Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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Preferiría que fuera invierno

Por Lidia Sanchis. Ilustración: L’Avi. Lunes, 8 de junio de 2020

@lidia_sanchis

Preferiría que fuera invierno y no esta primavera envuelta en tela aséptica que impide el contagio, sí, pero a qué precio.

Desearía no esperar tener 18 años e ir de la mano de un novio por la calle y, al pasar por delante de un bar, que dos jóvenes se quedaran mirando a esa pareja que se aleja camino del instituto y que uno le dijera al otro: «Y tú que decías que los Levi’s no le quedaban bien a nadie…». Ojalá que no ocurriera, porque esa espera no tiene ningún sentido, ni lo tiene esta ansia por la primavera, este anhelo de verano y el cabello suelto y el vestido ligero y los pies descalzos. Querría que fuera invierno y no esta estación indeterminada, nueva, postiza. Como si alguien hubiera recortado mi cabeza de una vieja fotografía y la hubiera pegado en un cuerpo joven que ya no es el mío. Pero hay un olor de rosas a punto de reventar por todas partes que se queda en la memoria como un limo pegajoso. Es el mismo olor, son las mismas rosas de mayo que llevábamos, tan temprano, las niñas del colegio a la virgen.

El que me cogía de la mano intentaba también que me gustaran Black Sabbath y Ritchie Blackmore. Pretendía convencerme diciéndome que las baladas de Scorpions eran heavy y que, si era capaz de soportarlas, tendría que poder escuchar con agrado a AC/DC. Y yo hacía como si me lo creyera. Luego vinieron otros, y dejé de llevarle flores a María y los “levi’s” se rasgaron por las partes más indecorosas. Y llegaron Cocteau Twins y Madness, un cóctel ecléctico y contradictorio. Pero es que el amor es que te gusten las canciones de Durutti Column y de Tuxedomoon y pasar una tarde entera de sábado escuchándolas en bucle. Y que te gusten. El amor es, sobre todo, que te gusten.

Nada de esto está envuelto en brumas sino que es tan real que a punto estoy de alargar el brazo y rozar aquella chica de la mirada más triste del mundo.

Pero hablo como los viejos, que dicen cosas como “aquellos tiempos felices”. Como si no hubieran existido unas botas Dr. Martens que golpearon en las costillas; como si no hubiera existido una decepción, y otra, y madrugadas de color sucio y boca pastosa.

Aun así, me quedaría a vivir en alguno de aquellos sábados de invierno por la tarde. La ropa y el pelo, limpios; los labios, rojos o negros, y un puñado de horas por delante, azules o grises.

Sé que en realidad nunca fueron buenos tiempos sino una ensoñación, una alucinación por tanto bailar, gritar, llorar, amar y el maldito perfume de rosas, que es como un gusano en la memoria. Mi padre, tan apegado al empirismo, diría de aquellos tiempos que, en esencia, fueron días de pantaló vell. Y tendría razón, como siempre.

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L'Avi

@AviNinotaire

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