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Ahora y labora

Por Luis Sánchez. Domingo, 5 de julio de 2020

Luis Sánchez

Mi teléfono inteligente ha adoptado el modo araña viscosa y no me deja ni a sol ni a sombra, y todo por culpa de un tal Francisco de Kafka. Y eso por no mentar el ordenador que me ha tocado comprar, para estar a la altura laboral exigida (ALE).

“El trabajo os hará libres”. El teletrabajo, tampoco.

Tu modesto pisito de setenta metros cuadrados —todavía estás pagando la hipoteca—, reconvertido en espacio multiuso: despacho, oficina, salón de actos virtual, neocueva de comunicación, molécula digital, jardín de infancia, rincón de pensar, minigimnasio, cubil de conciliación, zona de confort y dulce hogar. En efecto, el teletrabajo ha venido para quedarse; pero para quedarse en casa, en tu casa, en plan okupa, sin pedir permiso. Y te ocupa y te invade y se apodera de ti, de tu territorio privado, de tus horas de asueto, de tu intimidad, y te persigue por toda la casa, y va contigo a la cocina, al comedor, al dormitorio, al cuarto de los niños e incluso al aseo, colgado de tu voz interior, haciendo cábalas, pidiendo atención, y te persigue hasta en sueños, ya que el muy cabrón no descansa nunca (coloniza todo el tiempo disponible). Y el patrón, oye, encantado de la vida; porque para él es una ganga, pues bien que le sale a cuenta la externalización (telesueldo y horas extraordinarias sin pagar). Y al final del día —¿día completo o jornada laboral?—, ya no sabes si estudias o trabajas, si faenas o diseñas, si cocinas o currelas, si planchas o bregas, si juegas con los niños o laboras con emoticonos, si friegas o chapas; y siempre te queda el gusanillo podrido ese de no haber cumplido del todo, de que te queda algo pendiente, de que aún no… Y, como te cuesta desconectar, al final de los finales, cuando llega la hora de retirarse, tampoco sabes ya si haces el amor o, simplemente, te alivias de la congestión nasal.

Un caso de peón caminero. El otro día bajé a por el pan en pijama; aunque con mascarilla, eso sí. Trini, la hornera, una joven muy desenvuelta, al verme de tal guisa, me disparó con cierto retintín: “¿Qué, pidiendo guerra de buena mañana, no?”. Al percatarme de mi vestimenta, me dije: ¡Hostia!, y a ella: ¡Lo siento! Y salí por piernas para casa. Menos mal que vivo a dos pasos y el establecimiento estaba vacío.

A propósito, y ya metidos en almohadas, ¡qué estremecedora, la película El niño con el pijama de rayas (2008), de Mark Herman!, basada en la novela homónima de John Boyne. Pues bien, finalizada la IIª Guerra Mundial, el bloque socialista (con la URSS a la cabeza) ofrecía al obrero vivienda, trabajo, educación, sanidad, deporte…, y la Europa occidental tuvo que compensar dichas conquistas con el llamado Estado de bienestar. Pero con la caída de la URSS (1990-91), el neoliberalismo, al carecer de contrapeso, propicia la globalización y, ahora, es China la potencia que rivaliza con los EEUU. La pregunta clave es, en esta nueva Guerra Fría, ¿qué ventajas sociales ofrece el país asiático? Veamos: autoritarismo, falta de información, eficiencia productiva (entiéndase: explotación laboral), control telemático de sospechosos (contagiados o no por el coronitas), velocidad tecnológica (la 5G)…

No es de extrañar, pues, que el empresario Juan Roig (presidente ejecutivo y máximo accionista de Mercadona), alabe tanto a “los chinos” (auténticos emprendedores) y los tenga como el modelo de referencia. En el diario económico Expansión.com (8-3-2012) se recogen jugosas declaraciones del multimillonario tendero. Veamos: “En España hay más de 7.000 bazares chinos porque hacen una cultura del esfuerzo que no hacemos nosotros”. Y añade que le “producen admiración y aprendemos mucho de ellos”. Conque, a partir de mañana, ya lo sabes, amiguito del alma: a comprar Flan chino Mandarín en Mercadona.

“Houston, we have a problem!”, resuena en mis oídos, y el jodido problema —el de la pandemia—, es gordo, y miramos a China, claro, porque el problema vino de allí (como podía haber venido de otro lugar); pero ¿y los Estados Unidos, cómo han reaccionado, qué medidas han tomado?, ¿por qué se han replegado, en vez de abrirse? Un hermoso ejemplo: el internacionalismo cubano: la Brigada Henry Reeve, un “ejército de batas blancas”.

La fuerza de la Unión Europea radica en su cohesión: una moneda común, sí; ahora falta la unión bancaria y la unión fiscal (sin debilitar el Estado de bienestar, claro). A ver.

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