o cuál es el secreto de la coca de tonyina. Hablamos con voces que son de otra época, un tiempo en que todos los casados llevaban el anillo en el anular como un trofeo a la domesticación, un amuleto capaz de transformar un gran felino en el león amaestrado del circo Price, un periodo en el que las mujeres mataban de un golpe en la cabeza los conejos para la paella del domingo y los despellejaban con la ayuda de los niños sin que a estos se les colara ni un ápice de trauma entre los pliegues de su tierno cerebro. Una estación en la que los viajes en tren eran una auténtica aventura y los muchachos llevaban pantalón corto aunque estuviera nevando porque los Wrangler’s aún tardarían en llegar, tanto como los primeros granos y los pelos que crecerían en los lugares más insospechados; una edad en la cual los jóvenes aprendían a ser hombres y después las alianzas iban resbalando de los dedos y nunca seríamos tan felices como en esos momentos en que tan desdichados nos sentíamos porque pensábamos que la libertad estaba en otra parte, lejos del yugo del anillo.

Hubo un tiempo en que una de las máximas preocupaciones de las tías casaderas de la familia era encontrar la manera de que no les salieran sabañones. Las tardes transcurrían con fría lentitud en los cuartos de la costura, un espacio minúsculo y húmedo donde se arrumbaban en el suelo viejos catálogos y patrones del “Burda”. La máquina de hacer jerséis −la tricotosa, la llamaban las tías− había enmudecido hacía días porque la hinchazón y el picor de las manos les impedían cumplir con los plazos de entrega. Pero, pasada una semana y gracias a los remedios de las abuelas (una pizca de pimienta negra frita en aceite de oliva; o clara de huevo, miel, glicerina y harina de trigo: se remueve todo y en la mezcla se untan los dedos. Dejar puestos unos guantes de lana toda la noche. Por la mañana, lavar con agua tibia), sus manos habían mejorado mucho y ya podían volver a tejer y coser y, así, ahorrar para el ajuar.

Mi tía casadera se llamaba Montse y yo me sentaba a sus pies, hecha un ovillo, encogida, volviéndome más pequeña aún de lo que en realidad era. Desconozco el impulso que, en esa postura, me llevaba a chupar las tijeras (grandes, de marca La Palmera), pero ese sabor metálico me atraía de una manera irresistible. Mi tía me repetía una y otra vez: «Quítate eso de la boca, que te vas a cortar». Aunque yo apenas la oía, entretenida como estaba escuchando en la radio la canción “Rosas rojas a ti”, de Massimo Ranieri, que sonaba a todas horas. Mi canción favorita. La canción preferida de mis cinco años. La voz de mi tía sonaba tan lejos como se ve una luna nueva por la ventana: «Deja las tijeras en su sitio, que te vas a cortar». Rosas rojas a ti / he comprado esta noche / y tú sabes muy bien / lo que quiero de ti.

Cuando fuimos conscientes de que la felicidad era cogerse de una mano, de cualquier mano, quedó prohibido hacerlo. Y, una vez más, echamos de menos cosas que nunca tuvimos. Pero yo creo en fantasmas y en cosas imposibles. Como que tú vendrás algún día y dirás las palabras precisas, esas que son mías; esas que no he tenido que escribir antes. Porque tú las sabrás sin que te las haya tenido que susurrar al oído. Y aún espero. Pero no vienes sino que te vas. Te vas, te vas, te vas.

Sufrimos nostalgia de cosas absurdas, como que una se podía cortar la lengua mientras escuchaba cantar a Massimo Ranieri o se podía pinchar en un dedo con la aguja de la máquina de coser Singer. Justo en ese donde ya llevaba la herida de un anillo.

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L'Avi

@AviNinotaire

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