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Vino rancio

Por Luis Sánchez. Domingo, 21 de junio de 2020

Luis Sánchez

CARNECERÍA YAGÜE. Del enemigo, todo se aprovecha. Garantía nacional. Desde 1936.

Para hacer boca, escúchese el pasodoble Suspiros de España, interpretado por Estrellita Castro (1938).

“Yo también soy preso político por un delito que no cometí, nacer en España, tierra de conejos saliendo de chisteras”, Antonio Sánchez (17-5-2020, en su blog multidisciplinar de Facebook).

Mal vino, mala leche, mala baba, mala hostia, mala folla; rencor o resentimiento, rancio o retestinado, llámalo como quieras. Mienten, insultan, fomentan el enfrentamiento, se burlan de la ley y solo atienden el propio beneficio: no son patriotas, no hacen política; simplemente son destructivos. No existe en Europa una oposición que se centre en derribar a un Gobierno antes que colaborar para solucionar la pandemia, que responsabilice al Gobierno de autorizar la manifestación feminista del 8-M, alegando que fue el principal foco de expansión del coronitas y que, en Bruselas, se alíe con los halcones del Norte, para exigir férreos controles a los fondos de ayuda que recibiremos los países del Sur. Son carniceros, irresponsables y carecen de sentido de Estado. A la vista del comportamiento de la oposición política española (COPE), no quiero ni pensar lo que tuvo que ser la Guerra Civil (1936-39). Y no me refiero, como es natural, al frente de batalla, sino al ambiente cotidiano, alejado de las primeras líneas de fuego: chivatazos, denuncias, falsas acusaciones, calumnias, oportunismo malsano, codicia, venganzas personales, sospechas, intrigas, paparruchas…

En una ocasión, a finales del siglo pasado, hablando en la terraza de un bar con Paco Maestre, amigo y poeta (ya fallecido), que por entonces vivía en Bruselas, le pregunté:

—¿Y los belgas, qué tal, cómo lo llevan?

—¡Huy!, de maravilla: flamencos y valones se ignoran con una indiferencia milimétrica. Pasan unos de otros con una educación exquisita.

—Al menos, están más evolucionados que nosotros, que andamos siempre con el garrote en la mano.

—Eso sí: allí hay más dinero, cuidan más las formas… Vaya, son más hipócritas que nosotros.

Y nos miramos con una sonrisa helada por la espuma de la cerveza que bebíamos.

—¿Despellejar el corazón político de Europa? Ni hablar del peluquín: comportémonos como auténticos caballeros —soltó Paco en tono histriónico, y alzamos nuestras jarras.

Y ya en plena degustación del menú, escúchese Mi querida España (versión íntegra, sin censura), interpretada por Cecilia (1948-1976). A propósito, hace pocos años, el escritor Fernando Parra Nogueras proponía dicha canción (grabada en 1975, año en que muere el Dictador) como himno de España. Todo un acierto.

Una vez escuché en una tertulia radiofónica (Radio 3, de RNE) una anécdota de Picasso, o más bien, solo rozaba de forma cubista al pintor; como muchas de las anécdotas que se cuentan, uno difícilmente llega a saber si es real o no; en cualquier caso, sirven para ilustrar, divertirse y siempre se aprende algo. Picasso, que vivía en París, acudió con un grupo de amigos a un cabaret; entre los acompañantes, todos franceses, se encontraba un español que acababa de aterrizar en la capital. Cuando terminó el espectáculo, uno de los artistas bajó del escenario y se acercó a la mesa de Picasso, con la intención de saludar. Y como es natural, lo hizo en francés; sin embargo, al llegar al español, se dirigió a él en correcto castellano. Este, sin salir del asombro, le preguntó: ¿Y tú cómo has sabido que era español? “¡Por la cara de mala leche que pones!”, le respondió su compatriota.

Y ya para el postre, escúchese España, camisa blanca de mi esperanza, interpretada por Ana Belén y compuesta en 1981 por su esposo, Víctor Manuel, quien se inspiró en unos versos del poeta bilbaíno Blas de Otero (1916-1979). Por cierto, también esta canción podría convertirse en himno de España. Y ahora, sí: nos vamos con la música a otra parte.

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