Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión

Bankivicio

Por Luis Sánchez. Viernes, 17 de julio de 2020

Luis Sánchez

Para conocer la temperatura social del país, nada mejor que el bar (termómetro idóneo): ahí lo detectas todo, te enteras de todo, de lo que piensa la gente, de la repercusión de una noticia, de hasta dónde puede llegar una situación… Un bar (bebas lo que bebas) siempre es fuente de conocimiento; además, en él aún pagas con dinero de verdad (no de plástico).

Sin embargo, para conocer quién manda de verdad, nada mejor que ir al banco (contacto directo, personal: “calor de hogar”). Y lo más penoso es toparse con un empleado servil (un boñigato), con esa persona que habla con la voz displicente de su amo, que actúa como si el banco fuese suyo; pero hombre de Dios, que solo eres un bancario (no un banquero), así que un poquito de amabilidad en el trato. Pues no, el empleado se comporta de forma arisca, como si fueras un insignificante número, cuando, en realidad, gracias a tus ahorros y a tener la nómina (o pensión) en esa sucursal, el tipo tiene faena; pero el pobre infeliz cree que, si sigue al pie de la letra las normas que le han dictado desde arriba, conservará su puesto de trabajo; no quiere darse cuenta de que, en cuanto puedan prescindir de él, le darán la patada en el culo, porque, en el fondo, de eso se trata: de obligar a los clientes y usuarios a utilizar las tarjetas de crédito, los cajeros automáticos y la banca electrónica, para ahorrar costos en instalaciones y personal (¡los sindicatos también existen!). Lo más gracioso es cuando tratan de justificarse: “por seguridad”, alegan. Mire usted, caballero de alto copete, el coronitas, por ejemplo, aguanta más tiempo en el plástico o en el metal (son más estables) que en el papel; por lo tanto, es más fiable el papel moneda que la tarjeta de crédito; además, con la tarjeta consumes más (¡es muy golosa!): no eres consciente del dinero que te has gastado hasta final de mes, cuando te llega el saldo disponible: un sobresalto. ¿Seguridad? Más bien, desprecio por las personas, que las expulsan a la intemperie meteorológica y las abandonan al limbo de los errores y bloqueos informáticos: tienen cajeros en la fachada del banco, en plena vía pública (el Sabadell, Bankinter, BBVA, el Popular, el Santander…); “atmósfera de calle”, lo denominan (dando un toque pijo de glamour), de modo que, a la vista de cualquier transeúnte, realizas las oportunas operaciones y minutos después, a la vuelta de la esquina, te pueden pegar un buen susto, ¡un riesgo seguro! El mensaje despersonalizador que lanzan es bien clarito: me interesa tu dinero; pero no tú (y no es nada personal, que conste). Mantengamos la distancia social: eres, solo en función de lo que posees.

Pero la cosa no acaba ahí, porque, ahora, si no dispones de tarjeta de crédito, te penalizan con una cantidad fija al mes (Bankia: 6 euros). Da igual que seas un abuelito al que le cuesta manejarse con las nuevas tecnologías (¡los pobres, van de puto cráneo!), o un enfermo con deficiencias cognitivas, o sencillamente, un cliente que no la quiere (¡está en su derecho!). Nos han robado la posibilidad de escoger si queremos la tarjeta o no, de decidir la manera de relacionarnos con el dinero. Mercado libre, ¿no?

Y todavía queda otro asunto peliagudo: el cobro de la comisión de mantenimiento. Hace cuarenta años, cuando era universitario, manejaba una libreta de ahorro, con escaso dinero, como es de suponer (mis orígenes son humildes); pero eran mis ahorrillos, para libros, ropa, una cinta de cassette, un imprevisto, una emergencia… A final de año, me ingresaban los intereses (una miseria, por supuesto); aunque, esas pesetillas, a mí me sabían a gloria bendita (autoestima del adulto solvente), porque era la constatación de que había prestado un dinero al banco y me pagaban el servicio. Claro, como era lógico, el interés que ellos me abonaban era muy inferior al que me cobrarían ellos mismos si me prestaran dinero; pero, bueno, era una diminuta compensación. Ahora no, ahora es justo al contrario: les prestas tú dinero y son ellos los que te cobran por guardarlo, es decir, por invertirlo y sacarle buen partido. Conque mira tú si, con el tiempo, hemos ganado. Visto lo visto, yo, la verdad, las únicas comisiones que me inspiran confianza son las Comisiones Obreras.

Con la Banca hemos topado, amigos. Así que, contra el bankivicio de robar, la virtud de reclamar. ¿Y los 60.000 millones de euros que pusimos todos los españoles para rescatar al sector bancario?, ¿por qué no devuelven ese dinero, y con el correspondiente interés?

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