Antonio Jorge Meroño, Número 98
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M., el hijo del siglo

Por Antonio J. Meroño. Domingo, 21 de junio de 2020

Antonio J. Meroño

Esta novela-río de Antonio Scurati sobre la subida al poder de Benito Mussolini viene avalada por la crítica europea y estaba destinada a convertirse en todo un fenómeno social y cultural que ha sido eclipsado, como todo en nuestras vidas, por la dichosa pandemia del covid-19.

He de confesar que la empecé con muchas ganas y me atrapó, pues tiene un comienzo trepidante, pero ochocientas páginas son muchas, sobre todo si uno se empeña en narrar de manera tan prolija los enfrentamientos entre socialistas y fascistas en la Italia inmediatamente posterior a la Gran Guerra. Porque en eso es en lo que se centra esta por otra parte estupenda novela, en los comienzos de lo que muchos consideramos la guerra civil europea, que se encuadraría, cuando menos, entre 1914 y 1945-49, con la derrota final del Tercer Reich y el comienzo de la reconstrucción de la posguerra.

Yendo al meollo del relato, nos encontramos en esa Italia convulsa, retratada en tantas películas como Novecento, de enfrentamientos violentos entre la derecha y la izquierda, lo que creó un enorme descontento social que fue dando paso al tan sonado triunfo del típico salvador de la patria. El fascio italiano liderado por un brutal, misógino y atrasado maestro de escuela estaba trufado de locos poetas futuristas, tullidos y veteranos de guerra, campesinos, policías, y toda una serie de individuos de diversas clases ávidos de violencia y aventuras que pulularon durante decenas de años por esa Europa en discordia de la que hablamos. No dudaron en usar la violencia contra la propia violencia que se gastaban los socialistas (los comunistas o aún no existían o estaban en embrión), y el exponente que a todos se nos viene a la mente fue el cobarde asesinato del sin duda uno de los hombres más honestos del período, el socialista Mateotti.

La novela se queda en los primeros años del poder del fascio, cuando el duce aún mantenía una suerte de farsa de la democracia a la que no tardaría en sepultar. Es, pese a esas reiteraciones apuntadas, un gran fresco, a ratos apasionante, de unos años que deberían ser recordados por todos nosotros.

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